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UNA
REFLEXION ACERCA DE LA EXPERIENCIA ARGENTINA EN MATERIA DE LUCHA
CONTRA EL TERRORISMO
Por Mario Baizán
LA DIPLOMACIA
DIRECTA
Con respecto
a la necesidad de crear condiciones menos favorables para el desarrollo
del terrorismo en las zonas fronterizas de la Argentina, la tarea
fue también ardua y fructífera.
El primer problema
que enfrentamos en este campo fue la necesidad de persuadir a nuestros
vecinos más inmediatos de que el problema de crear las condiciones
para prevenir los ataques terroristas era un problema regional y
no únicamente argentino. El ámbito necesario para crear esa conciencia
era el Mercosur, el bloque regional que hacía tiempo había dejado
de ser un proyecto meramente económico y comercial, para pasar a
ser una trama viva de integración cotidiana.
Así nació el
Mercosur de la Seguridad, como el resultado de una muy fuerte y
sostenida acción de diplomacia directa, que buscaba crear nuevas
formas de integración y de trabajo en común, más allá de la rigidez
necesaria del sistema de las jurisdicciones nacionales, a partir
de la identificación de nuevas amenazas contra la región que requerían
de soluciones y respuestas creativas de los respectivos Estados
nacionales.
A partir de
1996, y después de un proceso de persuasión y contactos personales
entre los respectivos ministros, las reuniones de Ministros del
Interior y de Justicia del Mercosur comenzaron a hacerse regularmente,
y de ese nivel de contactos salieron una cantidad de iniciativas
de cooperación que fueron plasmando un digesto de disposiciones
y compromisos que llaman la atención ante todo por el nuevo concepto
de cooperación que sustenta esas disposiciones.
Era la primera
vez en que los Estados nacionales de la región aceptaban la necesidad
de crear nuevos instrumentos para trabajar en común contra amenazas
regionales, lejos de las ideas propias de las jurisdicciones nacionales
rígidas e inviolables y mucho más cerca de las concepciones nuevas
del regionalismo, que admiten crear herramientas transnacionales
para ejercer el poder de jurisdicción allí dónde no alcanzan las
herramientas nacionales tradicionales.
La más clara
de esas nuevas amenazas transnacionales era la instalación en el
corazón del Mercosur de un enclave de crimen transnacional organizado
que, por el volumen de sus negocios y por su capacidad operativa,
se estaba transformando en un serio problema de seguridad regional.
Va de suyo
que nuestras informaciones de inteligencia, en coincidencia con
las aportadas por parte de nuestros aliados internacionales, revelaban
claramente que los dos atentados terroristas de Buenos Aires habían
venido de esa zona y se habían originado en esa trama delictiva
que caracterizaba a la zona de la Triple Frontera como uno de los
lugares más peligrosos del continente.
Estábamos frente
al centro de gravedad del dispositivo regional de nuestro enemigo
terrorista y se verificaban allí todas las condiciones de éxito
necesarias para esa tarea. De parte nuestra todo el problema se
había reducido a aplicar las medidas correctas. El hecho evidente
era que en la zona delimitada por Ciudad del Este (Paraguay), Foz
de Iguazú (Brasil) y Puerto Iguazú (Argentina) se había consolidado
un nido de crimen transnacional organizado que implicaba un flujo
anual de 12 mil millones de dólares, según datos de las autoridades
económicas de Brasil.
De su lado
las autoridades paraguayas informaban en ese momento que Ciudad
del Este era un núcleo comercial que aportaba el 25% del producto
bruto nacional de ese país. Más allá de la específica amenaza terrorista
que ya había padecido la Argentina, en esa zona se estaban consolidando
una serie de actividades delictivas que estaban lastimando seriamente
las condiciones de seguridad pública en el corazón de América del
Sur.
El tráfico
de drogas, el tráfico de armas, el contrabando, la falsificación
de documentos, el robo transnacional de automotores, y la falsificación
y comercialización de software y marcas, eran las principales actividades
criminales de la zona de la Triple Frontera que de alguna manera
estaban desestabilizando las situaciones domésticas en los países
del Mercosur.
La constatación
de que se trataba de un serio problema para todos fue el punto de
acuerdo con el resto de los países para comenzar a transformar los
acuerdos de principios en propuestas operativas. Esa fue la razón
eficiente que nos llevó a poner en marcha el Comando Tripartito
con la idea de coordinar en el terreno, actividades de seguridad
de los países involucrados en la zona de la Triple Frontera.
La idea de
crear vínculos de confianza tales que permitieran la ejecución de
operaciones conjuntas en el terreno de la seguridad pública, revelaba
la naturaleza del desafío político mayúsculo que enfrentábamos.
Hablando en términos prácticos, la iniciativa conjunta implicaba
la puesta en marcha de mecanismos de coordinación que permitieran
crear en el corto plazo vínculos de confianza tales que permitieran
la cesión de pequeñas porciones de soberanía que impone el rígido
sistema de jurisdicciones, derivado de la idea del Estado nacional
clásico, tal y como lo conocimos hasta ahora.
