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La
crisis argentina
Ministro de Economía de la Argentina
desde el 3 de enero hasta el 23 de abril de 2002
Jorge Todesca
Secretario de Política Económica (en igual
período)
Eduardo Ratti
Secretario Legal y Administrativo (en igual período)
En los primeros cuatro meses de 2002 se desarrolló una gestión
económica de emergencia que debió hacerse cargo del
colapso de la convertibilidad y de la necesidad de normalizar el
funcionamiento de la economía, en el plazo más breve
posible. El desafío era salir de la crisis y crear las bases
para tener una economía normal con capacidad para crecer. La crisis que estalló en diciembre de 2001 comenzó varios años
antes, y resultó ser la más profunda de los últimos cien
años. Sus principales rasgos: caída del PBI, desde junio de 1998,
con deflación; pérdida del veintidós por ciento de los
depósitos y del cuarenta y cinco por ciento de las reservas en 2001;
salida y fuga de capitales y pérdida total del crédito externo,
público y privado; declaración del default y aislamiento
internacional; crecimiento insostenible de la deuda –en relación con
las exportaciones totales era de 5,3 veces y el pago por servicios superaba
el valor exportado–; el mayor riesgo país del mundo; elevada pérdida
de competitividad por la sobrevaluación cambiaria; déficit fiscal
fuera de control –seis por ciento del PBI–; sistema financiero deteriorado –circulación
de cuasi monedas y tasas de interés elevadas–; indisponibilidad
de los depósitos ( corralito ) y control de cambios en diciembre
2001; aumento de la pobreza, desigualdad y desempleo, desde 1995. En ese contexto
y tras las renuncias de los presidentes Fernando de la Rua y Adolfo Rodríguez
Saa, Eduardo Duhalde es designado en el Congreso por una alianza heterogénea,
en medio del descreimiento de la población, fuerte convulsión
social y desconfianza interna y externa sobre la durabilidad del gobierno.
La experiencia internacional indica que abandonar un tipo de cambio fijo es
siempre traumático y complejo. De allí que, en el exterior, descontaban
que se habría de salir de la convertibilidad en un contexto de serias
dificultades. Lo que nunca antes se había experimentado era una crisis
integral, dada por la combinación de graves aspectos cambiarios, fiscales,
externos, financieros, sociales y políticos.
Las causas de esta crisis fueron múltiples, y se pueden atribuir a
errores de los gobiernos y al respaldo de políticas inconsistentes por
parte de los organismos internacionales y grupos de interés.
Entre ellas podemos señalar el escaso avance en las reformas institucionales
(justicia, educación y sistema de partidos políticos); demoras
en la modernización del Estado –inconsistencias en la relación
entre la Nación y las provincias, y deficiencias severas en la administración
tributaria–; indisciplina fiscal en todos los niveles de gobierno –sumado al
déficit generado por la reforma del sistema jubilatorio–; ausencia de
estrategias de desarrollo industrial y de apoyo a las Pyme; inexistencia de
políticas de empleo frente al impacto de la apertura y las privatizaciones;
falta de adecuada regulación y fiscalización de los servicios
públicos; ausencia de una estrategia de apertura gradual, de promoción
de exportaciones y de negociación de las relaciones financieras y comerciales.
Adicionalmente, la convertibilidad tenía problemas endógenos.
Era una herramienta procíclica, que sólo permitía ajustar
por el nivel de empleo y que además incentivó un sistema financiero
doblemente vulnerable: al permitir la constitución de depósitos
en moneda extranjera, bajo un sistema de reservas fraccionarias, los bancos
estaban autorizados a crear seudo dólares, y debido a la inexistencia
de limitaciones al destino del crédito en moneda extranjera –la enorme
mayoría de los deudores tenían ingresos en pesos– expuso al sistema
a un descalce cada vez mayor, cuanto más alto era el riesgo cambiario.
Por otra parte, para sostenerse requería del permanente ingreso de
divisas. Al revertirse el ciclo, se recurrió a un creciente endeudamiento
público para sostener la convertibilidad, mantener el tipo de cambio
y financiar la fuga de capitales.
