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UNA
REFLEXION ACERCA DE LA EXPERIENCIA ARGENTINA EN MATERIA DE LUCHA
CONTRA EL TERRORISMO
Por Mario Baizán
Conferencia
dictada por el autor en el Consejo Argentino de Relaciones Internacionales
con motivo del Seminario: "El Estado Argentino ante las Nuevas Amenazas".
Julio de 2001.
Quisiera
comenzar esta exposición mencionando un recuerdo doloroso y terrible
para la Nación Argentina: los argentinos hemos tenido una vivencia
dramática y clara de lo que significa el terrorismo de la Posguerra
Fría.
Sufrimos dos
atentados muy graves en 1992 y en 1994, contra la embajada de Israel
y contra la mutual israelita AMIA, que arrojaron como saldo más
de setenta muertos, daños materiales cuantiosos y una secuela social
y cultural no menos terrible: la certeza de que en Buenos Aires
también se puede morir de repente y absurdamente como víctima de
una guerra acerca de lo cual se ignora todo.
Esos graves
hechos enfrentaron al gobierno de entonces y a la sociedad toda,
a la evidencia de que había aparecido un nuevo tipo de amenaza para
la seguridad pública totalmente desconocida. Se trataba de un peligro
de naturaleza desconocida que requería de pronto respuestas rápidas,
efectivas y operativas, aún cuando ni la opinión pública ni los
elementos del Estado destinados a garantizar la seguridad estuvieran
en condiciones objetivas de enfrentarlo con éxito inmediato.
La irrupción
de la tragedia terrorista en la vida cotidiana nos obligó a todos
a un urgente y cruel aprendizaje, donde debimos generar respuestas
creativas y novedosas conviviendo con realidades tan diversas como
el dolor extremo de los deudos de las víctimas directas de los atentados,
hasta la estupidez de los que pretendían negar la evidencia de lo
ocurrido.
La falta de
pericia técnica para manejar la crisis en los momentos inmediatos
posteriores a ambos atentados, los errores cometidos por algunos
de los investigadores que debieron enfrentar el problema, o la falta
de respuestas inmediatas para la angustia de las víctimas fueron
muestras claras de esas carencias. Más allá de las deficiencias
cómplices que pudieran verificarse, una verdad patética que todos
sospechábamos se vio a la luz: el Estado argentino no estaba en
condiciones de preparación para enfrentar los ataques del terrorismo
transnacional propio de la post guerra fría y que, por lo tanto
todos los oficiales del gobierno argentino debieron enfrentar la
dura tarea de crear y ejecutar una estrategia propia para enfrentar
al nuevo enemigo, comenzando el trabajo por las respuestas a las
preguntas más elementales.
El Estado argentino
recién comenzó a reaccionar frente a la nueva amenaza terrorista
en 1995, unos meses después de que el atentado contra la AMIA dejara
en claro que no estábamos ante una "desgracia circunstancial" y
por lo tanto errática, sino ante la posibilidad de que la Argentina
se hubiera transformado en un blanco continuo para el terrorismo
transnacional.
El atentado
contra la AMIA fue posible porque el Estado argentino no supo o
no pudo enfrentar la amenaza terrorista después del ataque contra
la embajada de Israel. Sin duda que esa demora merece una crítica,
pero los hechos posteriores demuestran que cuando se asumió con
claridad el problema las soluciones se fueron construyendo, y eso
también reclama un reconocimiento histórico.
Seguramente
una de las causas estructurales de esa demora fue la experiencia
social argentina en torno al concepto de "terrorismo".
No se trata
de justificar las conductas delictivas de los malos funcionarios,
solamente apuntamos a una conciencia social muy propia de las sociedades
que han vivido experiencias colectivas traumáticas y que se niegan
a aceptar en primera instancia toda circunstancia que pudiera conectarlas
con ese pasado que se busca superar.
La palabra
"terrorismo" nos remite a los argentinos a nuestra memoria social
e histórica de los años 60, 70 y los típicos conflictos de la Guerra
Fría. La experiencia de la violencia política con su secuela de
represiones afuera del marco de la ley, fue lo suficientemente dolorosa
para la sociedad argentina como para alentar la negación, como primera
reacción luego del ataque terrorista de 1992 contra la embajada
de Israel. Era mucho más tranquilizador suponer que se trataba de
un episodio local, de una guerra lejana en la que era mejor no meterse,
antes que asumir las reglas que el terrorismo transnacional estaba
imponiendo y que habían transformado a Buenos Aires en uno de los
ejemplos de su nueva estrategia global.
