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Las tendencias actuales en materia de producción y comercio internacional
Por Rubens Ricupero

Roberto Alemann: -Me interesa agregar algunas reflexiones en torno de los tres grandes temas de la Posguerra Fría en materia económica.

La liberalización de los mercados de capitales internacionales, en realidad, es la libre transferencia de divisas que se ha instalado en todos lados. El último dato que yo he visto es que las transacciones monetarias transnacionales alcanzan la alucinante cifra de 1.800.000 millones de dólares por día, y están creciendo permanentemente, lo cual revela que no hay más restricciones a la transferencia de capitales y, detrás de ellos, hay puras transacciones financieras, o sea del mercado de capitales. Las transacciones comerciales y las transferencias unilaterales y de servicio que se hacen a las cuentas corrientes, son muy pequeñas -si este monto llega al cinco o al diez por ciento, es mucho-; el resto son, estrictamente, transacciones de capital. De manera que yo no veo que haya alguna restricción.
China e India, que son las excepciones, todavía pesan relativamente poco en el mundo, y lentamente también van eliminando las restricciones. En otros países también existen restricciones, pero las van eliminando; la presión es imposible de detener.

La segunda cuestión se refiere a las inversiones directas. Es cierto que en París, por la resistencia de Francia, no se pudo lograr un estatuto internacional de inversiones extranjeras directas. Pero la realidad indica que no hace falta. Existe un sistema por el cual cada país procura atraer las inversiones directas, y las cifras que se mueven están en permanente crecimiento: cada año hay más inversiones extranjeras directas. En la Argentina hemos recibido mil millones por mes en la década del noventa, y seguimos recibiendo. Lo mismo sucede en Brasil. No creo que haga falta un estatuto para eso. La Argentina ha firmado acuerdos con el Banco Mundial y con un número muy grande de países, por los que establece ciertos parámetros de garantía para las inversiones. No creo que tenga importancia el hecho de que exista un estatuto internacional en la OCDE; las inversiones, de todas formas, vienen y se mueven.

-Estoy de acuerdo. El sentido general es el que usted ha señalado. Pero existe la necesidad de completar el marco de las reglas jurídicas, sea en el caso de la libertad de circulación de capitales, sea en el caso de las inversiones.

En términos prácticos, usted tiene razón: en muchos países eso no hace falta; pero hay excepciones notables. Por ejemplo: el país que más ha crecido en los últimos veinte años, China, lo ha hecho de una manera totalmente aislada de los mercados de capitales. No ha aceptado, en veintiún años de crecimiento, tener déficit comercial ni déficit en cuenta corriente. China sigue prácticamente un abordaje mercantilista de desarrollo, porque tiene saldos comerciales muy elevados y un volumen de reservas enorme, que se acercan actualmente a 200.000 millones de dólares. (Sin contar las reservas de Hong Kong que, según el Banco Mundial, ellos subestiman.) El último dato de la balanza comercial norteamericana ha mostrado un déficit récord con China.

Es claro que los chinos se mueven hacia la liberalización; también consideran que su objetivo es la liberalización de la cuenta capital. Pero es una excepción importante, de un país que aún no tiene un peso tan grande, pero está destinado a tenerlo.

En cuanto a las inversiones directas, creo que usted tiene mucha razón: es verdad que aumentan de una manera astronómica. Nuestra organización, la UNCTAD, todos los años publica el World Investing Report y en su último informe se refleja ese movimiento de inversiones cada vez mayor, que hoy adquiere, principalmente, la forma de fusiones y adquisiciones.

Es verdad que prácticamente todos los cambios en las leyes nacionales, en un número enorme de países, se ha hecho en el sentido de liberalizar las reglas aún más. Sin embargo, también es verdad que en los países de origen los inversionistas consideran importante tener un código. La prueba es que los norteamericanos lo han planteado con fuerza ante la OCDE, donde pretendían lo que ellos llaman un acuerdo de High Standard, en el que prácticamente no existieran excepciones a la libertad de inversión.

Los datos de la UNCTAD señalan que actualmente existen en el mundo aproximadamente 63.000 empresas trasnacionales -no todas son grandes; muchas empresas medianas operan en varios países diferentes-, con 700.000 filiales y un volumen de ventas de 14.000 trillones de dólares -el doble del total de las exportaciones de manufacturas-.