Así, durante los años noventa, la Argentina construyó con
endeudamiento, especialmente público, un espejismo de prosperidad, con
un ingreso per cápita que no correspondía a su productividad
y consistencia macroeconómica, a expensas de creciente desempleo, desindustrialización
y pérdida de competitividad.
De ese modo se frustró la oportunidad de integrarnos al mundo en forma
racional y de desarrollarnos armónicamente, sin pagar costos sociales
y económicos que hubiesen podido evitarse.
Las causas principales de semejante inconsistencia responden a la actitud
de muchos dirigentes, pero hubo también consentimiento de organismos
internacionales y apoyo de ciertos grupos de interés. Durante 2001 la
prédica de hombres del establishment facilitó la fuga
de capitales, la pérdida de depósitos y la venta de bonos argentinos –en
poder de los bancos– hacia pequeños ahorristas diseminados por el mundo.
Después
del estallido Al asumir el gobierno de transición la situación era particularmente
compleja, ya que no se contaba con tiempo para formar consensos mínimos
sobre las medidas que se debían instrumentar, ni con organizaciones
políticas y sociales, ni con los organismos internacionales. Era inevitable
que la salida de la crisis fuese traumática; la quiebra de la economía
planteaba la difícil misión inicial de repartir pérdidas
y los beneficios sólo habrían de apreciarse más adelante.
Además, había que actuar rápidamente y evitar el estancamiento
que agravaría la crisis, dentro de un contexto internacional diferente
que imponía visiones más rígidas en materia de asistencia
a países en crisis, y que pretendía que la Argentina fuera el
primer caso al que se aplicara esa nueva concepción.
Por otra parte, una vez iniciada la gestión, aparecieron nuevas perturbaciones,
entre ellas el inicio del juicio político a los integrantes de la Corte
Suprema de Justicia, el posterior fallo de la Corte abriendo el corralito,
la modificación de la Ley de Quiebras, la resistencia a derogar la Ley
de Subversión Económica, así como la aparición
de dudas en miembros del Poder Ejecutivo y del Congreso sobre cuestiones tales
como la incipiente flotación del tipo de cambio y la conveniencia de
acordar con el Fondo Monetario Internacional. Considerando que para resolver
con éxito una crisis profunda en un contexto de debilidad del poder
político se requiere, como mínimo, que los distintos actores
estatales compartan ciertas ideas básicas, todas estas cuestiones jugaron
un rol negativo y contribuyeron a demorar la salida. El gobierno sólo
se encontraba legitimado para superar la situación extrema de diciembre
de 2001, por eso es que su programa económico de emergencia sólo
podía tener pocos y bien definidos objetivos.
Este programa integral permitió detener la caída, iniciar la
reactivación, evitar la hiperinflación y cubrir las necesidades
de los más pobres. Le puso piso a la crisis, y es por eso por lo que
rápidamente, desde el momento en que se tomaron las medidas, la economía
comenzó a recuperarse mes a mes.
Para restaurar el equilibrio macroeconómico y evitar la hiperinflación,
se adoptó un tipo de cambio flexible –flotación administrada–,
se planteó un presupuesto nacional que abandonara la tendencia deficitaria
creciente y alcanzara superávit primario; se acordó con las provincias
la reducción sustancial de sus propios déficit –inicio del ordenamiento
fiscal y eliminación del piso de la coparticipación y los bonos
provinciales–. Además, se adoptó una política monetaria
restrictiva y se llevó a cabo un ordenamiento de los redescuentos, procurándose
recomponer la tasa de interés; se pesificaron las obligaciones en dólares;
se buscaron alternativas al corralito; se reestructuró la deuda pública
interna; se aplicaron con sentido transitorio derechos de exportación –retenciones– sobre
las ventas externas que tuvieron el doble efecto de contribuir al equilibrio
fiscal y moderar los precios internos; y se convirtieron a pesos las tarifas
de los servicios públicos.
Junto al reordenamiento y estabilización macroeconómica, se
plantearon nuevos instrumentos financieros y la creación de líneas
de crédito (fondeadas externa y localmente) para prefinanciar exportaciones
y actividades productivas.