Desgraciadamente
esa conciencia negadora no solamente estuvo presente en ciertos
núcleos de la opinión pública, reacios a aceptar que la dialéctica
impuesta por la globalización involucra a todas las naciones en
el escenario mundial más allá de la voluntad de los actores políticos.
Algunos funcionarios del Estado también participaron de ese punto
de vista adormecededor de las conciencias, y postergaron la definición
de políticas de estado de prevención del terrorismo que debían comenzar
precisamente por la comprensión de los elementos de la nueva amenaza
que enfrentábamos.
EL TERRORISMO TRANSNACIONAL
A partir de
enero de 1995, el gobierno argentino comenzó a gestar los elementos
de una estrategia nacional para enfrentar y prevenir los ataques
del terrorismo internacional. La primera constatación fue que el
nuevo tipo de amenaza terrorista que había atacado por dos veces
a la Nación Argentina, era un fenómeno político y social muy distinto
al que conocimos en América Latina en la segunda mitad del Siglo
20, como herramienta política para encarar las guerras civiles nacionales
que jalonaron la historia de la mayoría de los países de la región.
Dice el gneral Delamaissoneuve que el terrorismo de la Posguerra
Fría, es la guerra de los pobres, es decir, es el método adoptado
por determinadas minorías culturales, religiosas, étnicas o nacionales
para ejercer una resistencia violenta a las pautas políticas, sociales
y culturales que definen las potencias más adelantadas de Occidente,
y que se ha definido como la globalización sobre todo desde el comienzo
de los 90.
Este nuevo
terrorismo transnacional se transforma en una amenaza política de
primer orden para los estados nacionales, porque pone brutalmente
en entredicho una de las condiciones necesarias de legitimidad de
esos Estados nacionales: el monopolio del uso de la fuerza en el
espacio público. Y no lo hace de una manera módica, sino que lo
hace a través de actos de extrema brutalidad que necesariamente
deben terminar con la vida de muchos ciudadanos, porque se trata
precisamente de enviar un mensaje de poder absoluto sobre la muerte
de los no beligerantes, a través de una lógica ajena a la lógica
del combate, de modo tal de instalar la idea de que muchos civiles
inocentes pueden morir si no son respetados los puntos de vista
o las creencias de esos grupos étnicos y religiosos que recurren
al terrorismo para hacer oír su voz.
Los dos atentados
de Buenos Aires son una muestra clara del poder desarticulador que
tienen sobre las sociedades nacionales ese tipo de ataques terroristas,
sobre todo por la baja calidad de las respuestas políticas y sociales
ante ese nuevo tipo de agresiones. Las muertes de Buenos Aires fueron
para el mundo un mensaje tan cruel como efectivo: "cualquiera puede
morir en cualquier parte del mundo mientras no se resuelva la situación
de Medio Oriente de acuerdo a las opiniones de los grupos musulmanes
fundamentalistas".
Tomar conciencia
de esa característica central nos llevó a pensar con precisión el
resto de los datos que definen el perfil de la amenaza que enfrentábamos.
En principio, está claro que es una forma de agresión transnacional,
que está más allá de las lógicas de los Estados nacionales como
los conocimos en la modernidad. Esto es que las organizaciones terroristas
de la Posguerra Fría no asumen como propia la lógica de la toma
del poder en un estado nacional definido, y mucho menos en los lugares
elegidos para cometer los atentados globales.
El objetivo
central consiste en producir golpes terroristas de inmediata resonancia
en la red global de informaciones públicas y noticias, que impliquen
por lo menos el logro de tres objetivos:
a) Llamar la atención acerca de la lucha central que esos grupos
están llevando adelante contra "los poderosos de la tierra".
b) Demostrar que los intereses concretos de sus enemigos son vulnerables
en cualquier lugar del mundo, siempre y cuando "los fieles" actúen
con paciencia y con organización.
c) Ningún país de la tierra puede creerse a salvo de la posibilidad
de ser escenarios de este nuevo tipo de guerra entre los humildes
y lo poderosos de la globalización.
