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Estados
Unidos y Latinoamérica en el siglo XXI
Por Abraham Lowenthal
Las relaciones entre Estados
Unidos y los países de América Latina comenzaron el siglo XXI de
un modo un tanto confuso. No es un período caracterizado por una
amplia cooperación interamericana, ni tampoco por un extenso conflicto,
aunque paradójicamente se advierta una cooperación sin precedentes
en un entorno cada vez más conflictivo. No es un momento en el que
se requiera el intervencionismo omnipresente de Estados Unidos,
pero tampoco es el ideal para mantener una relación comercial respetuosa
sobre la base de políticas norteamericanas acordes, aunque ambos
patrones ya existan. En la actualidad, Estados Unidos no se está
enfocando sobre Latinoamérica con intensidad; tampoco se está desentendiendo
abiertamente de la región. Está haciendo, sí, un poco de las dos
cosas.
No
existe un único concepto o frase capaz describir por sí mismo la
esencia y el tono de las relaciones contemporáneas entre Latinoamérica
y Estados Unidos. El primer paso para analizarlas ha de ser el reconocimiento
de que son complicadas, contradictorias, difíciles de precisar y
muy diferentes de lo que cualquiera hubiera esperado hace diez años.
Como segundo paso, intentaremos comprender por qué son como son.
Una década atrás, había tres escuelas de pensamiento principales
en toda América, que expresaban distintas opiniones respecto del
modo en que podrían evolucionar las relaciones interamericanas en
el entorno posterior a la Guerra Fría.
Un punto de vista, particularmente influyente en la comunidad de
política exterior de Estados Unidos, proponía como principio que
el fin de la lucha bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética,
sumado a los radicales cambios políticos y económicos que se estaban
produciendo en Latinoamérica, llevarían a una era de cooperación
excepcional dentro del hemisferio occidental. Tal criterio aseveraba
que las tendencias hacia una comunidad y convergencia ofrecerían
perspectivas de integración económica y acuerdo político en todo
el hemisferio.
La iniciativa propuesta por el presidente Bush a mediados de la
década del noventa, denominada Iniciativa de las Américas, y el
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), promovido
inicialmente por Bush y luego derivado con unánime apoyo para que
fuera aprobado por Clinton, fueron las únicas dos manifestaciones
políticas visibles de esta nueva era, que culminó en la Cumbre de
las Américas convocada en Miami en diciembre de 1994. Estados Unidos
manifestó un caluroso entusiasmo por cimentar la cooperación entre
Estados Unidos y Latinoamérica. Sin embargo, la histórica apuesta
de México en el NAFTA, la búsqueda apremiante de Chile por lograr
un nivel comparable, y el espíritu cordial que primó en Miami, demostraron
que también los países de América apoyaban firmemente el camino
propuesto.
Un segundo punto de vista, más común en algunos círculos latinoamericanos,
sostenía que Estados Unidos podría revertir su postura y decidirse
por un intervencionismo frecuente -intruso, si no también desenfrenado-
en Latinoamérica, sin tener que preocuparse por las represalias
previsibles de parte de otra superpotencia. Washington podría llegar
a asumir libremente que le resultaban acciones imprescindibles -y,
bajo las circunstancias, era probable que así lo creyera-, la intervención
en los problemas relacionados con los narcóticos; el freno de la
inmigración; la imposición de sus propios conceptos en relación
con el medio ambiente; la promoción de sus preferencias políticas,
sus valores e instituciones; o, simplemente, la expansión de su
influencia. La descarada invasión norteamericana a Panamá, en diciembre
de 1989, y la destitución forzada del general Manuel Noriega para
someterlo a juicio y reclusión en Miami, parecieron apoyar esta
tesis.
El tercer punto de vista predecía que no habría ni una cooperación
estrecha entre los países americanos, ni un intervencionismo intruso
por parte de Estados Unidos, sino una indiferencia norteamericana
relativamente masiva respecto de Latinoamérica -benigna, quizás,
pero en todo caso con connotaciones de abandono permanente-. Los
norteamericanos, que sostuvieron más ruidosamente a principios de
la década del ochenta que las guerras civiles de Centroamérica y
la injerencia directa o indirecta de los soviéticos constituían
una amenaza para su seguridad nacional, ahora argumentaban -con
coherencia lógica- que la desaparición de la amenaza soviética había
eliminado la principal y única razón que tenía Estados Unidos para
preocuparse por América Latina. Pronosticaron, pues, un proceso
de africanización, con una Latinoamérica que se tornaría tan relativamente
invisible como Africa en las pantallas de radar de Estados Unidos
y de otros países de la OCDE.