A su vez, para brindar contención a los desempleados, el gobierno del
presidente Duhalde amplió el financiamiento de programas sociales de
emergencia, fundamentalmente el de jefes y jefas de hogar desocupados.
Con el objetivo de normalizar las relaciones con el mundo, se re-tomó la
negociación con los organismos internacionales a fin de lograr apoyo
para mantener el tipo de cambio bajo control, refinanciar la deuda pública
y obtener financiamiento para la reactivación.
Se evaluó que la situación obligaba a ejecutar sólo las
reformas estructurales imprescindibles para la resolución de la crisis,
y así se empezaron a elaborar propuestas para la reestructuración
del sistema bancario y la administración tributaria, cuya ejecución
exigía tiempos y acciones de mayor alcance.
Las medidas tomadas respondieron a una evaluación objetiva de la crisis,
su
La formalización de la devaluación
En diciembre de 2001 la convertibilidad ya había colapsado. En los
años anteriores se habían hecho intentos por mantenerla, pero
todos fracasaron: el piloto automático de 1998-99 presumía que
todo se ajustaría positivamente, pese a la recesión iniciada
a mediados de 1998.
Luego, el gobierno de la Alianza aumentó impuestos y obtuvo del FMI
un blindaje de cuarenta mil millones de dólares con lo que pensaba ganar
credibilidad, pero la economía siguió cayendo y perdiendo competitividad.
En abril de 2001 cambió su estrategia y procuró reducir el gasto
público, pero también fracasó.
Se inicia en mayo la etapa final en un proceso plagado de marchas y contramarchas:
convertibilidad ampliada, múltiples tipos de cambio con los programas
de competitividad, renegociación de la deuda externa al quince por ciento
anual, déficit cero, creación de cuasi monedas, control de cambios
y corralito.
Todas estas acciones aumentaron gravemente la inconsistencia macroeconómica,
perdiéndose la confianza interna e internacional; el FMI puso fin a
su asistencia.
En definitiva, no se afrontó la situación cuando aún
era posible realizar profundos cambios de modo poco traumático. Lo que
quedaba por delante era la parte más difícil, la más ingrata,
la de sincerar la situación, algo que hasta ese momento nadie se había
animado a hacer. Pero había que formalizar la realidad que todos conocían:
un dólar no valía un peso. De hecho a esas alturas ya existía
un mercado paralelo donde la cotización era de dos pesos por dólar.
Sin embargo, algunos dirigentes y analistas del establishment insistían
en que se la podía mantener... Simultáneamente, muchas instituciones
financieras se desprendieron de los bonos argentinos vendiéndolos a
pequeños ahorristas de diversas partes del mundo.
Las alternativas
En diciembre de 2001, frente al estallido de la crisis, se debatían
diversas alternativas.
Una de ellas proponía seguir con la convertibilidad, en algunas propuestas
cambiando la relación del uno a uno, pero manteniendo sus principios
básicos. Pero ningún experto supo decir cómo algo así podría
sustentarse luego del colapso, máxime que a nivel internacional nadie
creía ya en ese tipo de soluciones. Algunos proponían medidas
tan irreales como bajar los precios y salarios un treinta por ciento o esperar
que, milagrosamente, retornasen los capitales.
La alternativa de dolarizar era sostenida por quienes afirmaban que para disciplinarnos
se requería de legislación externa, pero, en el fondo, expresaban
el interés de los grupos más concentrados por preservar la situación
adquirida antes de la devaluación. Sin embargo, por este camino no se
hubiesen resuelto ninguno de los problemas heredados de la convertibilidad.
Después del momento culminante de la crisis, algunos reconocieron que
había que devaluar, pero de un modo diferente. Dicen que se devaluó sin
plan, sin siquiera tomarse el trabajo de analizar el conjunto de las políticas
propuestas y adoptadas. Otros decían que había que salir lentamente –anunciando
una devaluación mensual, por ejemplo–, pero en ningún caso esos
sectores exponen, o expusieron en su momento, cuál era ese correcto
modo de hacer lo que, a su juicio, terminó haciéndose mal.