La novedad
más importante que aporta este nuevo tipo de estrategia es, tal
vez, una paradoja cultural notable: los grupos étnicos, religiosos
y culturales que buscan resistir el orden político, cultural y social
de la globalización comienzan por adaptarse a sus reglas de poder
para desarrollar su guerra.
Es por eso
que, en la estrategia del terrorismo transnacional, la cantidad
de muertes, los daños causados y las escenas de desesperación de
los sobrevivientes y aún de las víctimas moribundas, son recursos
"pedagógicos" de un discurso político brutal transmitido por los
medios globales de comunicación, antes que objetivos militares valorados
dentro de la lógica de un conflicto tradicional.
Es por eso
también que las organizaciones terroristas de la post Guerra Fría
usan con gran precisión categorías tan abstractas e inasibles como
las ideas de "espacio virtual" y "tiempo real", para potenciar su
capacidad operativa sin preocuparse, ni por un momento, por los
tradicionales principios de la guerra irregular que aconsejaban
ante todo crear una "retaguardia ambiental" -esto es una base social
referida a un territorio- donde moverse con comodidad.
La otra característica
central de este nuevo terrorismo es su capacidad para organizarse
en redes, evitando los esquemas organizacionales piramidales propios
de la era industrial. Se abandona definitivamente el esquema piramidal
de las organizaciones con poder concentrado, con una lógica de desarrollo
primero de propaganda armada, segundo de control territorial, tercero
de guerra de guerrillas, y finalmente de guerra convencional, y
se adopta claramente el sistema de organización en redes.
Las redes permiten
ante todo minimizar los peligros de la acción represiva del oponente
porque en la naturaleza misma de las redes está la posibilidad de
ser usadas para diversos objetivos sucesivos o simultáneos. La experiencia
argentina en ambos atentados demostró que las mismas redes que son
usadas para distintos tipos de tráficos legales o ilegales, pueden
ser usadas en las operaciones terroristas, para volver a su tarea
anterior no bien cumplidos los objetivos encomendados. Ese sistema
otorga a los terroristas la posibilidad de crear su propia logística
y de mantenimiento, y su propia red protectiva con respecto a las
organizaciones policiales corruptas de modo tal que después de cometidos
los atentados pueden existir por años "células dormidas" que solamente
serán activadas para el caso en que se haga necesario.
El siguiente
elemento constitutivo de este nuevo tipo de organizaciones terroristas
es su falta de prejuicios ideológicos para aliarse con el crimen
organizado en cualquier fase de su operatoria, desde la búsqueda
de fondos hasta la obtención de documentos, la forma de vulnerar
fronteras, o la capacidad para desarrollar sus propios coches bombas
usando organizaciones criminales locales.
Sin embargo
el punto débil de este nuevo tipo de organizaciones terroristas
es el que en apariencia es su fortaleza: toda organización de redes
requiere de nodos o centros vitales a partir de los cuales se tejen
los vínculos. En este caso se trata de las "ciudades enclaves",
en centros estratégicos donde se concentra el crimen transnacional
organizado para gestionar sus propias redes. La información de inteligencia
corroboró enseguida nuestra hipótesis. Así fue como llegamos a Ciudad
del Este.
LAS RESPUESTAS ARGENTINAS
En enero de
1995 el gobierno argentino comenzó a enfrentarse a una situación
crítica en términos de la lucha contra el terrorismo.
Mientras las
investigaciones judiciales acerca de los dos atentados terroristas
de Buenos Aires avanzaban erráticamente, por otro lado se acumulaban
los informes de inteligencia acerca de la consolidación de nidos
de actividad terrorista en la zona de la Triple Frontera entre Brasil,
Paraguay y Argentina.
Cuando el doctor
Carlos Corach asumió el Ministerio del Interior se evaluó la situación
en el máximo nivel del gobierno argentino, y se decidió que era
necesario poner en marcha una estrategia orientada a resolver dos
cuestiones igualmente decisivas:
a) Lograr
llevar ante los tribunales a los responsables de los atentados contra
la embajada y contra la AMIA -tanto a los responsables internacionales
como a los locales- aún asumiendo que esa tarea pudiera requerir
años de trabajo, habida cuenta de la dificultad que ofrecen esos
tipos de investigaciones y de las torpezas ocurridas en los primeros
tramos de las pesquisas realizadas en la Argentina.
b) Crear las condiciones políticas, económicas, sociales y operativas
para alejar la amenaza terrorista lo más lejos posible del territorio
argentino, dificultando por todos los medios la instalación de los
"nidos" que permitieron los ataques anteriores.
