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Las
tendencias actuales en materia de producción y comercio internacional
Por
Rubens Ricupero
A partir de la caída
del Muro de Berlín y la desintegración tanto de la
Unión Soviética como de todo el sistema del socialismo
real, hemos transitado por un período excepcional en la historia
del sistema internacional en el cual, problemas que parecían
congelados, se encaminaron y solucionaron.
La Guerra Fría, que se extendió por más de
cincuenta años, produjo un efecto de enfriamiento de los
problemas, aun de aquéllos que no guardaban con ella una
relación directa. Al concluir esta última era glacial
en materia de política internacional, los problemas comenzaron
a manifestarse, como si el hielo empezara a derretirse. Esto se
puede advertir en diferentes áreas y sectores. Por ejemplo:
se solucionaron problemas como el de la guerrilla en Afganistán,
el de la guerra civil de Camboya, el de Namibia; se pacificó
Centroamérica y terminó el problema de Nicaragua,
de El Salvador y de Guatemala.
Los problemas remanentes de la Guerra Fría se han ido solucionando
poco a poco. Alemania se ha reunificado; el presidente de Estados
Unidos, Bill Clinton, acaba de visitar Vietnam; y hasta Corea del
Norte, que parecía el último bastión de los
duros y de los puros, hoy se abre a las negociaciones.
Problemas que aparentemente no tenían un vínculo estrecho
con la Guerra Fría -como el apartheid de Sudáfrica-,
finalmente también llegaron a una solución.
En los casos en que la resistencia se llevó a cabo en forma
violenta, la utilización del poderío norteamericano,
concertado con otros poderes, encaminó los problemas hacia
una solución. Por ejemplo: si bien Saddam Hussein todavía
conserva el poder en Irak, está totalmente neutralizado.
Irán, un país extremadamente radical y fundamentalista
que llegó al punto de sentenciar a muerte al escritor Salman
Rushdie, hoy está empeñado en abrirse, tanto a la
economía mundial como a todo tipo de relaciones.
Incluso los Estados aparentemente más peligrosos, como Libia
o Sudán, comienzan a cambiar. El coronel Kaddafi aceptó
finalmente que sus funcionarios sean juzgados en el ámbito
internacional y, además, ha actuado como mediador en el caso
de los rehenes de Filipinas. Y finalmente, Milósevic fue
derrotado, primero en Bosnia y después en Kosovo.
Este período es, en efecto, una época de alta densidad
en la historia del sistema internacional, donde van apareciendo
soluciones para problemas que parecían seculares. Así,
se fue creando la sensación de que no había ningún
problema insoluble; de que todos, finalmente, serían resueltos,
ya sea por la racionalidad, ya sea por el poder incontrastable de
Estados Unidos.
Sin embargo, existe un problema internacional que persiste obstinadamente,
y que tiene ya medio siglo de existencia: el conflicto de Medio
Oriente. (Otros problemas comparables son el de Cachemira -entre
India y Pakistán-, o el de Taiwán con China, pero
éstos no tienen ni la importancia global ni las consecuencias
económicas del de Medio Oriente que, tanto por su antigüedad
como por sus componentes religiosos y culturales, no deja indiferentes
a mil millones de musulmanes. Tampoco tienen la posibilidad de afectar
lo que Samuel Huntington ha llamado el crash de las civilizaciones).
Este problema -que hasta una fecha reciente, a pesar de las dudas
que suscitaba, parecía encaminado hacia una solución-,
repentinamente da señales de retroceso: fracasa el diálogo
de paz, se desencadena una gran violencia y se alejan las perspectivas
de orientar el proceso.
La crisis de Medio Oriente es un caso que muestra los límites
del poder que en este momento enfrenta el sistema internacional.
Porque el hombre más poderoso del mundo -el presidente de
los Estados Unidos, es decir, de la nación más poderosa-,
se comprometió personalmente -quizás también
por su propia gloria- y se esforzó por todos los medios para
llegar a una solución, sin lograr resultado alguno. Aunque
pueda decirse que ha equivocado su estrategia, si no ha adoptado
otras políticas es porque no contaba con las condiciones
internas o internacionales para hacerlo. Por otra parte, siempre
se mantuvo a las Naciones Unidas al margen del problema, y si bien
ahora fueron convocadas ha sido en forma secundaria.
