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La
construcción de la Unión Sudamericana
Por
Helio Jaguaribe
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La segunda, es que estos
procesos no son inevitables, que se puede salir de la condición
periférica mediante la combinación, en primer lugar,
de un esfuerzo de concientización. Ninguna revolución
de desarrollo se hace sin una conciencia crítica, de comparación
de las situaciones preexistentes, de los requisitos necesarios para
superar el subdesarrollo y sin una pronta y consistente aplicación
de las medidas apropiadas para un plazo nunca inferior a veinte
años. Históricamente ha sido el plazo mínimo
observable. Ningún país salió del subdesarrollo
en menos tiempo, y no habría que creer en la posibilidad
de hacerlo más rápidamente.
Muchos observan que los países sudamericanos se caracterizan
por una condición periférica recurrente, la cual se
convertirá en irreversible si no se hace algo. Al respecto,
la teoría de los plazos históricos, señala
que las cosas se pueden hacer en ciertos períodos y, luego
ya no se pueden hacer más. En Sudamérica, nos enfrentamos
con plazos históricos dramáticamente cortos. Increíblemente
corto es el plazo que nos resta para preservar lo que todavía
nos queda de nuestra capacidad de autodeterminación, de nuestra
reminiscente autonomía doméstica y externa.
Estos plazos significan que nuestra vieja aspiración de formar
un gran sistema latinoamericano, que compatibilizase la relativa
homogeneidad cultural que va del sur del Río Grande hasta
la Patagonia, y que tuviera alguna unidad operacional, está
irremediablemente perdida por la adhesión de México
al NAFTA. Esto no significa que México ha traicionado a América
Latina o que México ha tomado un mal camino; significa, simplemente,
que hay condiciones tan determinadas por la geografía que
no pueden ignorarse.
México tiene una gigantesca frontera territorial con Estados
Unidos que separa un país subdesarrollado, con mano de obra
barata y de bajo nivel educacional, de la más grande potencia
económica y tecnológica del mundo. Desde hace bastantes
años, se estaba formando un tipo de integración informal.
El intercambio entre México y Estados Unidos, de hecho, se
hacía, a pesar de las leyes y de las fronteras. Los inmigrantes
ilegales, de una manera o de otra, penetraron en territorio norteamericano
y hoy la población de origen mexicana es una parte considerable.
Algunas estadísticas indican que en un plazo no demasiado
largo, la población de Estados Unidos será predominantemente
de origen latino; por estas grandes migraciones que vienen de México,
del norte de América Central y del norte de América
del Sur.
El NAFTA institucionalizó una situación preexistente,
de la cual México sale ganando, porque sus relaciones de
facto pasaron a ser reguladas por normas que protegen sus intereses.
Se pasó de una situación de integración de
hecho a una regulación reglamentada, una integración
legal.
Por otra parte, las compañías norteamericanas vieron
que más allá de instalar empresas maquiladoras en
México, era conveniente hacer transferencias masivas de la
capacidad productiva, algunos kilómetros al Sur de la frontera
para, mediante condiciones de trabajo incomparablemente menos onerosas,
poder exportar a menor costo los productos hechos en territorio
mexicano, utilizando la libre circulación de mercaderías
aseguradas por el NAFTA al territorio norteamericano. Y con esto,
en algunos años, México se transformó en un
formidable exportador. Las exportaciones mexicanas son superiores
a la totalidad de las sudamericanas; está exportando por
más de ciento veinte mil millones de dólares.
Claro que también hay un costo; se acentúa la diferencia
entre el Sur y el Norte, etcétera. El saldo en términos
macroeconómicos, seguramente es favorable; en términos
macrosociales, discutible; en términos culturales, todavía
está por verse porque la cultura mexicana tiene tal vigor
que mientras México está siendo domesticado tecnológicamente
por Estados Unidos, este país está siendo domesticados
culturalmente por México. En este caso, curiosamente, el
intercambio no es asimétrico.
¿Qué pasa cuando nosotros, de una manera lamentablemente
imprudente, firmamos protocolos de intención en virtud de
los cuales se deberá crear el Area de Libre Comercio de las
Américas (ALCA) hacia el 2005?
