Ocupación de Afganistán: un fracaso predecible

Las escenas de ataque de los Talibanes a los manifestantes que alzaban la bandera de Afganistán ayer en Jalalabad son una clara demostración de la complejidad de la realidad de un pueblo que, a lo largo de la historia, innumerables veces se vio obligado a luchar contra aquellos que quisieron secuestrar su identidad multicultural. Afganistán es el país que más veces ha cambiado de bandera al ritmo de las invasiones que siempre fueron derrotadas.

La actual enseña fue adoptada el 4 de enero de 2004, en conjunto con la nueva Constitución afgana. La bandera consta de tres franjas verticales en negro, rojo y verde, incluyendo en el centro al emblema del Estado. Estos colores nacionales, usados por primera vez en 1928, representan el pasado, la lucha independentista y el progreso, respectivamente. Los talibanes la quieren remplazar por la bandera blanca que lleva la declaración de fe islámica y que representa a los insurgentes y a su Emirato Islámico.

Para entender cómo llegamos a esto, volvamos atrás en el tiempo. En el momento de la invasión soviética, recordábamos que Afganistán nunca había sido sometido: sus características orográficas y la ferocidad y voluntad de sus habitantes lo habían impedido.

En la lucha contra aquel invasor se reavivó la conciencia religiosa de ese pueblo ante quienes pretendían combatir su creencia con consignas totalmente extrañas a su  idiosincrasia milenaria.

El intento por ganar a la población con la destitución y el exilio del rey cayó en saco roto en una población totalmente apegada a sus tradiciones. Parecía un sinsentido que la Unión Soviética, continuadora y estudiosa de la política de Pedro El Grande y que para continuarla había desarrollado acciones de acercamiento a las aguas cálidas, no hubiese revisado la historia para saber qué había pasado con todos los que intentaron someter a Afganistán.

En aquel entonces, los Estados Unidos descubren que fogoneando al Islam podían colaborar en una derrota de la por entonces Unión Soviética. Así fue como ubicaron a Osama bin Laden, un fanático musulmán decidido a defender su Fé contra el ateísmo. Bin Laden pertenecia a una de las grandes familias de la península Arábiga, socia de empresas petroleras texanas en las que padres e hijos se alternaban en la presidencia y otros cargos.

Es así que nace Al Qaeda, formada con el apoyo de Estados Unidos, para pelear contra el invasor ruso en nombre del Islam. Una alianza pragmática que resistió el tiempo de la derrota soviética. Envalentonados, bien armados y entrenados en inhóspita vida montañosa, Bin Laden y sus seguidores percibieron que tenian la posibilidad de atacar a la nación que consideraban el principal enemigo de sus creencias. Así, organizan los atentados del 11 de Septiembre, con el resultado de muertes y sufrimiento que todos conocemos.

La respuesta norteamericana fue invadir Afganistán, que dio acogida a Al Qaeda, para perseguir y neutralizar el terrorismo que tanto daño habia causado. Una estratégia marcada por la común equivocación de no consultar la historia.

El resultado fue, aparte de un operativo comando que terminó con la vida de Bin Laden, el fortalecimiento de los poderes religiosos tradicionales, el aumento exponencial de la producción de opio, el mantenimiento de las injusticias sociales, el resentimento contra las mujeres que no se sometían a los códigos de una sociedad feudal. Una realidad que se fue haciendo cada dia más evidente en el profundo territorio mientras que en la capital, Kabul, unas decenas de miles de personas pudieron aceder a los beneficios que llegaron de la mano de las comunidades conformadas por las fuerzas militares extranjeras, aunque vulnerables a la permanente amenaza de atentados terroristas.

Miles y miles de muertos en las filas occidentales y otro tanto entre la población afgana,  la destrucción de ciudades enteras y de una parte de la herencia cultural de la región, y sobretodo un inmenso sentimento de frustración entre aquellos que osaron creer en un mejor futuro, fueron el resultado de veinte años de política equivocada. Una vez más, les faltó a los principales actores extranjeros conocer y respetar la riqueza de una cultura milenária, y sentir la obligación de proteger a una mayoría que está a merced de los designios de los fanáticos.

Va a ser imposible borrar de la memoria la imagen de aquellos que cayeron de los aviones. De los que ingenuamente creían que podían ser salvados por el invasor al que se habían aliado.

La situación del pueblo afgano continúa así, presa de confabulaciones, alianzas e intereses de otros países. La oportunidad de construir una sociedad más moderna e independiente de los poderes regionales se perdió una vez más.

 

Aníbal Jozami, Presidente de la Fundación Foro del Sur, es sociólogo especializado en Relaciones Internacionales y empresario. Es Rector de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en la Argentina. En 2015 fundó BIENALSUR, iniciativa geopolítica que conecta a través de la cultura más de cuarenta ciudades en los cinco continentes.