Había que cambiar
mentalidades, coordinar esfuerzos y propiciar iniciativas creativas
en tres burocracias estatales de historias diversas y de culturas
diversas, pero con un rasgo característico en común: el celo por
la defensa de su propia cuota de poder estructural.
Después de
algunos meses de aprendizaje a través de los propios errores, y
de aplicación simultánea y empírica de los principios recién nacidos
en los procesos más dinámicos de integración regional, logramos
los primeros resultados.
Ese arduo ejercicio
de diplomacia directa y en el terreno, nos permitió finalmente establecer
dos niveles claros de actividades de seguridad que fueron muy fructíferos.
Por un lado las fuerzas de seguridad de los países involucrados
en la zona de la Triple Frontera y a través de los respectivos comandos
operativos en la región, comenzaron a realizar diversos operativos
con la participación de representantes de los otros países, orientados
a prevenir y a reprimir las actividades delictivas que se concretaban
en la zona. Por otro lado, ese trabajo implicó la creación de una
"mesa de inteligencia criminal" que se reunía una vez por mes en
ocasión de las reuniones formales del Comando Tripartito, que analizaba
las informaciones sobre actividades delictivas y, eventualmente,
planificaba algún tipo de operativo para reprimirlo.
El Comando
Tripartito también decidió la realización de una serie de operativos
conjuntos de control que, en general, fueron una muestra clara de
la voluntad de los tres países de crear nuevas condiciones para
la seguridad pública en la región. Cada uno de los países miembros
del Mercosur de la Seguridad, designó un funcionario del máximo
rango de sus respectivos gobiernos para ejercer la representación
política de cada Nación en el Comando Tripartito.
En ese nivel
se tomaron las decisiones que, en general, lograron cambiar las
condiciones de desarrollo de las actividades criminales en la zona
de la Triple Frontera, hasta reducirlas en 1999 a un 25% de lo que
eran en 1996, de acuerdo a las evaluaciones de los organismos de
seguridad e inteligencia del gobierno de los Estados Unidos. Pero
el objetivo de prevenir el terrorismo no se hubiera cumplido sino
hubiéramos puesto en marcha otro tipo de medidas capaces de terminar
con las condiciones de "santuario" que los jefes de las organizaciones
involucradas le habían impuesto a esa región.
Fue el paraguas
político y operativo que significaba el Comando Tripartito, la condición
necesaria para que avanzáramos en la tarea de prevención de las
actividades de los grupos terroristas instalados en la zona de la
Triple Frontera. Esa prevención fue posible por la tarea de un grupo
de abnegados oficiales de la inteligencia argentina que supieron
dejar de lado los resquemores originados en los diversos organismos
de pertenencia, para comenzar a desarrollar, en el terreno, el aprendizaje
de la nueva tarea que les encomendaba el Estado argentino.
Ese aprendizaje
sobre la misma tarea fue posible gracias el apoyo de algunos gobiernos
amigos que, por su lado, habían identificado ya al terrorismo transnacional
como su propio enemigo. Ese discreto trabajo de la inteligencia
argentina pocas veces logró notoriedad pública.
Tal vez la
más espectacular haya sido el agradecimiento del gobierno de los
Estados Unidos al gobierno argentino, por el desbaratamiento de
un atentado contra la embajada de los Estados Unidos en Asunción
que debía ejecutarse la noche del primer martes de noviembre de
1997, cuando esa residencia diplomática iba a estar repleta de amigos
de ese país que asistirían a conocer el resultados de las elecciones.
Otras acciones
que se llevaron adelante le hicieron la vida no tan sencilla a los
líderes terroristas de Hizbullah, de Hamas, y de la conexión egipcia
de los Hermanos Musulmanes, algunos de cuyos responsables en la
zona de la Triple Frontera fueron detenidos en Uruguay a fines de
1998. Hasta tal punto se logró el objetivo que a mediados de 1999
era notable la emigración de los elementos más peligrosos desde
la zona de la Triple Frontera hacia ciudades brasileñas y paraguayas
bien distantes de la frontera argentina.
Nadie puede
ignorar que el secreto que rodeó a este trabajo impidió que la opinión
pública se enterara de los logros alcanzados. Sin embargo a finales
de 1999 las evaluaciones públicas y reservadas del gobierno de los
Estados Unidos elogiaban la estrategia desarrollada en la Triple
Frontera y llegaban a definir que gracias a esas acciones se había
reducido en un 80% las posibilidades de que se produjera en Buenos
Aires un tercer atentado terrorista.
Para conseguir
esos objetivos, logramos establecer una mesa de inteligencia entre
las organizaciones de inteligencia de Argentina, Uruguay, Paraguay
y Brasil, que trabajó muy eficazmente en esta tarea, incluso compartiendo
información y previniendo de hechos que podrían haber sido muy graves.