El ejemplo del NAFTA es totalmente inaplicable a los países
de Sudamérica, simplemente porque, mientras que en el caso
mexicano y, en cierta medida, centroamericano, la contigüidad
permite que los productos de las empresas norteamericanas sean exportables
a Estados Unidos, creando, por lo tanto, un área de riqueza
y prosperidad; la distancia no permite que Estados Unidos establezca
empresas en la Argentina y Brasil para exportar a su mercado.
El ALCA no tiene, desde el punto de vista norteamericano, el objetivo
de instalar empresas en territorio argentino, brasileño o
de los demás países, sino el de establecer un sistema
de eliminación de tarifas, de barrera aduaneras, para que
los productos norteamericanos tengan libre acceso al mercado sudamericano.
Estados Unidos está agotando su capacidad de compra de bienes
durables. Las personas tienen varias heladeras, varios televisores,
no hay más espacio en la clase media norteamericana para
absorber la producción de la industria de bienes durables.
En Sudamérica, en la Argentina y Brasil principalmente, existe
un mercado extremadamente amplio con posibilidad de acceso a esos
bienes.
Considerando esta situación, es claro que si no hacemos algo
realmente importante y extremadamente rápido, vamos a tener
muchas dificultades de negarnos cuando se aproximen las fechas previstas
para firmar los acuerdos finales del ALCA.
Es importante hacer una reflexión crítica, segura,
seria y objetiva sobre lo que significaría para Sudamérica
su inserción en el ALCA. No de una manera ideológica
-no se trata de fobia a Estados Unidos- se trata, por el contrario,
de reconocer que Estados Unidos es un gran país, una gran
sociedad, y por lo tanto, se debe tener una actitud simplemente
lúcida en relación a las formas de cooperación,
de intercambio, que se generarían con la automática
aceptación del ALCA.
En este proceso de tercera ola de globalización, cada vez
más partes del planeta se están convirtiendo en segmentos
del mercado mundial que sólo conservan símbolos aparentes
de soberanía: la bandera, el himno, etcétera, pero
que son dirigidos desde afuera por las multinacionales y los países
que tienen jurisdicción sobre las matrices de éstas.
La capacidad de decisión de los países subdesarrollados
que no lograron los requisitos mínimos de preservación
de su autonomía, es simplemente simbólica.
¿Qué significa ser segmento del mercado internacional?
Es algo complejo que tiene consecuencias y significaciones diferentes
conforme a ciertas variables claves. Las tres principales son: el
nivel de civilidad, la densidad demográfica y el nivel de
desarrollo de la región. Un pequeño país, civilizado
y de baja población, puede ajustarse confortablemente a la
condición de segmento del mercado internacional. Se convierte
en una especie de Dinamarca, un exportador de enlatados, de frutas,
de lácteos, etcétera y, como son pocas personas, esto
es suficiente para sostener un nivel de vida razonable.
Entre los países sudamericanos, Chile tiene una opción
dinamarquesa; es un país pequeño, con gente civilizada
y una buena capacidad productiva. Exporta salmón, enlatados,
cerezas, etcétera, a Estados Unidos y sería como un
municipio norteamericano trasladado que conservará su idioma
por algún tiempo y la gente la pasa bien. Ahora bien, ¿es
concebible un destino dinamarqués para la Argentina o Brasil?
Conforme aumenta la complejidad de los países observamos
que no. Y al propio Chile le es dada la opción: puede que
entre en el ALCA y ser una Dinamarca o puede entrar al Mercosur
y ser una Suecia. Ser una Suecia significa tener condiciones de
autonomía propia, no ser un simple municipio del mundo, pero
sí un país dentro de un sistema protector, como es
para los europeos la Unión Europea, como sería el
Mercosur o el Sistema Sudamericano para nosotros. Tener una capa
que preserve grados satisfactorios de autonomía a nivel local,
y poder de negociación internacional, multiplicado por la
existencia del sistema colectivo. Significa tener capacidad industrial
propia, sofisticación tecnológica propia, y no ser
simplemente un anónimo miembro del mundo civilizado.
A partir de esta constatación, de que nos queda un período
muy corto para encontrar una forma de preservar nuestra autonomía,
es que el presidente Cardoso, consultando a los demás presidentes
sudamericanos, tuvo la idea de organizar una Cumbre para que se
discutiera una operativa preservadora de la autonomía de
los países sudamericanos en este proceso devastadoramente
desnacionalizante que es la tercera ola de globalización.