Hoy, ninguna de estas tres líneas de interpretación y predicción
ofrecidas hace diez años, parece resultar apta para caracterizar
el vasto esquema de relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica.
Las transiciones desiguales e incompletas de América Latina hacia
gobiernos democráticos y economías de mercado, reforzadas por la
práctica permanente de convocar a cumbres del hemisferio occidental,
han conferido una innegable calidez a la retórica oficial y global
de las relaciones interamericanas. A excepción de la Cuba de Fidel
Castro, hoy ningún gobierno latinoamericano es abiertamente anti-norteamericano
-aunque la Venezuela de Hugo Chávez está cerca-, y la mayoría de
los gobiernos y partidos de la oposición buscan mejorar activamente
sus relaciones con Estados Unidos. La retórica oficial de la mayoría
de los líderes norteamericanos de ambos partidos, sigue estando
firmemente comprometida con el ALCA (Área de Libre Comercio de las
Américas) y la comunidad del hemisferio occidental. En ningún momento
de las últimas décadas, el compromiso expreso de cooperar con los
países de América ha sido más fuerte que hoy. Sin embargo, las perspectivas
e intereses de los gobiernos latinoamericanos y de Estados Unidos
siguen siendo diferentes y, en la práctica, tal diferencia surge
tan frecuentemente como los ejemplos de una profunda cooperación
sostenida. En realidad, el avance concreto hacia el libre comercio
en América ha sido insignificante; y los observadores más serios
apenas esperan que comience después del 2005. Más aún: en lugar
de intentar lograr la convergencia, varios países latinoamericanos
dieron un giro político y han vuelto a las prácticas autoritarias,
mientras que otros renunciaron al compromiso de adoptar economías
de mercado, y los propios Estados Unidos daban señales de virar
hacia el proteccionismo. Volvieron a emerger los temas conflictivos:
comercio, aviación, propiedad intelectual, inmigración, contaminación,
ambiente y narcóticos. Así, las perspectivas de alcanzar una estrecha
cooperación interamericana se han ido deteriorando desde mediados
de la década del noventa.
No obstante, si bien en cierto modo las esperanzas de una cooperación
regional disminuyeron, también se alejó el temor del intervencionismo
estadounidense y de que se retorne a la imposición hegemónica. El
gobierno norteamericano no es ahora tan reservado como lo fue durante
el período de la Guerra Fría; expresa sus opiniones sobre las condiciones
internas dentro de Latinoamérica con más libertad, y ejerce presión
política respecto de temas relacionados con los narcóticos, la inmigración,
el ambiente, la democracia y los derechos humanos.
Estas intervenciones, mayormente retóricas y políticas, se han ido
limitando y la inclinación de Estados Unidos a enviar tropas a Latinoamérica
o a emprender una masiva intervención clandestina, ha disminuido
en comparación con el del período de la Guerra Fría.
Cabe advertir, sin embargo, que la realidad también contradijo parcialmente
a quienes predijeron que Estados Unidos desatendería a Latinoamérica
en la era posterior a la Guerra Fría. La preocupación de Washington
respecto de la supuesta importancia que revestía América Latina
para su seguridad -vastamente exagerada durante muchos años- desapareció.
El ciclo histórico entre el intervencionismo intenso y el desamparo
casi absoluto, no volvió a repetirse al mismo nivel. Durante la
década pasada, el gobierno de Estados Unidos se relacionó con México
de manera más atenta y solícita que en ningún otro momento de la
historia. Lo mismo sucedió con la región de la Cuenca del Caribe,
aunque en mucho menor grado. En consecuencia, si bien es posible
que las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica, al inicio
de este siglo, no reflejen la intensidad que marcaron las confrontaciones
de la Guerra Fría, hay mucha más interacción positiva entre Estados
Unidos y, al menos, algunas partes de América Latina, que la que
pudo producirse durante las anteriores épocas de indiferencia.
Si dentro de los modelos que se esperaban, ninguno de los tres mencionados
describe con precisión el esquema general de las relaciones de la
actualidad, ¿Cómo se las habría de entender correctamente?
Las relaciones interamericanas contemporáneas dependen necesariamente
del contexto internacional, de las transformaciones dentro de Latinoamérica
y el Caribe, y de los cambios en Estados Unidos mismo.