Sin embargo, uno de los puntos de desacuerdo en Ginebra para el lanzamiento de una nueva Ronda es la insistencia de la Unión Europea en que se abarquen los temas de inversiones y competencia. Los Estados Unidos tienen dudas, creen que es prematuro; en el primer caso, no porque se opongan sino porque no creen que la OMC logre un acuerdo de High Standard; y, en materia de competencia, creen que la OMC no es del foro para tratar este tema: prefieren otro tipo de organización. Se muestran escépticos respecto a la posibilidad de negociar un código de competencia porque actualmente, de los doscientos Estados soberanos del mundo, solamente unos setenta tienen leyes de competencia; y, entre éstos, muy pocos cuentan con entidades capaces de aplicar esas leyes. Creo que, en materia de competencia, la posición norteamericana es más realista que la europea.

Alieto Guadagni: -Sus tesis principales -el crecimiento de la incertidumbre y una crisis de confianza acerca de la capacidad del sistema internacional o de las grandes potencias para solucionar los conflictos- me parecen muy extremas. En el conflicto de Palestina la situación ahora es grave, pero no más que hace treinta años. Respecto del petróleo, considero que hemos pasado por crisis peores, para las que no estábamos preparados; hoy el mundo ha cambiado la matriz energética, se avanzó mucho en conservación, hay posibilidades de sustitución de energía y el poder político de la OPEP no es el de la década del setenta. El barril de petróleo hoy cuesta 34 dólares, el mismo precio del año 1974 -y los dólares no son los mismos-. No veo ahí una cuestión muy seria.

Respecto a que Estados Unidos aparece como la gran potencia hegemónica, vemos que hoy origina la quinta parte de la producción mundial, cuando al finalizar la Segunda Guerra Mundial producía la mitad. ¿Cómo es el milagro de esta hegemonía de un país que pasa de la mitad del poderío económico a la quinta parte? Es lógico: no se le puede pedir la capacidad de resolver conflictos con ese peso específico mucho menor, si bien en el área militar tiene un peso específico mayor.
Y respecto de las posibilidades de crecimiento, creo que toda la década del noventa -incluso la segunda parte- ha sido la época más próspera para los países en desarrollo, con tasas de crecimiento del orden del triple de los países industrializados.
En este marco, se me hace un poco difícil compartir plenamente esta visión un tanto gris de la actualidad y de los próximos años.

-Quisiera aclarar que tampoco pienso que nos encontremos en vísperas de una catástrofe. No estoy diciendo que estemos por vivir un agravamiento inevitable de la situación del sistema internacional. Mi intención ha sido subrayar que después de un período de diez años en el que casi todos los problemas internacionales parecían estar cediendo a un tipo de solución racional a través del ejercicio del poder, de pronto encontramos una serie de problemas que se resisten a ese tipo de solución. Y que si la situación de Medio Oriente se sigue deteriorando, veo un peligro, por lo menos en razón de ese mismo optimismo que se venía alimentando con relación al sistema internacional.
No estoy diciendo que eso va a pasar; sé que hay esfuerzos orientados a encontrar una pacificación en el terreno político y de la seguridad. Ahora bien: es cierto que la situación no es tan grave como en otros momentos, pero también es cierto que con los Acuerdos de Oslo se puso en marcha un proceso de esperanza en el que, a pesar de las dificultades, se estaba avanzando paso a paso. Y de pronto nos encontramos con que el fundamento de ese proceso de normalización pasa a ser cuestionado. -No hay que olvidar que hubo doscientos muertos en pocas semanas y que el enfrentamiento se está agravando-. En el momento en que el proceso deja de ser capaz de generar esperanza es claro que los regímenes árabes pasan a tener problemas serios. Ese es el peligro de la situación, a la cual no son inmunes Arabia Saudita, Kuwait y los demás países cuyas bases de poder dependen del respaldo que reciben de Estados Unidos. Esta es la primera gran decepción en diez años.
Cuando me refiero a la decepción de la confianza en el sistema internacional, afirmo que no sólo es producto de éste sino de los otros problemas: petróleo, euro, economía norteamericana.
Hay un elemento muy importante en todo este debate, y es que el crecimiento acelerado y continuo depende, como es elemental, de las grandes inversiones. La inversión que es la llave del crecimiento a largo plazo, sólo se hace cuando hay confianza. Existe un importante elemento psico-social, como solían decir los militares en Brasil, que es el problema de la confianza en la economía, la esperanza en que el sistema va a crecer. Y es aquí donde yo pienso que la ilusión de la confianza va a tener un impacto sobre esas perspectivas de inversión a largo plazo. Dudo que sin solución al problema de la confianza en el sistema se pueda reanudar ese ciclo de crecimiento rápido, que esperábamos como resultado de la revolución de la información y de las telecomunicaciones.

