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Estados
Unidos y Latinoamérica en el siglo XXI
Por Abraham Lowenthal
Para ayudar a comprender las relaciones Estados Unidos-Latinoamérica
a principios de este nuevo siglo, desearía hacer las siguientes
observaciones:
-El factor central de las relaciones interamericanas sigue siendo
la vasta asimetría de poder a favor de Estados Unidos, en comparación
con el que ejercen los otros países del continente. Las diferencias
en cuanto a la fortaleza institucional, tecnológica, económica y
militar son más que abundantes. Por ejemplo: muchos tópicos importantes
relacionados con las normas financieras y comerciales, y también
con la gestión, están principalmente acotados por el marco que imponen
actores y consideraciones externos a la región. El futuro de América
Latina depende de políticas cruciales que, por lo general, se deciden
y establecen en cualquier otra parte del mundo, y cuyo impacto sobre
Latinoamérica es, a menudo, más accidental y residual, que intencional.
-En su trato
con Latinoamérica, Estados Unidos nunca llegó a ser el actor coherente,
unitario y racional que solían retratar los del Sur; pero, aun así,
el pluralismo de Estados Unidos se ha vuelto en los últimos años
más pronunciado. Los intereses de los distintos elementos que integran
la sociedad norteamericana son difusos y, muchas veces, contradictorios.
Muchos personajes relevantes gozan de acceso a los legisladores
durante el proceso extraordinariamente indefinido y permeable de
legislar, haciendo que la política sea relativamente fácil de influir,
pero muy difícil de coordinar o controlar, aun cuando se intente
hacerlo de manera organizada y de común acuerdo.
oLa importancia relativa que los actores privados -corporaciones,
sindicatos, medios de comunicación y entidades no gubernamentales
de muchos tipos, incluyendo las organizaciones étnicas, y las basadas
sobre la comunidad y la buena fe- tenían otrora respecto de las
relaciones interamericanas, fue creciendo sin descanso al tiempo
que declinaban el alcance y la influencia de los gobiernos nacionales.
En la actualidad, Microsoft es más importante para Latinoamérica
que la Infantería de Marina de Estados Unidos. American Airlines
y United Airlines importan más que la Fuerza Aérea norteamericana.
La cadena CNN y Bloomberg tienen mucha más influencia que La Voz
de América. La Guardia por los Derechos Humanos es, en muchas circunstancias,
más poderosa que el Pentágono. Moody y Fidelity son muchas veces
más relevantes que la CIA. Y el Foro Económico Mundial de Davos,
una organización privada, resulta mucho más esencial que la OEA.
-En lo que
concierne a la indudable influencia que aún siguen ejerciendo los
gobiernos, las distintas partes del aparato norteamericano inciden
sobre las relaciones interamericanas de un modo muy diferente que
unas décadas atrás. Hoy, para la mayor parte de América Latina,
el secretario del Tesoro es mucho más importante que el director
de la CIA. Los gobernadores de California, Texas y Florida resultan
más significativos que el general a cargo del Comando Sur. Los responsables
de la Dirección Nacional de Control de Drogas y la Agencia de Aplicación
de Leyes Antinarcóticos, así como los miembros del Tribunal Judicial
Federal, son muchas veces más relevantes que el secretario de Estado
o el subsecretario de Asuntos Interamericanos. Para la mayoría de
los países latinoamericanos, en una gran parte de los temas, el
Congreso tiene la misma importancia que el Ejecutivo; y, de hecho,
a menudo más -porque es más permeable a los diversos impulsos de
la sociedad-.