En resumen: no existe hoy ningún mecanismo dentro del sistema
internacional -ya se trate de la gran potencia predominante, Estados
Unidos; de las Naciones Unidas o de la Unión Europea- que
sea capaz de hacer frente a este problema. Y, si bien -personalmente-
espero que se encuentre la manera de abrir al menos una ventana
de esperanza, mientras eso no ocurra, mientras se agrave la situación,
el sistema internacional sufre una pérdida de confianza en
su capacidad de encontrar solución para los problemas graves.
Esto resulta todavía más preocupante porque el deterioro
del problema de Medio Oriente ocurre, precisamente, cuando se había
acumulado una serie de golpes a la confianza, particularmente en
el terreno económico.
El primer gran factor que ha menoscabado el optimismo fundado en
una economía que crecía cada vez más y sin
problemas, es el aumento del precio del petróleo; éste
se ha triplicado y, si bien tal aumento no está en principio
relacionado con el problema político, adquiere esa dimensión
ya que, si la situación en Medio Oriente se agrava, tendrá
un fuerte impacto sobre los países árabes. Contrariamente
a la afirmación convencional de los expertos, que hablaban
de una nueva economía de servicios y de información,
cada vez menos dependiente de la energía, en materia de transporte
seguimos tan dependientes del petróleo como antes, o más.
Sin transporte, uno no puede siquiera llegar al lugar donde están
sus computadoras. En Europa, este aumento ha provocado cantidad
de reacciones y problemas de inflación.
Por otra parte, la erosión continua del euro -que perdió
cerca del veinticinco por ciento de su valor en poco más
de un año- y la incertidumbre sobre el futuro de la economía
norteamericana también han deteriorada la confianza en la
economía internacional. (En esta última nación,
la caída en la bolsa -el índice Nasdaq cayó
un treinta por ciento durante este año-, se reflejará
seguramente sobre el comportamiento de los consumidores que hasta
ahora no habían dejado de comprar, en parte debido al efecto
riqueza).
La historia siempre está llena de sorpresas. Cuando parecía
que todo andaba bien, el Fondo Monetario Internacional hablaba de
un crecimiento de la economía mundial del 4,7 por ciento,
y la OCDE comenzaba a decir que la revolución de la tecnología
de la información abría nuevamente un ciclo comparable
al de los treinta gloriosos años que tuvo la Europa de la
posguerra, de pronto una sucesión de problemas (petróleo,
euro, dudas sobre la economía norteamericana, crisis en Medio
Oriente) hace aumentar la tasa de incertidumbre sobre el futuro
inmediato y, de una manera u otra, resquebrajan la confianza en
el sistema internacional.
Si bien el sistema que prevaleció durante la Guerra Fría
tenía muchos aspectos negativos -como la inmovilización
de todos los grandes problemas-, era un sistema altamente previsible.
Raymond Aron definía la Guerra Fría como paz imposible,
guerra improbable. Hoy la guerra (no la guerra total, pero sí
las guerras locales, internas) no sólo es probable sino frecuente:
es un fenómeno casi semanal. Dentro del sistema anterior,
de una manera o de otra, los dos polos controlaban a su aliados
y, cuando no lo hacían, con frecuencia era con el fin de
probar las respectivas defensas.
Hay que tener cuidado con ciertas fórmulas superficiales,
como la que plantea que hemos pasado de un sistema bipolar -el de
la Guerra Fría-, a uno unipolar, con una sola potencia absoluta
-Estados Unidos- que concentra todos los poderes. Esto es verdad
hasta un cierto punto, pero Estados Unidos no es el Imperio Romano,
ni lo que los tratadistas antiguos llamaban la Monarquía
Universal, donde no existe más que un único poder,
que impone su ley.
Lo que caracterizaba a la Pax Romana, de la que hablaba el poeta
Juvenal, era el hecho de que los romanos estaban dispuestos a sacrificar
la vida de sus legionarios para impedir guerras o rebeliones dentro
de su imperio. Hoy los norteamericanos no están dispuestos
a hacerlo: los límites internos son muy grandes.
Cuando los imperios alcanzan el punto más alto de su poder,
es el momento en que empiezan a sufrir mayores debilidades internas.
Tendemos a pensar que si un imperio tiene mucho poder, también
tiene mucha cohesión interna; pero no es así. El Imperio
Romano comenzó a deshacerse desde adentro; y no por los golpes
de los bárbaros. Su sistema político -que le había
permitido afirmar ese tremendo poder- se corrompió, perdió
su cohesión y fue la clase dirigente romana la que finalmente
terminó por liquidar su propio imperio.