Con relación a la cuestión del petróleo, también coincido en que la economía mundial ya no es tan dependiente de esta energía como lo era antes. Cada vez más, el factor dinámico proviene justamente de las telecomunicaciones y de la informática, que son sectores que no requieren un uso intensivo de energía. Pero no hay que olvidar que, en materia de transporte, seguimos tan dependientes del petróleo como antes, o más; y, como dijo el doctor Guadagni, el precio del petróleo, en términos reales, aún es bajo en comparación con el de los años setenta. Pero debido a ese largo período con bajos precios, que comienza en 1986, las iniciativas de ahorro de energía -que antes habían tenido mucho empuje- han sido olvidadas, y la dependencia del petróleo ha aumentado. En la década del noventa el consumo de petróleo en la Unión Europea y en Estados Unidos aumentó un once por ciento. Sin llegar a los picos de los años setenta, los precios se han triplicado; a comienzos de 1999, el barril de petróleo costaba menos de diez dólares; y ahora ronda los treinta y dos dólares. Esto, unido al problema de las tasas en los países de la OCDE -donde el promedio de la incidencia de tasas e impuestos domésticos sobre el consumo de combustible en los veinticuatro Estados que la componen es de un sesenta y tres por ciento- tuvo un impacto devastador sobre los consumidores.

El diario Le Monde ha comentado en una editorial, quizás con exageración, que el precio del petróleo en el siglo XX era el equivalente al precio del pan en el siglo XIX, porque -decía- era una condición de la libertad de las personas.

Entonces, aun si es cierto que ha disminuido la dependencia de la economía con relación a la energía en general, los economistas sacan una conclusión que no es correcta porque subestiman la importancia que tiene ese problema en la vida de la gente.

En cuanto a la cuestión del poder relativo de Estados Unidos, es verdad que, en términos absolutos y relativos, este país no representa la misma proporción del producto mundial que representaba a finales de la Segunda Guerra Mundial -momento excepcional porque muchos países estaban destruidos-, y que se está produciendo la emergencia de China y de otros países en desarrollo. Pero no hay que olvidar que Estados Unidos es el único país que, aunque no constituya un factor absoluto, resulta decisivo en todos los sectores. En primer lugar, en materia de seguridad y estrategia: es la única potencia que tiene el dominio absoluto de la tecnología de la guerra moderna; los europeos tienen que comer por las manos de los norteamericanos en materia de información, inclusive en Kosovo. Y también es la gran potencia industrial, la gran potencia financiera, la gran potencia comercial, la gran potencia tecnológica, la gran potencia cultural -en el sentido de la creación de los símbolos-, etcétera.

Si hacemos una lista de doce tipos de poder diferentes, los norteamericanos están primeros en los doce. Otros países pueden serlo en unos y no en otros. Por ejemplo: Japón -más aun antes de la crisis-, es una gran potencia industrial, financiera y comercial, pero un enano en términos de seguridad y de influencia política. Viven protegidos por el paraguas nuclear norteamericano y, en última instancia, la seguridad de Japón depende de la buena voluntad de Estados Unidos.

Estados Unidos es la única potencia que resulta decisiva en todos los juegos; la única que puede jugar en todos los tableros. No hay duda de que el poderío norteamericano, ahora y en el futuro previsible, es incontrastable.