-Latinoamérica
exige, además, que se la diferencie. Desde siempre, los países de
América Latina y el Caribe han sido muy distintos los unos de los
otros. Sin embargo, actualmente las perennes diferencias internas
de la región están aumentando, en especial en cuanto a las siguientes
cuatro dimensiones: la naturaleza y el grado de interdependencia
demográfica y económica con Estados Unidos; el nivel hasta el cual
los países han sometido sus propias economías a la competencia internacional;
la capacidad relativa del Estado para proporcionar recursos públicos
en relación con temas tan fundamentales como la justicia, la seguridad
y la educación; y la fuerza de las pautas democráticas y las instituciones
políticas. La creciente diferenciación en estas cuatro dimensiones
hace que el término Latinoamérica tenga un uso equívoco.
-Las diferencias en la naturaleza de las relaciones norteamericanas
con los distintos países y subregiones de Latinoamérica -un factor
que suele socavar las generalizaciones y las políticas a escala
regional- han aumentado con el paso del tiempo. Para entender las
relaciones interamericanas de hoy, uno debe distinguir cuáles son
los países que están más integrados a Estados Unidos en términos
económicos, sociales y demográficos. México, Centroamérica y el
Caribe, juntos, apenas llegan a ser un tercio de la población total
de Latinoamérica y el Caribe. Sin embargo, reciben casi la mitad
de las inversiones norteamericanas en la región, son responsables
de más del setenta por ciento del comercio entre Estados Unidos
y Latinoamérica, casi el sesenta por ciento de exposición bancaria
norteamericana se limita a esa región y, finalmente, suman alrededor
del ochenta y cinco por ciento de inmigración latinoamericana hacia
Estados Unidos.
Las naciones del Mercosur reúnen el cuarenta y cinco por ciento
de la población de Latinoamérica y el Caribe, casi el sesenta por
ciento del PBI y más del cuarenta por ciento de las inversiones
norteamericanas; pero menos del quince por ciento del comercio entre
Estados Unidos y Latinoamérica, y considerablemente menos del diez
por ciento de la emigración hacia Estados Unidos.
Las agitadas naciones de la región Andina suman cerca del veintidós
por ciento de la población latinoamericana, alcanzan apenas el trece
por ciento de su PBI, alrededor del diez por ciento de la inversión
norteamericana, suman menos del quince por ciento del comercio entre
Estados Unidos y Latinoamérica, son responsables de una pequeña
parte del flujo migratorio, aunque en rápido crecimiento; pero de
casi toda la cocaína y heroína exportada a Estados Unidos desde
el hemisferio occidental. Las diferencias entre las distintas regiones
y sus relaciones con Estados Unidos se están haciendo, pues, cada
vez más profundas con el paso del tiempo.
-La naturaleza y la dinámica de las relaciones norteamericanas con
México y el Caribe nunca han sido como ahora. Por un lado, como
resultado de la inmigración; por el otro, a causa de los efectos
del avance en las comunicaciones y el transporte. Del mismo modo,
la vasta y creciente dispersión de mexicanos, centroamericanos y
caribeños en Estados Unidos está cambiando irreversiblemente el
perfil de las relaciones con sus vecinos más cercanos.
Los políticos, estrategas de negocios, publicitarios, banqueros,
empleadores, sindicatos, docentes, funcionarios del Poder Ejecutivo
y médicos, saben que la frontera entre Estados Unidos y sus vecinos
más cercanos es, de algún modo, ilusoria. Las escuelas públicas
del sur de California son mexicanas y centroamericanas, la venta
de salsa supera a la de ketchup, la cultura popular latinoamericana
modela la de Estados Unidos, y las elecciones son decididas por
el voto latino.
En dirección opuesta, mientras tanto, el dinero que envían estos
grupos de inmigrantes resultan más que vitales para las economías
de México y muchas naciones de Centroamérica y el Caribe. En México,
estas remesas ascienden a aproximadamente a ocho mil millones de
dólares al año, casi tanto como el monto de la inversión extranjera
directa, con algunas estimaciones considerablemente más elevadas.