En repetidas ocasiones a lo largo del último cuarto de siglo,
el poder norteamericano y sus instituciones han dado muestras de
debilidad. Mientras que la reelección del presidente era
casi una regla, ahora se ha vuelto más bien una excepción.
Un presidente tuvo que renunciar para no ser enjuiciado; y el impeachment
contra Clinton y la amarga disputa sobre el resultado de las últimas
elecciones, muestran la acentuada lucha por el poder entre republicanos
y demócratas. El grado de disenso interno a causa de problemas
de disputa del poder, evidentemente, traerá consecuencias
para el sistema mundial. Luego del impasse en la sucesión
presidencial es difícil imaginar, para los próximos
dos o tres años, un liderazgo con claridad de ideas y energía
en las propuestas. Y si Estados Unidos -que, dentro de este sistema,
concentra una parte extraordinaria de poder- no es capaz de proporcionar
este liderazgo, es difícil saber de dónde vendrá.
Eso se aplica tanto a los problemas políticos de las Naciones
Unidas como a los problemas económicos. Hoy existe la impresión
de que todos los grandes temas económicos están en
un compás de espera.
La década del noventa se puede dividir casi perfectamente
por la mitad. La primera parte corresponde al momento triunfal de
la globalización, y culmina con la conclusión de la
Ronda Uruguay y la fundación de la Organización Mundial
de Comercio. La OMC es la primera gran organización internacional
que no es Pos-Segunda Guerra Mundial, sino Posguerra Fría;
y su fundación marca el apogeo y, a la vez, el declive de
la fuerza expansionista de ese movimiento. Porque, desde entonces,
las tres grandes negociaciones que debían completar el cuadro
de la globalización económica se han paralizado.
En primer lugar, la que impulsaba el Fondo Monetario Internacional
para liberar la cuenta capital de la balanza de pagos. Actualmente,
no hay ninguna regla que le prohiba a un país crear obstáculos
a la libre circulación de capital. El FMI propuso que la
completa apertura de la cuenta capital de la balanza de pagos pasara
a ser una obligación. Pero esta propuesta ha sido víctima
de la crisis asiática de 1997, y desde entonces se ha estancado.
La segunda gran negociación tenía por objeto crear,
en el marco de la OCDE, un código mundial de inversiones
que limite el poder de los países para obstaculizar la libre
circulación de las inversiones extranjeras directas. Esto
también ha encontrado dificultades y es una negociación
que ha sido suspendida sine die.
La tercera gran pretensión era completar la liberalización
del comercio, logro que hasta ahora ha sido parcial. En agricultura
se ha avanzado muy poco; en el sector textil, aún se está
lejos de completar la liberalización; por otra parte, falta
incorporar otros sectores a las reglas del sistema de comercio.
Esas tres grandes negociaciones se han paralizado, no tanto -como
se dice- a causa de las manifestaciones de Seattle, o porque las
ONG se hayan opuesto al código mundial de inversiones -todo
esto no es más que un síntoma del problema fundamental-,
sino debido a la frecuencia e intensidad destructiva de las crisis
financieras y monetarias. El problema fundamental comenzó
con la crisis mexicana de diciembre de 1994, que inmediatamente
incidió sobre la Argentina. Le siguió la crisis del
Sudeste Asiático de 1997, que más tarde se extendió
a Corea, Rusia, Brasil y otros países y que, por muy poco,
no afectó a Estados Unidos.
Desde entonces, no se han visto iniciativas para romper ese impasse.
La sensación es que estamos en un compás de espera,
el cual tiene mucho que ver con las elecciones norteamericanas.
Pensamos que, luego de las elecciones, la nueva administración
de Estados Unidos puede reimpulsar este proceso; sin embargo, teniendo
en cuenta el actual estado de las cosas, con el Congreso tan dividido,
eso no va a ocurrir por el momento.
Para países como los nuestros -Argentina, Brasil-, no siempre
la espera es algo malo. Estamos retrasados en materia de competitividad,
no hemos alcanzado la misma situación de los países
asiáticos o de China y el tener un poco más de tiempo
para prepararnos resulta un alivio. Sin embargo, ganar tiempo sólo
tiene sentido si se hace algo con el tiempo que se gana; porque
tarde o temprano tendremos que enfrentar los retos.
Espero que podamos reflexionar sobre qué vamos a hacer con
ese tiempo.
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Rubens
Ricupero
Fue
ministro de Economía de Brasil y es uno de los académicos
más destacados de ese país en cuestiones del Mercosur.
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