Carlos Ortiz de Rosas: --Comparto esa preocupación por la falta de confianza o, si se quiere, la debilidad actual del sistema internacional. Si tomamos como punto de partida la Guerra Fría, paradójicamente, fue el enfrentamiento de las dos grandes potencias nucleares la que permitió resolver no pocos problemas. Aquéllos que no fueron resueltos en el ámbito de las Naciones Unidas se saldaron con dos derrotas de los grandes protagonistas -Estados Unidos, en Vietnam; y la Unión Soviética, en Afganistán-; los demás problemas que fueron llevados ante las Naciones Unidas, mal que mal, tuvieron su solución.

Estados Unidos emergió triunfante de la Guerra Fría, confiado en sus propias fuerzas y no en el sistema internacional. Los legisladores, el ejecutivo y el pueblo norteamericanos no tienen confianza en que sean terceros quienes resuelvan los problemas en los foros de internacionales de discusión.

En consecuencia, si existe en estos momentos ese gran vacío, esa falta de confianza en el sistema internacional por parte de la única superpotencia mundial -que arrastra por inercia la voluntad de los demás países, que esperan ver qué resuelve Washington para actuar-, francamente no sé adónde va a desembocar esta situación. Con unas Naciones Unidas, por otro lado, que se adaptaron perfectamente bien a los problemas de la Guerra Fría, pero no a los problemas actuales y que, en el fondo, carecen de representatividad.

De manera que la situación desde el punto de vista político es, no diría todavía de gravedad, pero sí de suma preocupación.

Estoy de acuerdo con el análisis del embajador Ortiz de Rosas sobre lo que fue posible durante el período de la Guerra Fría y el vacío que actualmente existe en el sistema internacional. Hoy no existe un gran poder que garantice el orden; los norteamericanos no lo hacen, ni tampoco el sistema internacional.

Ahora bien: el problema más grave de la seguridad mundial es Asia, donde no hay ningún sistema colectivo de seguridad, ninguna alianza efectiva, y donde existen problemas como el de China con Taiwán, el de Cachemira, y otros para los que hasta hoy no se ha encontrado una solución satisfactoria y que se agravan con la introducción de armas nucleares y misiles.

Para esos problemas no existe un sistema, porque los americanos actúan ad hoc, caso por caso, y las Naciones Unidas sólo pueden prevalecer si los norteamericanos quieren. Las Naciones Unidas -como lo fue la Liga de las Naciones-, ha sido una invención de los Estados Unidos, y sólo pueden funcionar si tienen el respaldo fuerte de éstos.

Los norteamericanos no son aislacionistas, son unilateralistas: quieren preservar el espacio propio. No hay ningún país en el mundo en que la soberanía sea tan invocada como en Estados Unidos -a pesar de que tanto se dice que la globalización significa el fin de la soberanía-. La lista de tratados internacionales y de convenciones que han sido firmados por casi toda la comunidad mundial excepto por Estados Unidos, es infinita. Comienza con la Convención del Derecho del Mar; pasa por casi todas las convenciones de la OIT; las de Derechos Humanos; la Convención de los Derechos del Niño que ahora firmaron, pero no han ratificado. No han aceptado el tratado de la Corte Penal Internacional; no han aceptado el tratado que veda las minas antipersonales; es el único gran país del mundo que jamás aceptó la meta de ayuda al desarrollo de 0,7% del PIB. Parece infinita la lista de cosas que los norteamericanos no han aceptado porque consideran que no es de su interés. La afirmación de que la globalización termina con la soberanía es falsa: la globalización refuerza enormemente algunas soberanías en desmedro de otras.

Félix Peña: - Quisiera preguntarle al embajador Ricúpero cómo ve la negociación entre el Mercosur y la Unión Europea y entre el Mercosur y el NAFTA, teniendo en cuenta esa sensación de parálisis de la discusión sobre las cuestiones económicas, principalmente la cuestión de los subsidios agrícolas.
En segundo lugar, según su exposición, en la década del noventa hubo dos etapas claramente diferenciadas: hasta 1995, la entusiasta ola globalizadora y, luego, una etapa de retroceso. ¿Cómo se puede enfocar, de acuerdo a esta caracterización, la explosión de productividad en la economía norteamericana a partir de 1995, en la que ésta se duplicó, y que sigue creciendo al cinco por ciento anual? ¿Es esto una manifestación de retroceso o de avance?