En Centroamérica y la República Dominicana, las remesas superan
la inversión extranjera y la asistencia económica como fuentes de
capital. Las contribuciones a las campañas y los votos de estos
grupos de inmigrantes son crucialmente importantes para las políticas
de sus propios países. Las pandillas juveniles y los líderes criminales
socializados en Estados Unidos están haciendo estragos en sus países
de origen, en muchos casos después de haber sido deportados por
Estados Unidos. Es probable que, durante los próximos veinticinco
años, muchas naciones de Centroamérica y el Caribe se vean aun más
plenamente absorbidas por la órbita norteamericana.
Todas estas aseveraciones probablemente se puedan aplicar a Cuba
con el tiempo, quizás más rápidamente de lo que se cree; la economía
del dólar en Cuba ya está creciendo en importancia.
-Los temas que fluyen directamente de una interpenetración mutua,
única y creciente entre Estados Unidos y sus vecinos más cercanos
-inmigración, narcóticos, el ambiente, la salud pública, la aplicación
de la ley y el manejo de la frontera- formulan desafíos particularmente
complejos para legislar. El proceso político democrático, tanto
en Estados Unidos como en los países linderos, presiona la política
desde ambos lados, de modos diametralmente opuestos a los que se
necesitarían para asegurar la cooperación internacional que se requiere
para resolver, o manejar con mayor eficacia, los problemas difíciles
que transcienden las fronteras. El proceso de certificación de la
lucha contra el narcotráfico ilustra muy bien este punto. Este dilema
-respecto del cual los enfoques políticos tan atractivos para los
públicos domésticos tienden a impedir la necesaria cooperación internacional-
no es fácil de superar y no se limita únicamente a Estados Unidos.
-Los puntos centrales de las relaciones Estados Unidos-Latinoamérica,
a principios del siglo XXI, no tienen mucho que ver con los del
pasado, que estaban relacionados con la seguridad y la geopolítica
o, incluso, con las ideologías. Los intereses de Estados Unidos
en Latinoamérica comprenden actualmente temas prácticos relacionados
con las finanzas y la protección del comercio, por un lado, y por
el otro, con los problemas de gestión que, si bien son compartidos,
no pueden ser resueltos por un solo país -por ejemplo, el tráfico
de drogas, la salud pública, la inmigración y el ambiente-.
-En síntesis, las relaciones de Latinoamérica con Estados Unidos
son extraordinariamente diversas; reflejan los intereses, historias
y perspectivas individuales de las distintas naciones, e incluso
de sus latitudes y longitudes. Detrás de la retórica de una comunidad
interamericana y una zona de libre comercio desde Alaska hasta Tierra
del Fuego -o las proyecciones contrarias de profundizar el conflicto
entre Estados Unidos y Latinoamérica- la realidad actual es mucho
más compleja y diferenciada:
Argentina fue, durante mucho tiempo, el país latinoamericano que
más apartado se mantuvo de la influencia norteamericana, y a menudo
el que mostró más hostilidad hacia Estados Unidos. No obstante,
durante la década del noventa, logró tener relaciones más estrechas
con Estados Unidos -o incluso carnales como declaró una vez el ex
ministro de Relaciones Exteriores Guido Di Tella-. Argentina sigue
manteniendo relaciones políticas extremadamente cordiales con Estados
Unidos, aparejadas con tenues vínculos demográficos y comerciales;
aunque es probable que esta alineación no dure mucho tiempo porque
no está profundamente basada sobre realidades económicas, geoestratégicas
o demográficas.
Brasil, que representa un tercio de la población de la región y
casi el cuarenta por ciento de su producción económica, ha venido
fortificando sus relaciones económicas y políticas con sus vecinos,
con Estados Unidos y con otras potencias mundiales -al tiempo que
competía sutilmente con Estados Unidos para ejercer la mayor influencia
regional-. Brasil es un jugador importante: el quinto país más grande
del mundo en cuanto a tamaño y población; una de las ocho economías
más grandes del mundo; un área de primera clase para la inversión
norteamericana y, después de China, el país que posee el mayor mercado
en desarrollo. La evolución de las relaciones entre Estados Unidos
y Brasil depende, más que de cualquier otra cosa, de que Brasil
se decida a resolver su grado de integración dentro de la economía
internacional y de que Estados Unidos supere sus propias tendencias
proteccionistas, que actualmente afectan muchas de las exportaciones
fuertes de Brasil: acero, etanol, azúcar, textiles, jugo de naranja,
tabaco y carne, entre otras.