También se planteaba que había que esperar el acuerdo con el
FMI para flotar, suponiendo que era posible mantener la convertibilidad si éste
tardaba cuatro o cinco meses. Pero en el mercado paralelo, hacia fines de diciembre
de 2001, el dólar ya estaba en dos pesos. ¿Qué habría
ocurrido en esos meses de espera?
Superado el momento crítico también aparecieron quienes postulaban
que había que crear ciertas condiciones antes de devaluar, olvidando
cuál era la situación a fines de 2001 –circunstancias políticas,
clima social, feriado cambiario y bancario, fuga de capitales–; sin embargo
nadie dijo cuáles eran esas condiciones. No hay dudas de que si se hubiera
salido de la convertibilidad en 1997 –con tiempo, poder político consolidado
y expectativas sociales favorables– todo habría sido diferente; tal
como ahora y a destiempo lo reconocen ex altos funcionarios del Banco Mundial,
del FMI y del BID. También ahora algunos economistas locales empiezan
a ensayar sus propias autocríticas.
La flotación cambiaria
Al inicio de nuestra gestión las reservas se encontraban en un nivel
crítico; exponerlas a una pulseada con el mercado habría
significado cometer los mismos errores de 2001, ya que en poco tiempo habrían
caído dramáticamente, el tipo de cambio se hubiese descontrolado
y habría estallado la hiperinflación.
La flotación del tipo de cambio plantea incertidumbres en una etapa
inicial, hasta que sólo se producen fluctuaciones leves. A partir de
ese momento, el sistema presenta un futuro predecible, ya que hace posible
una adaptación más rápida y menos costosa –en términos
de producción y empleo– de la economía a los movimientos de las
monedas del resto del mundo, y a los flujos internacionales de capitales; acerca
y obliga a prácticas monetarias sanas, como ocurre en cualquier país
normal; y abre la posibilidad de recuperar la dinámica del crecimiento,
basada en una estructura productiva más compleja y con mejor inserción
internacional. Pero la flexibilización cambiaria no garantiza, por sí sola,
la consecución de esos objetivos, aunque constituye una condición
necesaria para lograrlos.
La idea era ir hacia la flotación del tipo de cambio; sin embargo,
la magnitud de los desequilibrios y la existencia de una inalterada estabilidad
cambiaria que duró más de diez años, llevó a concluir
que, políticamente, esa opción era riesgosa porque podía
producirse una gran depreciación inicial. Por eso es que se intentó comenzar
con un tipo de cambio fijo en un nivel que, según distintos estudios,
era el de equilibrio –un dólar a un peso con cuarenta centavos–. Prontamente
en el mercado paralelo llegó a un peso con setenta centavos, pero fue
subiendo hacia el mes de mayo hasta tres pesos con cincuenta centavos, para
luego bajar y estabilizarse. Si bien el overshooting fue parecido al de muchas
economías que salieron del tipo de cambio fijo, cabe preguntarse ¿por
qué hubo una disparada tan pronunciada? Hay varios factores, algunos
previamente advertidos y otros que aparecieron o se agudizaron imprevistamente,
que permiten explicar esto:
•El fallo de la Corte del primero de febrero fue un golpe no previsto –y muy
negativo– que provocó la masiva salida de fondos de los bancos –medidas
cautelares dispuestas en amparos–.
•La escasa liquidación de divisas de exportación por razones
especulativas.
•Las serias dificultades para hacer un control de cambios efectivo –el Banco
Central hacía más de una década que no intervenía
en el mercado y había perdido la experiencia de administrar la política
cambiaria–. Los funcionarios que sabían del tema estaban jubilados y
la estructura administrativa había desaparecido.
•Las anotaciones anticipadas de los importadores en diciembre de 2001 por
cinco mil millones de dólares.
•La fuga previa, en 2001, de los capitales hacia el exterior.
•Las presiones del G7 y el FMI por pasar a una flotación libre que
contribuyeron a crear expectativas alcistas.
•Las visiones catastróficas de muchos economistas, que opinaban desde
la ideología o para justificar sus posiciones a favor de la convertibilidad
o la dolarización.