Un mes antes de la Cumbre Sudamericana de Brasilia se realizó
un seminario preparatorio, en el que se buscó identificar
los principales problemas a los que se enfrenta nuestra región
y la modalidad mediante la cual se podría dar una solución
a los mismos. Se trató de analizar cómo se va a desarrollar
el nuevo orden mundial luego de la implosión de la Unión
Soviética, después de la bipolaridad que reguló
el mundo durante la segunda mitad del siglo que está terminando.
Actualmente hay consenso entre los analistas internacionales, de
que hay dos modalidades que se observan como posibles. La primera,
caracterizada por la consolidación, la expansión y
la definitiva implementación de una hegemonía norteamericana.
Una parte importante de esta hegemonía ya es visible; Estados
Unidos es la única superpotencia remanente y es perfectamente
posible que en un plazo adicional esta hegemonía se consolide
y se convierta en una incontrastable Pax Americana.
Sin embargo, hay elementos que permiten imaginar un desenlace alternativo.
Que el desarrollo de ciertos países que actualmente mantienen
un apreciable nivel de resistencia a la hegemonía norteamericana,
como ocurre, en primer lugar, con China, en amplia medida con Rusia,
Irán y algunos otros, genere a mediados de siglo, un nuevo
sistema multipolar. Si China mantiene durante un plazo suficientemente
largo, el grado de desarrollo, de crecimiento per cápita
que está teniendo y conserva su unidad, alcanzará,
no diría equivalencia pero sí equipotencia con Estados
Unidos a mediados del siglo XXI.
No creo que un país que tiene el extraordinario nivel de
educación y de cultura de Rusia permanezca indefinidamente
en el caos. Es una situación de transición entre un
concepto de modelo de organización y otro que todavía
no terminó de aparecer. Rusia está condenada a salir
del caos. No creo que el fanatismo islámico que marca Irán
tenga una permanencia indefinida. Ya hay claras señales de
que se está diseñando el proyecto de una democracia
islámica, de una convivencia, de tolerancia con otras convicciones,
y parecería que en el mediano plazo, Irán se tornará
en un sistema dotado de viabilidad operacional; será un país
importante.
Entonces, creo que hay indicios de que un mundo multipolar, podrá
y quizás tenderá a configurarse a mediados del siglo
XXI, generando condiciones que van a aumentar el margen de autonomía
de aquellos que tuvieron la capacidad de mantenerla hasta entonces.
Los países sudamericanos van a sufrir, durante las primeras
décadas del siglo entrante, una fuertísima influencia
norteamericana. Si logramos mantener una buena parte de nuestra
autonomía interna y externa, esta posibilidad se expandirá,
probablemente, de una manera significativa en la segunda mitad del
siglo. El problema es cómo cruzar el túnel de las
dos o tres primeras décadas del siglo XXI y garantizar condiciones
para que no seamos simplemente un segmento del mercado internacional,
desprovistos de características, de capacidad autónoma,
y por lo tanto, totalmente condenados a ser dirigidos desde afuera.
Hay dos condiciones fundamentales para el futuro de la región.
La primera, de corto plazo, significa alcanzar capacidad para resistir
al ALCA. La segunda, de mediano plazo, consiste en superar nuestro
subdesarrollo, en términos enteros, autónomos.
Los países que no logren superar su subdesarrollo en las
primeras dos décadas del siglo XXI, probablemente se verán
sometidos a condiciones decrecientes de permisibilidad internacional.
Esta es una categoría extremadamente importante que hay que
tener en cuenta; que lo que un país quiere hacer, pueda hacerlo.
Esta permisibilidad es fuertemente decreciente para los países
que no tienen las condiciones mínimas de sustentabilidad
propia. Esto significa: preservación de autonomía
por un lado, y nivel de desarrollo por el otro lado.
Teniendo en cuenta estas características, el seminario propuso
una serie de medidas que fueron básicamente aceptadas por
los presidentes en Brasilia. En la Cumbre se tomaron cuatro decisiones
principales:
· Consenso de todos los presidentes participantes de constituir
para el 2002, un sistema sudamericano de cooperación económica
y política que signifique, en lo fundamental, la formación
de un área sudamericana de libre comercio para sus miembros.