El entorno internacional sufrió alteraciones radicales. La alternativa
socialista, como modo de organizar la política y la economía, ha
sido relegada a los archivos de historia y a algunos museos no intencionales.
El concepto de Tercer Mundo perdió su significado en ausencia del
Segundo Mundo. Los países en vías de desarrollo de Asia, Africa
y Lati-noamérica compiten entre sí con tanta frecuencia como se
asocian para obtener ganancias mutuas, y también desarrollan la
cooperación con varios países industriales en una variedad de temas.
Si bien el poder, el dinero, la tecnología y la información se difunden
ampliamente, no se están distribuyendo con equidad. El dinero y
la información fluyen de una parte del mundo a la otra al instante,
desdibujando las fronteras. La interdependencia global compete al
mundo entero, pero especialmente a los mercados emergentes que son
rehenes de los problemas que ocurren en países distantes.
Los principales árbitros del valor económico son los mercados sofisticados,
pero siguen expuestos a poderosas fuerzas y dinámicas políticas
y psicológicas. Los gobiernos nacionales compiten con sindicatos
criminales para ver quién tiene la autoridad, y esto sucede en naciones
enteras o en subregiones. Las coaliciones transnacionales organizadas
alrededor de temas como la protección ambiental, la salud pública,
los derechos humanos y las normas laborales, son cada vez más influyentes
e interfieren con la mano oculta del mercado.
Si bien Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo,
en algunos aspectos es menos capaz que hace veinte años, de garantizar
el afianzamiento de sus intereses. Tanto los líderes como el público
norteamericano sienten que el poder de Estados Unidos tiene límites,
aún en un momento caracterizado por la unipolaridad. Estados Unidos
nunca tuvo el poder suficiente para modelar el mundo a su gusto;
pero hoy, a pesar de su superioridad militar, es menos capaz que
en cualquier otro momento posterior a 1945, de conseguir los resultados
que desea sobre una base unilateral. Estados Unidos necesita halagar
y nutrir la cooperación internacional; quedándose aislado no puede
comandarla con éxito. Esto es verdad en Latinoamérica y en el resto
del mundo.
Mientras tanto, en las últimas cinco décadas Latinoamérica inició
un proceso de transformaciones. Sus sociedades pasaron de ser principalmente
rurales a ser urbanas en su mayoría. Si bien al principio el índice
de crecimiento demográfico se elevó con rapidez, comenzó a declinar
a medida que el pueblo latinoamericano se modernizaba, accedía a
la educación y al sistema de salud. Las economías latinoamericanas
se industrializaron y una gran parte de ellas se integró más y mejor
en la economía mundial. Y la política de la región entró en un proceso
de mutación que partió desde distintos tipos de autoritarismo y
arribó a diferentes versiones y grados de regímenes democráticos.
Las economías centradas en el Estado dejaron paso, en casi todos
los países, a mercados libres más competitivos y abiertos. Hubo
un amplio consenso en que debían podarse muchas de las actividades
industriales realizadas por el Estado, privatizar la mayoría de
las empresas públicas, facilitar los mercados competitivos, estimular
al sector privado y atraer inversiones extranjeras.
También se puso en evidencia que la región comenzó a mostrar indicios
de querer mantener relaciones más armoniosas con Estados Unidos.
Los Estados latinoamericanos estaban acostumbrados a definir su
política exterior a partir de expresar su independencia de Washington,
o bien manifestar su rotunda oposición.
La apertura a Estados Unidos no está restringida a la esfera política;
en realidad, más importante que la política es el giro cultural
y educacional que Latinoamérica ha dado hacia Estados Unidos.
Además, intentaron emprender relaciones más cercanas de cooperación
económica y política entre ellos mismos. Y lo lograron, a distintos
niveles, en el Caribe, América Central, la región Andina y especialmente
en Sudamérica -donde el Mercosur, venía ganando fuerza hasta que
los problemas económicos de fines de la década del noventa comenzaron
a tensar las relaciones entre los socios-.