•El contexto político, con sus ambigüedades, contradicciones y
contramarchas, que dificultaron enfrentar una dura realidad.
Estos factores provocaron, rápidamente, una diferencia significativa
entre el tipo de cambio oficial y el libre, lo cual conspiró contra
la liquidación de las exportaciones y aumentó la presión
de los importadores, iniciándose un círculo vicioso del cual
era imperioso salir. Debido a ello y cuando el tipo de cambio libre llegó a
dos pesos con diez centavos por dólar, se decidió adoptar un
sistema de flotación sucia, esto es, con intervención del Banco
Central y controles cambiarios.
La pesificación de las obligaciones
El tránsito de una economía de tipo de cambio fijo y alto nivel
de dolarización a otra con cambio flotante, requiere de una verdadera
reingeniería. Frente a la existencia de una gran mayoría de depósitos
y préstamos nominados en dólares había tres opciones:
•Dejar las cosas como estaban. Como la inflación fue menor que la devaluación,
los depositantes habrían tenido una importante ganancia de capital en
pesos. Los deudores, a su vez, se habrían vuelto insolventes masivamente,
con quiebras de familias y empresas.
•Otra opción consistía en convertir todo uno a uno, sin actualización.
Lo que habría significado una brutal licuación de pasivos y destrucción
de ahorros.
•La alternativa elegida fue convertir a pesos con actualización. Era
lo más equitativo para ahorristas y deudores e iniciaba un proceso de
devolución de depósitos realista en un contexto de crisis.
Al elegir un factor de ajuste de un peso con cuarenta centavos más
el CER (Coeficiente de Estabilización de Referencia –índice que
recoge la inflación–) para la actualización de los depósitos,
los ahorristas obtuvieron una ganancia de capital en pesos del cuarenta por
ciento, y se preservó su poder adquisitivo en el país.
Del lado de las deudas se presentaba también un problema grave. La
mayor parte de los préstamos a individuos o empresas, cuyos ingresos
eran en pesos, habían sido nominados en dólares. La multiplicación
del valor de las deudas, como resultado de la devaluación, las habría
tornado impagables y, por lo tanto, los bancos no habrían podido devolver
los depósitos. Propusimos la pesificación con el mismo criterio
que los depósitos, aunque en un esquema de aumento del número
de cuotas para que su valor se mantuviera. Sin embargo, luego de intensas discusiones
con los empresarios y los bancos, el gobierno aceptó la conversión
de las deudas bancarias a pesos uno a uno. Lo ocurrido posteriormente demuestra
que las deudas, aun pesificadas uno a uno, siguieron presentando dificultades
para su pago. Ciertamente la pesificación asimétrica tuvo un
costo fiscal, pero cabe interrogarse sobre cuál habría sido el
costo –colapso productivo, pérdidas de empleo y de ingresos familiares– de
no habérsela adoptado.
La necesidad de mantener el corralito Los grandes ahorristas sacaron sus fondos en 2001; quedaban los chicos y medianos.
No existían dólares para devolver los cincuenta mil millones
de dólares en depósitos, ni pesos para cubrir los veinte mil
millones de colocaciones en esa moneda. Los bancos no tenían los dólares
reclamados –estaban prestados y no se podían recuperar inmediatamente– y
la liquidación o quiebra de varios de ellos no sólo habría
perjudicado a sus ahorristas, sino también generado una mayor inestabilidad
en el sistema, agravando la crítica situación económica.
Las reservas eran de nueve mil millones de dólares; aún aplicándolas
todas, el problema no se resolvía.
La caída de depósitos de 2001 se intentó frenar en diciembre
con el corralito. Ante la incertidumbre lógica del momento no había
otra posibilidad que continuar con esa medida, por más antipática
que fuera.
Entonces, lo que se hizo fue reprogramar en un plazo de entre dieciocho y
treinta y seis meses y darle a cada ahorrista un peso con cuarenta centavos
por dólar, más el CER. La reprogramación de los depósitos,
instrumento imprescindible frente a la crisis financiera, fue un intento de
eliminar la anarquía del corralito y evitar que salieran del sistema
importes muy significativos.