Chile, frustrado en su ambición de entrar en el NAFTA, decidió diversificar
sus vínculos internacionales integrando a Asia, Europa y las Américas,
al mismo tiempo que descubría, paradójicamente, que el éxito que
había logrado lo hacía más vulnerable a los golpes y reveses internacionales:
por ejemplo, los que sacudieron a Asia y Rusia a fines de la década
del noventa. La presencia relativa de Chile en la pantalla del radar
norteamericano -inusualmente constante en el contexto de la Guerra
Fría- ha retrocedido ininterrumpidamente.
Considerados en su conjunto, los países del Cono Sur -Argentina,
Brasil, Chile y Uruguay- son lo suficientemente similares a Estados
Unidos en cuanto a los valores centrales, las instituciones democráticas
y los intereses internacionales, como para que Washington consolide
con ellos un patrón de relaciones cercanas, conformando un grupo
esencial de aliados que podrían abrir el camino hacia la incorporación
gradual de toda Latinoamérica en una comunidad regional, económica,
política y de seguridad. Tal bloque brindaría modestos beneficios
para ambos lados, a costos también moderados, pero es improbable
que ocurra porque la política y los procesos legislativos de Estados
Unidos no están preparados para ofrecer la prominencia, flexibilidad
y visión requeridas para negociar dichos acuerdos, y porque los
países del Cono Sur están menos dispuestos que antes a mantener
relaciones con Estados Unidos.
La región Andina -Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia-
plantea desafíos mucho más difíciles para las relaciones interamericanas
y las políticas norteamericanas. En cada uno de estos países, la
violencia política y los movimientos extra constitucionales son
factores significativos, como también lo es el impacto altamente
corrosivo del tráfico de drogas. Por ejemplo, en Colombia, se está
manifestando hoy una cooperación bilateral problemática y sin precedentes,
pero al mismo tiempo están aumentando las tensiones entre Washington
y Caracas, dos capitales que han permanecido estrechamente alineadas
durante cuarenta años. Las fricciones entre Estados Unidos y los
países andinos se están intensificando en conjunto, por temas relacionados
con las drogas, la democracia, los derechos humanos, la estrategia
anti-insurgente, la extradición y los límites de la soberanía, o
a causa de diferencias de criterio respecto del manejo económico
y las estrategias de desarrollo.
México, alguna vez el bastión del sentimiento anti-yanqui, ha ligado
su futuro a la integración funcional con Estados Unidos como nunca
lo había hecho en la historia. Hace quince años, el setenta por
ciento de su comercio se hacía con Estados Unidos; hoy esa cifra
se acerca al noventa por ciento. México ha dado un paso decisivo
al comprometerse con un futuro principalmente norteamericano. La
elección del líder de la oposición, Vicente Fox, reforzó esta tendencia.
De cualquier modo, ciertos temas políticos -entre ellos la inmigración,
el comercio, la inversión, la tecnología, los narcóticos, el ambiente
y el manejo de la frontera- requieren y deberían recibir un trato
bilateral especial. La mayoría de las naciones de Centroamérica
temen un nuevo período de desamparo norteamericano más de lo que
temen un renovado intervencionismo. Se ven potencialmente abandonadas
a su suerte, fuera del NAFTA o de la posible Zona de Libre Comercio
Sudamericano. Ellas han buscado ardientemente la paridad del NAFTA,
pero al mismo tiempo experimentaban cada vez más fricciones con
Estados Unidos respecto de temas como inmigración, comercio, delitos
y drogas. Como satélites en busca de su órbita, estos países se
sienten acobardados por la conducta a menudo inestable y distraída
de Estados Unidos con sus vecinos más cercanos.