Esas decisiones
no fueron publicitadas en la prensa y recién ahora pueden ser mencionadas
por elementales razones de estrategia operativa, pero lo cierto
es que a partir de 1995 el Estado argentino comenzó a tener una
estrategia de prevención del terrorismo que permitió que a mediados
de 1999 las autoridades de Inteligencia de los Estados Unidos y
de Israel, reconocieran en documentos reservados, el cambio de condiciones
logradas por la Argentina en materia de lucha contra la amenaza
terrorista, valorándolas como "éxitos destacables" en el sentido
de la aplicación de estrategias integrales de prevención.
Sin duda que
el apoyo a las investigaciones judiciales en curso fue el primer
test decisivo para esa nueva política, sobre todo porque en la opinión
pública se estaba consolidando la errónea percepción de que no se
estaba haciendo nada para esclarecer ambos casos.
En ese punto
la única tarea posible para el Poder Ejecutivo debía consistir en
poner a disposición de las autoridades judiciales pertinentes todo
el poder del Estado nacional para avanzar en las causas respectivas.
Específicamente,
en el caso de la embajada de Israel, la causa estuvo desde el principio
en manos de la Corte Suprema de Justicia y, en general, los requerimientos
específicos de ese cuerpo se dirigieron a la Secretaría de Inteligencia
del Estado (SIDE), tal vez por el carácter decididamente internacional
del problema.
A principios
de 1995, cuando la investigación del atentado contra la AMIA entra
en una crisis operativa cierta por la tarea francamente reticente
de sectores de la Policía Bonaerense, más preocupados en desviar
la investigación que en llevarla a buen puerto, se crea en el ámbito
de la Policía Federal la Dirección Unificada de Investigaciones
Antiterrorista al mando del Comisario Jorge Palacios.
El Ministerio
del Interior le asignó a ese cuerpo especial todo el personal y
el equipamiento requeridos -en algunos casos de última generación-
y le impuso como misión principal la de ayudar al juez Juan José
Galeano a investigar el atentado terrorista contra la AMIA.
La tarea de
ese cuerpo fue analizada por expertos del FBI y de los cuerpos expertos
en la investigación antiterrorista del Estado de Israel, y en ambos
casos la evaluación fue similar: la investigación judicial realizada
con el apoyo de la DUIA es de primer nivel y en la evidencia colectada
están los elementos para esclarecer definitivamente el caso.
El juicio oral
y público que comenzará en breve revelará la profundidad y la densidad
de ese trabajo realizado sin la menor experiencia previa, porque
hay que decirlo, los hombres de la DUIA lograron su especialidad
en la lucha contra el terrorismo internacional aprendiendo de su
propia práctica, lo cual revela también otra dimensión muy importante
del trabajo realizado.
Esa capacidad
de aprender desde la nada es la característica central de los nuevos
organismos de prevención y combate contra el terrorismo transnacional,
que se están creando alrededor del mundo. Incluso el FBI, al crear
su propia unidad especial para atender estas nuevas amenazas, destacó
la necesidad impuesta por la realidad en el sentido de aprender
todo desde cero.
Más allá del
aporte técnico investigativo que el Estado nacional podía aportar
para la tarea de orientar las investigaciones judiciales en marcha,
existía un aporte político que el gobierno debía hacer a las investigaciones:
la identificación de los posibles testigos y la generación de las
herramientas legales y operativas que facilitaran su aporte al esclarecimiento
de los atentados.
En el terreno
de los testigos posibles o potenciales se desarrolló una tarea política
consistente -tanto en el ámbito regional como en el contexto mundial-
para lograr que comparecieran ante los jueces argentinos todos aquellos
que de alguna manera podían entregar información relevante para
la causa. Además se propició la creación de un fondo especial de
tres millones de dólares como recompensa para quien aporte información
decisiva en ambas causas terroristas.
Junto con eso
se desarrolló una campaña internacional de propaganda para alentar
a quienes tengan datos de los atentados a ponerse en contacto con
las autoridades argentinas.
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