La actitud de la Corte con los amparos fue generando filtraciones,
que dificultó la
recuperación porque se rompió la cadena de préstamos, tanto
para familias como para empresas. El éxito fiscal y el esfuerzo
monetario La elección de un sistema de cambio no puede ser el único
elemento de un programa económico. Para que la flotación no se
transforme en una aventura sin destino, es necesario que las políticas
fiscal y monetaria sean consistentes con el objetivo de estabilizar la economía.
La política fiscal diseñada fue exitosa y dio sus frutos.
El presupuesto
que rápidamente se preparó limitaba fuertemente cualquier expansión
del gasto y proyectaba un desequilibrio compatible con las acotadas posibilidades
de financiamiento previsibles. Los deprimidos ingresos fueron reforzados, transitoriamente,
mediante derechos de exportación.
El esquema de ingresos y gastos ha mostrado
ser adecuado a las circunstancias porque revirtió la tendencia anterior
explosiva: bajó el déficit operativo y aumentó el superávit
primario. En materia monetaria los logros fueron menores que en el plano fiscal.
Para cerrar de manera creíble un programa monetario se requería
resolver el problema del corralito, a fin de dimensionar la liquidez que debería
administrarse en la economía. La salida de depósitos provocada
por las decisiones judiciales introdujo un factor de incertidumbre imposible
de manejar en el contexto restrictivo existente. A pesar de ello, durante todo
el período se mantuvo una política de control sobre la liquidez,
aun cuando el Banco Central no pudo ajustarse a las pautas originalmente definidas.
La
distribución de los costos de la crisis Uno de los principales
objetivos consistió en distribuir lo más equilibradamente posible
el costo de la crisis. Con este fin se aumentó el gasto social para atender
la emergencia de los desocupados, se procuró evitar la quiebra de los
deudores locales, se evitó que los ahorristas vieran desvanecidos sus
depósitos y que las tarifas resultasen impagables –desdolarizándolas–.
Se aplicaron retenciones a los exportadores que obtuvieron
ingresos extraordinarios para financiar los planes sociales y estabilizar los
precios internos, se previeron las compensaciones por la pesificación asimétrica y se pesificó la
deuda pública interna en poder de los bancos y AFJP. No hubo ninguna grave
crisis en el mundo en que no se hayan soportado costos para resolverla; lo que
aquí se hizo fue minimizarlos y distribuir la carga del modo más
justo posible.
El Estado redujo su deuda, aunque dos cuestiones desequilibrantes
quedaron en lo inmediato pendientes: la caída del salario real y la ganancia
de los que habían fugado capitales. Reinserción
internacional Para lograr la adecuada reinserción del país
en el escenario internacional, consideramos dos andariveles: el comercial, donde
la Argentina lleva una política multipolar de acuerdos de libre comercio
con todas las regiones y de búsqueda de la reducción de barreras
a sus exportaciones; y el financiero, que implica reconstruir las relaciones
con los acreedores externos públicos y ayudar al sector privado a hacer
lo propio.
Uno de los temas, en esa dirección, ha sido el acuerdo con
el FMI. Lamentablemente el debate de toda esta problemática ha quedado
limitado a la discusión sobre la pertinencia de lograr un acuerdo con
el FMI. Las conversaciones con el FMI se iniciaron en enero de 2002, a sabiendas
del endurecimiento de su posición para con los países emergentes,
a pesar de su responsabilidad por haber convalidado todas las inconsistencias
macro de nuestro país en los años precedentes.
En esa oportunidad
se señalaron, con precisión y realismo, los límites de la
negociación posible: nada habría de firmarse si no se contaba con
seguridades de cumplimiento y de utilidad para la reactivación. La discusión
se centró sobre las reformas de corto plazo destinadas a superar los obstáculos
a la reactivación.
