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OSAMA
BIN LADEN Y LA PRIVATIZACIÓN DEL TERRORISMO INTERNACIONAL
Mariano César Bartolomé
El
presente informe se basa en un trabajo previo efectuado por el autor
en agosto de 2001, para su publicación por el Consejo Argentino
para las Relaciones Internacionales (CARI) de la República Argentina
Conforme
avanzan las investigaciones relacionadas con la autoría de los atentados
terroristas sufridos por Estados Unidos el 11 de septiembre, ha
vuelto a aparecer en las crónicas periodísticas internacionales
el nombre de Usamah bin Muhammad bin Laden, quien acaparó los titulares
de la prensa mundial durante el último lustro con la versión occidentalizada
de su nombre: Osama Bin Laden (en adelante, Osama).
Empero,
Osama no es sólo uno de los principales (tal vez el mayor) protagonista
del terrorismo internacional contemporáneo. También es el paradigma
de un patrón de cambio de la actividad terrorista que en otros trabajos
llamamos su privatización; en otras palabras, el ejercicio
de esta actividad a escala global sin sponsoreo estatal.
Desde
esta óptica se debe entender que hoy se hable de Bin Laden Productions
Ltd; que se lo califique como un entrepreneur privado
que pone su moderna empresa al servicio del terrorismo internacional,
o que se lo tilde como un subcontratista del terrorismo.
La
empresa de Bin Laden: de MAK a Al-Qaida
Si
Osama es un entrepreneur o subcontratista del terrorismo, podríamos
inferir, haciendo un paralelismo con la actividad económica lícita,
a tales efectos debería contar con una empresa, cuyo montaje requiere
dinero.
Para
comprender de dónde provino ese dinero hay que recordar que Osama
nació en 1955 en Jeddah, Arabia Saudita, siendo el hijo menor de
Muhammad Bin Laden, un millonario oriundo de Hadramout (entonces
Yemen del Sur) cuya empresa, Bin Laden Group, está calificada
como una de las mayores constructoras del mundo árabe. El holding
creció basando buena parte de sus actividades en los contratos estatales
(caminos, aeropuertos, mezquitas) de Arabia y otros Estados del
Golfo, particularmente al obtener la millonaria licitación para
restaurar las mezquitas de Mecca y Medinah.
En
este contexto de holgura económica creció Osama, graduándose en
1979 como ingeniero civil en la universidad King Abdul Aziz, de
Jeddah. Meses después tuvo lugar la invasión soviética de Afganistán,
momento en que Osama se trasladó hacia ese país del Asia Central
para combatir contra las tropas de Moscú. En el lugar, sus finanzas
le permitieron fundar una suerte de compañía llamada Oficina
de Servicios (Maktab al-Khidamat, MAK), cuya tarea principal
era recolectar en otros Estados musulmanes fondos y mujahedin
(combatientes) susceptibles de ser empleados en el conflicto local.
El socio de Osama en esta iniciativa fue Abdallah Azzam, uno de
los líderes de la sección palestina de la Hermandad Musulmana.
Lo
irónico de esta historia es que en esos momentos Osama no fue el
único financista de su proyecto, ya que también recibió aportes
de Estados Unidos, a través de las operaciones encubiertas de ayuda
a los rebeldes afganos que llevaba a cabo la Agencia Central de
Inteligencia (CIA). En esas épocas, la inyección de divisas norteamericanas
en este conflicto oscilaba los 500 millones de dólares, monto que
se distribuía esencialmente entre los siete grupos mujahedin
más importantes, uno de los cuales era el de Osama.
A
lo largo de los nueve años que duró el conflicto, la MAK habría
facilitado, de acuerdo a los cálculos más conservadores, la participación
de más de 10 mil combatientes árabes en el mismo, así como su entrenamiento
en bases instaladas en la misma Afganistán (la más importante fue
la base Ma`sadat Al Ansar) y en la ciudad paquistaní de Peshawar
(descollando el campo de Sidda). De esa cifra, la mitad serían sauditas;
unos 3 mil oriundos de Argelia, otros 2 mil de Egipto, y el resto
de Siria, Pakistán, Yemen, Sudán y otros países musulmanes. Otras
estimaciones triplican y hasta cuadruplican esa cifra.
A
partir de 1988, Osama delegó en Azzam buena parte de las tareas
vinculadas a la MAK, concentrando sus esfuerzos en la conformación
de una nueva estructura llamada Al Qaeda (etimológicamente,
la base), que al año siguiente absorbería a la MAK tras la
muerte de Azzam. Existen versiones minoritarias según las cuales
la orientación terrorista de Al Qaeda es un mito generado por el
fanatismo de los seguidores de Osama, en el mejor de los casos,
o por la acción deliberada de algunos gobiernos de Occidente (ansiosos
por obtener un nuevo enemigo que reemplace al viejo Kremlin) en
el peor. Por caso Saad al-Fagih, un veterano de la guerra afgana
que lideró el Movimiento para la Reforma Islámica en Arabia Saudita
y hoy vive exiliado en Londres, asegura que el nombre Al Qaeda es
solamente una referencia a la infraestructura local montada por
Osama en Afganistán y Pakistán, sin ningún propósito siniestro ulterior.
Sin
embargo, resulta a esta altura irrefutable que Al Qaeda avanzó más
allá de los fines originales de la MAK para fijarse como objetivo
luchar por la imposición de la Sharia (Ley islámica) en todo
el mundo musulmán, desplazando del poder a aquellos gobiernos kafir
(herejes), adjetivo impuesto a los considerados corruptos o desviacionistas.
Los instrumentos fueron los hoy llamados veteranos afganos,
combatientes que MAK había entrenado en Afganistán, y que volvían
a sus países de origen en todo el mundo musulmán.
Favorecido
por el retorno de sus miembros a sus lugares de origen, y por exitosas
expansiones hacia nuevos Estados, Al Qaeda logró una presencia más
o menos estable en Europa, Asia, África, Medio Oriente e incluso
Estados Unidos. De esta manera, la organización se transformó en
una virtual red de alcance global apta para realizar acciones terroristas.
Esta posibilidad no implicaría riesgo alguno para Estados no musulmanes,
si los objetivos de Al Qaeda se limitaran estrictamente a los enunciados
anteriormente. Sin embargo, los mismos se ampliaron hasta incluir
la lucha contra quienes califican como los enemigos del Islam;
principalmente Estados Unidos y sus aliados (a quienes no identifican)
e Israel.
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