Por último, Cuba, el punto neurálgico de las relaciones Estados
Unidos-Latinoamérica durante tanto tiempo, todavía sigue encerrada
en una relación mutuamente antagónica y tristemente estéril con
Estados Unidos. A escasas noventa millas de la Florida, Cuba permanece
angustiosamente lejos de Estados Unidos y del acercamiento. Por
otra parte, su economía se está dolarizando y los grupos comerciales
norteamericanos están ansiosos por participar en su mercado. La
lógica de que Cuba eventualmente se reintegre a la esfera de influencia
de Estados Unidos es realmente poderosa.
En resumen, la naturaleza de los intereses y objetivos de Estados
Unidos es muy diferente según las distintas subregiones. Temas como
la inmigración, el intercambio económico y las drogas dominan la
agenda cuando trata con México, Centroamérica o el Caribe; las inversiones
y las exportaciones predominan en las relaciones con el Cono Sur;
y los narcóticos y las formas de gobierno ocupan los temas centrales
entre Estados Unidos y la región Andina.
A partir de estas diez observaciones, vale la pena considerar cuatro
corolarios para la política de Estados Unidos:
En primer lugar, la administración de George W. Bush debería abstenerse
de anunciar una nueva política latinoamericana y correr a la cumbre
del hemisferio occidental en Quebec para anunciarla. Paradójicamente,
la maquinaria de convocatoria a este tipo de cumbres pareciera haber
entrado en pleno funcionamiento justo en el momento en que las políticas
regionales no las justifican. Debido a las crecientes diferencias
entre los países de Latinoamérica y el Caribe, las cumbres para
todos los países de las Américas tendrán que ser conducidas, forzosamente,
al nivel de piadosas exhortaciones, o bien se las deberá restringir
mayormente a temas marginales. Esta clase de reuniones obligan a
los niveles más altos del gobierno norteamericano a concentrarse
en las relaciones interamericanas, al tiempo que proporcionan inmejorables
oportunidades a la prensa para tomar sus mejores fotografías; sin
embargo, no es probable que produzcan otros resultados significativos.
En segundo lugar, debería prestar atención prioritaria a México,
Centroamérica y el Caribe. Lo que sucede en estos países afecta
enormemente a Estados Unidos porque le presenta una serie de desafíos
inter-domésticos (como la inmigración, el tráfico de drogas, la
contaminación ambiental y las normas laborales).
En tercer lugar, la nueva administración debería ser más modesta
que los últimos gobiernos en cuanto a lo que promete lograr en las
Américas. Washington debe ser más realista respecto de la evolución
de Latinoamérica, y del nivel y los límites de su propia influencia.
Finalmente, debería admitir hasta qué punto la relación de Estados
Unidos con Latinoamérica resulta determinada por políticas que fueron
diseñadas sin pensar en la región. El único factor esencial que
debiera ayudar a modelar el desempeño económico de nuestros vecinos,
es que ellos vean cómo lo hace la economía norteamericana. Los programas
de promoción de la democracia son un buen proyecto, pero Latinoamérica
aprenderá más si observa cómo enfrenta la democracia norteamericana
sus propios desafíos. El cine, la televisión y la música norteamericana
ejercen una poderosa influencia, como también lo hacen las instituciones
de educación superior e investigación. El Coloso del Norte tiene
el deber de proyectar una gran sombra sobre el Sur, sin importarle
para qué lado miran nuestros legisladores. Prestar más atención
a Latinoamérica no es, pues, un consejo político tan útil como el
que nos impulsa a ser mucho más conscientes de nuestros propios
impactos múltiples.
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Abraham
Lowenthal
Profesor
de Relaciones Internacionales de la Universidad de California
del Sur. Presidente del Consejo de Política Internacional
en el Pacífico.
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