En una segunda instancia se discutirían los
cambios que habrían de impactar en el largo plazo. Se explicó que
era fundamental contar con la mayor aceptabilidad política y social, el
apoyo del Congreso y de las provincias. Así, se eliminaron de la negociación
los temas que han figurado en la agenda del FMI a lo largo de los últimos
años y en los que no se verificaban avances. El FMI fue intransigente
con tres precondiciones, algo por cierto desusado en otras oportunidades: derogación
de la modificación a la Ley de Concursos dispuesta en febrero de 2002,
derogación de la Ley de Subversión Económica, y cumplimiento
efectivo del Pacto Federal. Inicialmente esos requerimientos no fueron aceptados
por el Congreso, aunque tiempo después prestó su acuerdo.
La negociación
se demoró excesivamente, más por actitudes del FMI que del gobierno.
Mientras tanto, en todo el año 2002, la Argentina pagó cuatro mil
doscientos millones de dólares netos a los organismos multilaterales;
lo que ratifica la actitud pro cíclica del FMI que dificulta la salida
de crisis profundas. Nuestra idea sobre el futuro y las fuentes del crecimiento
El
Plan de Emergencia asumía que la reactivación era consecuencia
de varios factores: cambios en los precios relativos, consistencia fiscal y monetaria,
acuerdo con el FMI y reordenamiento del sistema financiero. El ordenamiento macroeconómico
procuraba crear las condiciones de funcionamiento de un país normal, con
capacidad de adaptación a las oscilaciones de la economía mundial
y con posibilidades de brindar estímulos para tener un aparato productivo
dinámico, diversificado y competitivo. Sus primeras manifestaciones habrían
de provenir de las exportaciones, luego del consumo –como consecuencia de la
ampliación del mercado interno para la producción nacional por
la caída de las importaciones– y, finalmente, de la inversión.
Todo ello daría lugar al inicio de un nuevo ciclo de negocios más
orientado hacia el mercado externo. Pero a mediano y largo plazo, para aprovechar íntegramente
las potencialidades del país, se requiere la definición de un rumbo
estratégico y la puesta en marcha de políticas sustentadas en una
eficiente coordinación entre el sector público y el sector privado.
El fortalecimiento del mercado interno, las mayores posibilidades
exportadoras, la capacitación laboral, la innovación tecnológica y el
sostenimiento de los equilibrios macroeconómicos, con instituciones y
reglas estables, conforman elementos esenciales para la creación de un
ambiente propicio para la atracción de inversiones e incrementos sostenidos
de la productividad.
Al tiempo de elaborar el Plan de Emergencia se tuvo plena
conciencia de la necesidad de introducir reformas estructurales,
sin las cuales no era previsible encarar una exitosa estrategia de desarrollo.
Los primeros meses del año 2002 constituyeron una primera etapa, necesaria, particularmente
tensa y compleja, en la que se establecieron las bases para hacer funcionar a
nuestro país bajo los principios de una economía normal. Lo que
ocurrió en los meses siguientes se vincula estrechamente con las decisiones
de aquellos días.
El Programa de Emergencia tuvo su lógica y coherencia
interna. Por eso, a pesar de la prédica de algunos sectores y analistas
interesados, no sobrevino la hiperinflación, se puso freno a la caída
del PBI, se siguieron una política fiscal y monetaria prudentes y se modificaron
los precios relativos a favor de la producción y la reactivación.
Sin esas medidas era imposible pensar en el inicio de un proceso
de recuperación
y normalización. Podrá decirse que se debió haber avanzado
más rápido, pero las condiciones políticas, las presiones
de los factores de poder y del FMI dificultaron actuar con más rapidez
y precisión. Queda, sin embargo, una agenda importante de reconstrucción
de la economía argentina y –más aún– de la Argentina como
Nación hacia el futuro.
Resolver la forma en que se pagará la deuda
externa o la renegociación de los contratos con las empresas privatizadas
son puntos importantes, pero sólo parciales de esa agenda. Necesitamos
construir un proyecto de país hacia adelante, que incorpore una definida
estrategia productiva y una idea sólida acerca de nuestra inserción
internacional, a partir de una base confiable de cooperación entre el
Estado y el sector privado.
El espacio generado por la reciente renovación
de autoridades nacionales abre un gran horizonte de posibilidades; está básicamente
en nosotros saber aprovecharlo
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