Ultimar en el plazo de diez años la integración física
del continente. Alcanzar, en términos viales, ferroviarios,
de electricidad y telecomunicaciones, una red de integración
física y energética del continente. Para esto el Banco
Interamericano de Desarrollo actuará como coordinador supranacional
y, en parte, financiará el proyecto.
· Hacer del régimen democrático la condición
necesaria para pertenecer al sistema. Como ya se ha hecho a nivel
del Mercosur, todos los países-miembro del Sistema Sudamericano
de Cooperación tienen que ser democráticos.
· Cooperación, no simplemente convencional sino operacional,
en el combate al crimen organizado, que incluye el narcotráfico.
Puede ocurrir que estas decisiones, como con cierta lamentable frecuencia
ocurre entre nosotros, se conviertan en una proclamación
retórica más, o que los países tomen conciencia
de que están decidiendo su destino histórico. No hacerlo
significaría abdicar a un destino histórico. Si para
algunos países esta abdicación pueda parecer no tan
penosa, para otros es intolerable. Es el caso de la Argentina y
Brasil y, también, entre otros, el de esta nueva Venezuela
Bolivariana, para la cual una abdicación de destino histórico
es igualmente intolerable.
Si el Mercosur no se consolida y no se expande, el sistema sudamericano
no va prosperar. Este sistema surgirá como extrapolación
a nivel continental de una realización consistente, en la
implementación del Mercosur.
En un trabajo reciente se señaló que uno de los pecados
del Mercosur es que los dos países más importantes,
la Argentina y Brasil, se convirtieron en rehenes de las finanzas
internacionales. La Argentina necesita quince mil millones de dólares
para tapar el déficit de balanza de pago. Brasil necesita
de casi el doble, de veinticinco a treinta mil millones.
Esto significa que mientras no superemos esta dependencia del sistema
financiero internacional, tendremos obvias limitaciones en la capacidad
de decisión autónoma.
Otra deficiencia que se señalaba es que el Mercosur reúne
poblaciones con niveles de desarrollo muy diferentes. Personalmente
considero que la Argentina, durante el último gobierno militar,
sacrificó más de un tercio de su industria nacional
en nombre de una ideología completamente tonta. Entonces,
la Argentina se enfrenta al siglo XXI con una subindustrialización
absolutamente inaceptable. Tanto la Argentina como Brasil tienen
una vocación natural para la industria liviana, que es la
que, actualmente, tiene más penetración en el mundo,
como se evidencia en el desarrollo de Italia. Si en dos o tres años
no se moviliza esta capacidad potencial de ser exportadores de productos
refinados de alto valor agregado, la Argentina padecerá de
un desequilibrio en sus relaciones con Brasil.
Además, es necesario que se genere la idea en el Mercosur,
pero obviamente en Brasil, de la importancia de la formación
en la Argentina de industrias nuevas que utilicen este gigantesco
potencial de capacitación para las industrias finas que la
cultura argentina presenta y que por lamentables equivocaciones
anteriores ha sido sacrificada.
Brasil acepta la idea de que el intercambio comercial entre ambos
países sea favorable para la Argentina. Es conveniente que
la Argentina aumente su capacidad industrial y una de las condiciones
es tener saldos positivos con Brasil.
Una de las cuestiones fundamentales para lograr el desarrollo argentino-brasileño
es la integración; sin integración no hay futuro histórico
y nos convertiremos en un mero segmento anónimo.
Si logramos, consolidar el Mercosur en el 2001, y logramos en el
2002, partiendo del núcleo duro del Mercosur -eventualmente
incorporados Chile, Bolivia y Venezuela- hacer un acuerdo con el
Pacto Andino para la formación de un sistema sudamericano
de cooperación económica y política, creando
esta área de libre comercio, nos libramos de la hipoteca
del ALCA, y podremos, durante las dos primeras décadas del
siglo XXI lograr nuestro desarrollo.
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Helio Jaguaribe
Helio
Jaguaribe es consultor del gobierno de Brasil y desde
hace treinta años se destaca como uno de los más
importantes pensadores de América del Sur. |
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