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La
construcción de la Unión Sudamericana
Por
Helio Jaguaribe
Para analizar la integración
Sudamericana y para comprender lo ocurrido en la reciente Cumbre
de Presidentes de América del Sur de Brasilia, que pretendió
encauzar este proceso, es necesario abordar, suscintamente y desde
una perspectiva sudamericana, el momento histórico que estamos
viviendo en el proceso de globalización.
La globalización representa, de hecho, la tercera ola de
un proceso que se inició con la Revolución Mercantil
y los descubrimientos marítimos, que comenzó a organizar
un espacio semiplanetario a partir de iniciativas occidentales.
Una segunda ola, más importante que la primera, fue la industrialización,
que adquirió proporciones planetarias muy considerables.
A partir del ferrocarril, la navegación a vapor, etcétera,
el mundo occidental entra en contacto con la totalidad del planeta,
con una progresión significativa de ventajas y de superioridad
técnica.
Ahora estamos viviendo la tercera ola, la globalización,
marcada por el desarrollo científico-tecnológico de
la segunda mitad del siglo XX y dirigida por las tecnologías
de la información.
Cuando en el siglo XV, los ibéricos tomaron contacto con
el mundo no-europeo, se encontraron con culturas iguales o superiores
a la europea. La civilización china o la india del siglo
XV, eran altas culturas y tenían pequeñas diferencias
técnicas con respecto a los europeos. China había
sido una gran nación de navegantes y, por convicciones ideológicas,
un poco equivocadas, renunció a su extraordinaria capacidad
marítima, probablemente superior a la de los países
ibéricos, porque consideró que el mundo que la rodeaba
era bárbaro. No se justificaba invertir tiempo y dinero en
viajes transatlánticos. De esta forma, se redujo la capacidad
de navegar y de desarrollar industrias y técnicas de construcción
de barcos. Cuando a partir del siglo XVI, Europa empieza a tener
un contacto continuo con este mundo, que tenía equivalencias,
o quizás, una discreta superioridad sobre Europa ya comenzó
a manifestarse una tendencia de retroceso comparativo.
Estudios hechos por Osvaldo Sunkel, sostienen que, como resultado
de la Revolución Mercantil, la relación de correspondencia
entre Europa y Asia (India y China), pasó a ser, aproximadamente,
de dos a uno; Europa duplicó la capacidad de desarrollo de
China, simplemente por la ventaja de la navegación de largo
alcance y la comercialización a larga distancia de diversos
productos.
Esta relación de dos a uno, se multiplicó por la Revolución
Industrial, pasando a ser la diferencia entre los países
occidentales, a los cuales a fines de siglo se une Estados Unidos,
y el resto del mundo de una relación de diez a uno. Es a
partir este proceso, que va de la Revolución Mercantil a
la Revolución Industrial, que el mundo empieza a diferenciar
entre un centro y una periferia. Lo que hoy llamamos el Tercer Mundo
empieza a adquirir su perfil en razón de la superioridad
técnica de los occidentales.
Si comparamos los niveles de ingreso per cápita u otros indicadores
apropiados, en las condiciones actuales, esta relación es
de sesenta a uno. Existen países que tienen un promedio de
ingreso per cápita de quinientos dólares, mientras
otros llegan a treinta mil dólares.
Observando comparativamente el proceso de globalización en
sus sucesivas etapas, no quedan dudas de que este proceso se caracteriza
por una extraordinaria elevación de la asimetría entre
un centro y su periferia. Un pequeño grupo de países,
y dentro de ellos ciertos sectores y empresas, tiene una ventaja
extraordinariamente mayor que los demás.
Es verdad que éste no es un proceso irreversible, nadie está
condenado a ocupar permanentemente el lugar de la periferia. La
historia muestra de manera bastante clara la posibilidad de superar
la condición periférica. Por ejemplo, la Alemania
de mediados del siglo XIX era un país de alta cultura, quizás
mayor que los demás países europeos. Estoy pensando
en una Alemania kantiana, hegeliana, la Alemania de Beethoven, la
de Schubert, etcétera. Sin embargo era un país rural,
un país, comparado con Francia e Inglaterra, subdesarrollado
económicamente. Sin embargo, con el liderazgo prusiano, culminando
con Bismark y la formación del Segundo Reich, Alemania termina
el siglo XIX con una capacidad industrial superior a la británica.
Es decir, que en un período de poco más de cincuenta
años Alemania superó su subdesarrollo a partir, sin
duda, de un nivel científico y cultural altamente desarrollado.
Japón
es otro caso; en treinta años, a partir del segundo tercio
del siglo XIX, consigue equipararse a los países europeos,
derrota a Rusia a principio del siglo XX y, a partir de ese momento,
se transforma en una extraordinaria potencia.
Los ejemplo podrían multiplicarse. Corea, actualmente, está
haciendo un esfuerzo de desarrollo impresionante y la China de Deng
Xiaoping es otro ejemplo de cómo un país que estaba
inserto en una situación caótica, resultado de la
lamentable Revolución Cultural de Mao Tse Tung, mantiene
desde hace veinte años un crecimiento sostenido del diez
por ciento anual. Por lo tanto, podemos afirmar que es posible salir
de la periferia y del subdesarrollo, pero son pocos los países
que lo logran.
Un análisis comparativo del proceso de globalización
nos lleva a dos principales conclusiones. La primera, es que este
proceso, intrínsecamente, produce desigualdades, maximiza
las ventajas hacia el centro y las minimiza para las periferias.
Esto es así, el mito de que del centro a la periferia se
irradia bienestar, facilidades económicas, tecnológicas
y culturales, es desmentido por la historia, que demuestra la concentración
masiva de ventajas en los centros y la marginalización implacable
de las periferias. No tanto por una maldad, una perfidia o una intención
deliberada de perjudicar, sino simplemente por un proceso automático
de acumulación desmesurado de una parte en detrimento de
la desacumulación de la otra.
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Helio Jaguaribe
Helio
Jaguaribe es consultor del gobierno de Brasil y desde
hace treinta años se destaca como uno de los más
importantes pensadores de América del Sur. |
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