Pero no nos quedamos en el ámbito regional porque a esa altura de
nuestro trabajo estaba a la vista el hecho de que el terrorismo
transnacional estaba en condiciones de golpear en cualquier país
del Hemisferio. De hecho la multiplicación de "puntos de enlace
críticos" con la presencia de asentamientos de redes del crimen
transnacional organizado, se transformó en una de las novedades
más peligrosas que mostraba el cuadro de seguridad pública continental
en la segunda mitad de los noventa.
Por eso fue
que, aprovechando nuestra experiencia con el Mercosur de la Seguridad,
propusimos al resto de los miembros de la comunidad hemisférica
la idea de crear nuevos modelos de cooperación para prevenir y combatir
al terrorismo.
La consecuencia
de ese trabajo fue la realización de la Segunda Conferencia Interamericana
para Prevenir y Combatir al Terrorismo que se realizó en Mar del
Plata, en noviembre de 1998 y en el marco de la Organización de
los Estados Americanos.
Luego de un
intenso proceso de negociaciones multilaterales los miembros de
la OEA, decidieron la creación del Comité Interamericano de Lucha
contra el Terrorismo (CICTE) como un mecanismo de coordinación efectiva
de los distintos estados nacionales para enfrentar ese flagelo.
Los países del continente americano reconocieron en el documento
de creación del CICTE, el liderazgo argentino en estas cuestiones
y anunciaron su intención de sostener la vida del nuevo organismo
en las experiencias del Mercosur en materia de seguridad pública.
La diplomacia
regional y la diplomacia multilateral fueron muy útiles en nuestro
trabajo, porque estuvieron al servicio directo de la comunicación
entre los actores políticos responsables de enfrentar el problema
en los distintos gobiernos.
Si hubiéramos
pretendido someter esas acciones a las rígidas reglas de los normas
de las cancillerías seguramente hubiéramos fracasado, porque el
sentido mismo de nuestro accionar era precisamente la creación de
nuevos vínculos entre los estados nacionales de modo tal de poder
aprovechar a favor de nuestras democracias las particulares características
del mundo transnacional.
LAS ENSEÑANZAS
DE LA EXPERIENCIA ARGENTINA
Todas esas
experiencias dejan algunas enseñanzas que, desde nuestro modesto
punto de vista puede resultar muy interesante sintetizar:
- Primero:
hace falta un claro liderazgo político que identifique el problema,
lo justiprecie y lo ponga en el foco correcto. Nosotros tenemos
un problema concreto con un tipo de terrorismo concreto, fuimos
a ver cómo se resolvía y logramos desarrollar acciones concretas
que nos permitieron sumar resultados que están a la vista.
- Segundo:
el eje de la estrategia consistió en definir nueva formas de cooperación
no tradicionales, buscando alianzas consistentes con países amigos.
Esas alianzas debían garantizar que se pudieran resolver los problemas
en el terreno donde se originaban sin dejar que la crisis llegara
a los centros de mayor concentración urbana. Esto significó una
tarea de aprendizaje en el trabajo de la diplomacia directa, en
el esfuerzo constante en el sentido de generar nuevos vínculos de
confianza, y en la creación de una serie de instrumentos capaces
de contener la decisión política de los gobiernos de enfrentar las
nuevas amenazas con nuevas herramientas.
- Tercero:
el liderazgo político que se hace cargo de este tipo de problemas,
debe tener muy claro desde el comienzo que su éxito no tendrá un
rédito público inmediato, pero que a la vez resulta imprescindible
usar toda la creatividad para poner todas las herramientas políticas
a disposición de las necesidades operativas.
- Cuarto:
quedó en evidencia, en toda la operatoria que desarrollamos, que
es necesario generar una nueva especialidad para enfrentar estos
fenómenos de violencia terroristas. Los elementos tradicionales
del Estado nacional tal y como están concebidos, no están en condiciones
de enfrentar con éxito este nuevo tipo de agresiones. La experiencia
argentina muestra, sin embargo, que es posible reentrenar a oficiales
de diversas fuerzas para enfrentar los nuevos desafíos, a condición
de que se asuma desde el principio de que es necesario volver a
aprender todo, desde la doctrina hasta los modos de la organización
más efectiva.
- Quinto:
La lucha para prevenir y combatir el terrorismo requiere de una
estrategia muy específica que asuma desde el principio las nuevas
condiciones globales en que se verifica ese combate, y que sea a
la vez capaz de usar todos los elementos de ese mundo transnacional
para fortalecer las propias posiciones, en el sentido de quitar
a las organizaciones terroristas, las posibilidades de afectar directa
o indirectamente las vidas, los bienes o la tranquilidad de los
ciudadanos que habitan en el país.
Esta reflexión
acerca de la experiencia argentina en materia de lucha contra el
terrorismo no se agota en estas líneas. Nadie puede ignorar que
aún existen muchas preguntas sin responder para toda la sociedad
argentina, pero sobre todo para los familiares de las víctimas.
A la vista de esa misma experiencia parece razonable alimentar el
juicio con todos los datos de la realidad y no solamente con las
sensaciones que genera la impotencia, porque de lo contrario se
corre el riesgo de aumentar el poder del terrorismo con nuestra
propia impotencia colectiva.
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