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GLOBLIZACION
ASIMETRICA
Por Manuel Castells
Publicado
el 27 de septiembre de 2003 en el diario LA VANGUARDIA, Catalunya,
España
La
piedra angular de la globalización económica
es una vieja máxima liberal: el libre comercio incrementa
la competitividad y la productividad de todos los países
que abren sus economías y los conduce a la senda de
la prosperidad compartida. En realidad, los datos dicen que
las cosas no son tan claras. Así, en proporción
a su producto bruto, el África subsahariana es una economía
más abierta que la de los países de la OCDE (el
sector exterior representa casi un 30% para África,
mientras que no llega al 25% para la OCDE). Pero África
retrocede, porque sus importaciones son de mucho más
valor que sus exportaciones, por su débil capacidad
productiva en los productos de alto valor añadido. Todo
depende de qué se importa, de qué se exporta
y cómo, quién y en qué invierten el capital
que se recibe y las ganancias que se generan.
Pero aun así, la apertura de mercados internacionales para los países
en desarrollo representa una oportunidad de movilización de sus potencialidades.
Y es aquí donde se revela el carácter profundamente asimétrico
de un proceso de globalización marcado por relaciones de poder más
que por una división internacional del trabajo en beneficio de todos.
El fracaso de las negociaciones en la reunión de la Organización
Mundial de Comercio en Cancún se veía venir. Los países
en vías de desarrollo han sido obligados a abrir sus economías
a las exportaciones y capitales de países mucho más avanzados y
a reducir las redes de protección a su producción autóctona,
sin recibir un trato equivalente por parte de Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón.
Los subsidios de la Unión Europea a sus agricultores representan más
de cinco veces el total de su ayuda al desarrollo. Una vaca europea recibe dos
dólares al día de subsidio, es decir, el mismo dinero del que dispone
casi un 40% de la población mundial. En Estados Unidos, el gobierno subsidia
sustancialmente casi toda la producción agrícola: por ejemplo,
se gastan 3.000 millones de dólares al año en subsidiar el algodón,
una exportación esencial para muchos países pobres. Por eso se
plantó en Cancún el grupo de los 21, representando a las grandes
economías del Tercer Mundo, exigiendo una verdadera liberalización.
En realidad, las tendencias proteccionistas del Norte se están acentuando.
En Europa, las reacciones nacionalistas contra la Unión Europea, ejemplificadas
por el referéndum sueco, no dan mucho margen de maniobra a gobiernos conservadores
que basan una fracción decisiva de su apoyo en su electorado rural. En
Estados Unidos se está produciendo una decisiva evolución en el
partido demócrata, que ha pasado inadvertida porque el debate sobre Irak
ocupa los titulares. Con excepción de Lieberman, todos los candidatos
demócratas, en clara ruptura con la política de Clinton, se sitúan
en las posiciones proteccionistas apoyadas por los sindicatos norteamericanos.
Y es que, aun con proteccionismo y todo, el déficit de la balanza comercial
norteamericana está acercándose a los 500.000 millones de dólares
y centenares de miles de puestos de trabajo industriales están localizándose
en países de menos costos laborales y sociales. Y aunque Bush mantiene
el proyecto de libre comercio en las Américas, en realidad está protegiendo
la siderurgia y otros sectores con altos aranceles, y parece dispuesto a librar
una guerra comercial con quienes no acepten la imposición de la protección
de los derechos de propiedad intelectual, según los entienden las grandes
empresas multinacionales. Es en este terreno del control de la propiedad del
conocimiento, la tecnología y los servicios a las empresas donde se sitúa
la línea divisoria fundamental entre el mundo desarrollado y el que lucha
por salir de la pobreza. ¿Y cómo pensar en una estrategia generosa
de desarrollo compartido en un aspecto fundamental, la economía del conocimiento,
cuando no se renuncia al proteccionismo agropecuario más primitivo?
Se puede debatir sobre los pros y contras de la globalización, en términos
generales. Pero lo que no tiene vuelta de hoja es a quién beneficia esta
pseudoglobalización, es decir, la globalización restringida a lo
que conviene e interesa a las empresas y gobiernos de los países económica
y militarmente dominantes. Si los avisos de Seattle, por la base, y Cancún,
desde los gobiernos, no se toman en serio, habrá que empezar a dudar sobre
la sostenibilidad de la globalización.
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Manuel
Castells
Profesor de la Universidad
Abierta de Cataluña
(UAC) y miembro de la Academia
Europea y del Alto Comité de Expertos sobre la Sociedad de la Información
de la
Comisión Europea. Ha sido catedrático de Sociología y Planificación
Regional en la
Universidad de California, en Berkeley.
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