Estados Unidos es uno de los países más dinámicos del mundo, y sus
propias transformaciones políticas, sociales y económicas contribuyen
a reformar sus relaciones con América Latina. Ha dejado de ser en
los últimos años una economía industrial, y prácticamente se ha
transformado en una economía de servicios, tanto hacia adentro como
hacia afuera. Su industria ha tendido a basarse mucho más en la
información, y aprendió a construir su ventaja comparativa a partir
de la ciencia, la tecnología, la educación y el desarrollo de mano
de obra altamente calificada. También se ha vuelto mucho más abierta
e internacional, tanto en lo que concierne a la inversión como al
comercio, en ambas direcciones. Actualmente, la actividad comercial
se lleva más del treinta por ciento del PBI, en comparación con
el trece por ciento de 1970; y una gran parte de las ganancias de
muchas empresas norteamericanas importantes se deriva al exterior.
Los intereses internacionales más fuertes de Estados Unidos en la
era de la globalización, tienen que ver con ventajas financieras,
tecnológicas y comerciales, y con acuerdos y sistemas internacionales.
En este contexto, las exportaciones norteamericanas tienen a Latinoamérica
en la mira como un mercado potencial en rápido crecimiento. América
Latina y el Caribe han sido responsables de dos tercios del aumento
en las exportaciones estadounidenses de los últimos años. Latinoamérica
-especialmente México- fue el mercado que más rápidamente creció
para sus exportaciones en la década del noventa. Desde esta perspectiva,
el mercado de México es más grande que el de Japón; el de Brasil
es más grande que el de China; y el de Centroamérica más grande
que aquellos que integraban la ex-Unión Soviética y toda Europa
Oriental, juntos.
Los cambios demográficos y sociales ocurridos dentro de Estados
Unidos y las modificaciones en su fuerza de trabajo han sido drásticos,
y están relacionados entre sí: el envejecimiento de la población;
sus movimientos hacia el Oeste y hacia el Sur, con los consiguiente
cambios en la economía doméstica y el peso político que conllevan;
la declinación del desempleo por debajo del cinco por ciento y la
presión constante para buscar nuevos trabajadores; y, especialmente,
el aumento significativo de la inmigración, que está afectando tan
profundamente la economía, la política, la sociedad, la cultura,
y hasta la cocina norteamericanas. En la década del noventa se establecieron
en Estados Unidos más inmigrantes que en cualquier década anterior.
Antes de 1950, la mayoría de los inmigrantes en Estados Unidos era
de origen europeo, y menos del veintinueve por ciento de los que
ingresaron en 1980 provenía de Latinoamérica y el Caribe. Hoy, casi
la mitad de la inmigración viene de América Latina y el Caribe,
treinta por ciento de la cual llega desde México. La masiva afluencia
de mexicanos y centroamericanos, documentados e indocumentados,
prácticamente se equipara a la constante corriente que proviene
del Caribe. A la parte continental de Estados Unidos han emigrado
no solamente un diez por ciento estimado de la población de Cuba,
sino también aproximadamente el quince por ciento de la población
angloparlante del Caribe, catorce por ciento de haitianos y alrededor
del doce por ciento de dominicanos.
Desde el punto de vista político, Estados Unidos tiene mucha más
dificultad que en ningún otro momento, para formular e implementar
políticas públicas coherentes, y especialmente para definir la política
exterior. Para ello hay explicaciones, algunas estructurales y otras
contingentes. Más notable ha sido la ausencia de consenso respecto
de cuáles son los intereses internacionales más importantes. Las
naciones latinoamericanas que están preparadas para relacionarse
con Estados Unidos de un modo más estrecho, se preguntan si podrán
confiar en este país como socio; pero esto dependerá, en gran medida,
de que las instituciones políticas norteamericanas asuman el desafío
de gobernar en el nuevo siglo.
Estas y otras consideraciones nacionales, regionales e internacionales
se están combinando para generar un nuevo esquema de relaciones
en el hemisferio, que sólo puede ser comprendido si se disgregan
abstracciones tales como Latinoamérica y Estados Unidos. Las relaciones
entre el gobierno norteamericano y algunas partes de América Latina
y el Caribe contrastan marcadamente con las que Estados Unidos mantiene
con otras subregiones. Algunos elementos de la sociedad norteamericana
se relacionan con sus equivalentes latinoamericanos de un modo que
difiere notablemente de las relaciones oficiales. Las relaciones
oficiales y transnacionales son muy cooperativas cuando están involucrados
algunos temas intrascendentes, pero pueden tornarse sumamente conflictivas
cuando se discuten otros temas más comprometedores. Los actores,
los intereses y los temas son cada vez más complejos.
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Abraham
Lowenthal
Profesor
de Relaciones Internacionales de la Universidad de California
del Sur. Presidente del Consejo de Política Internacional
en el Pacífico.
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