En cuanto a las negociaciones por el Area de Libre Comercio de las Américas, diría que éstas dependen de si consideramos que deben incluir necesariamente a la agricultura. Si tienen que incluirla -seguramente una condición que Brasil exigirá- soy pesimista, porque los norteamericanos no están dispuestos a una liberalización profunda en esta materia. Hay sectores muy difíciles -quizás no tanto para los argentinos, como para los brasileños-, como el del azúcar, el tabaco, el jugo de naranja, en los que las resistencias son muy fuertes.

La negociación agrícola con Europa también es muy complicada. Hay tres cuestiones fundamentales: qué va a pasar con los nuevos países que están negociando su ingreso a la Unión Europea, de los cuales uno por lo menos -Polonia- es un gran productor agrícola y va a presionar sobre los instrumentos políticos. La segunda es que en marzo de 2002 habrá elecciones para la presidencia de Francia y, en consecuencia, no creo que sea posible una aceleración significativa de las negociaciones en agricultura. Y finalmente, un tercer elemento a tener en cuenta, es la cláusula de paz. Hasta ahora los europeos disfrutan de la posibilidad de que no se les puede enjuiciar en la OMC, pero esta cláusula tiene un límite.

Hay que tener en cuenta que, a pesar de las conclusiones de la Ronda Uruguay, el año pasado, los países de la OCDE alcanzaron el nivel más alto de subsidios de toda la década del noventa. Llegaron a 361.000 millones de dólares -casi mil millones por día-. Esto, en gran medida debido a que se habían desplomado los precios de las commodities agrícolas y, cada vez que los mercados agrícolas se debilitan, la liberalización en agricultura corre peligro por las presiones de los agricultores.
De todas formas, se espera para el año próximo una recuperación de las commodities agrícolas, lo que ayudará a la Argentina.

Veo tres cosas positivas para la Argentina en los próximos años: primero, que el euro se va a recuperar y se va a debilitar el dólar; segundo, que habrá una recuperación gradual de las commodities agrícolas, particularmente de los productos exportados por la Argentina; y, tercero -espero que en mi país también ocurra- la Argentina va a consolidar su crecimiento y podrá aumentar sus exportaciones.

En relación a la recuperación de la economía norteamericana, vemos que tiene mucho que ver con factores que son específicamente norteamericanos. Estados Unidos es la primera gran economía industrial que ha completado la transición hacia una nueva economía basada en la tecnología de información. Esto en parte gracias a la política sumamente inteligente de Alan Greenspan. Hay dos factores que rara vez se mencionan respecto a la recuperación norteamericana: uno ha sido la devaluación del dólar -que ha llegado a ser del treinta por ciento en 1986-, que explica mucho la competitividad de sus exportaciones y la reactivación del crecimiento económico. Otro factor es que, después de la gran debacle de las instituciones de ahorro y préstamo a fines de los años ochenta, para reactivar el sistema bancario norteamericano, la Reserva Federal siguió una política muy inteligente que le permitía a los bancos tomar dinero a intereses muy bajos a corto plazo, pero con garantía de intereses altos a mediano plazo. Era una receta prácticamente infalible para que los bancos recuperaran lo que habían perdido. Ese fenómeno financiero fue el que permitió, a partir de los primeros años de la década del noventa, la inversión masiva en nuevas tecnologías que dio lugar a la gran revolución tecnológica norteamericana. Y el crecimiento pasó a solucionar el problema del déficit.

Los norteamericanos han aplicado una política magistral en materia de gestión económica, muy superior a la política macroeconómica europea. Contrariamente al Banco Central europeo, que sólo tiene como meta la estabilidad de precios, la Reserva Federal tiene que conciliar tres metas: estabilidad de precios, crecimiento de la economía y reducción del desempleo.
Una aspecto que puede parecer pedestre pero que, a fin de cuentas, marca la diferencia entre el éxito y el fracaso -sea en nuestros países, sea en Estados Unidos- es la calidad y la cualidad de las políticas públicas. Hay buenas y malas políticas; los norteamericanos han sabido adoptar las buenas y las implementaron muy bien.

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Rubens Ricupero
Fue ministro de Economía de Brasil y es uno de los académicos más destacados de ese país en cuestiones del Mercosur.

 

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