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LA DECLINACIÓN ARGENTINA

Silvio Maresca

Mi opinión es que la crisis argentina es una crisis profundamente espiritual. Dentro de esto hay una cuestión global, somos parte de una crisis general, que afecta a Occidente desde hace ya mucho tiempo. Sobre fines del siglo XIX, cuando Nietzsche dice Dios ha muerto, se refiere a la muerte de los valores que rigieron la historia de Europa durante quince siglos.

El bien, la justicia, el amor, la belleza, ya no rigen conductas y dejan de ser vinculantes. Nuestra crisis forma parte de una crisis generalizada de la cultura occidental, producto del nihilismo que vive Occidente y que hoy se manifiesta en lo que se llama globalización. Pero pienso que en la Argentina, desde nuestra independencia, desde el Grito de Mayo, siempre hemos vivido en crisis.

El carácter hispano de nuestra sociedad marca tendencias de raíces profundas. Juan Bautista Alberdi decía que España no ha pensado la cuestión del ser, que España no ha tenido filosofía, y lo plantea como una cuestión fundamental. Hablaba del desprecio por el trabajo y el amor por la fiesta, que sin ser valorativo se puede pensar de muchas maneras. La idea de hacer rápido una fortuna -y volverse- si lo relacionamos con el tema de la inmigración, es constitutiva entre nosotros.

Es la idea de salvarse, en la que se mezcla el individualismo con el factor religioso y con el económico. La forma de capitalismo que desarrollamos es de rapiña, pre racional. Dentro de este tambaleo espiritual, dentro de esta identidad lábil y compleja, golpea el nihilismo contemporáneo y se privilegia la visión economicista. El dominio de este pensamiento no es un fenómeno de los últimos años, sino que es algo recurrentemente denunciado por nuestros pensadores.

Alejandro Korn, entre otros, en 1925 ya criticaba el materialismo soez de los argentinos. Por supuesto, en los últimos diez años de neoliberalismo se ha potenciado esta tendencia. Pero si el neoliberalismo prendió tan fuerte en la Argentina, y sobre todo en los sectores medios, fue porque había cierto substrato cultural que permitió aceptar fórmulas que otros pueblos han rechazado. Por otro lado, me llama la atención el trabajo de los medios de comunicación en la Argentina.

Es cierto que en todas partes, los modernos medios de comunicación masiva derivan en alianzas entre el poder económico y el poder de la información, y que a su vez los medios mismos son poderes económicos. Pero una alianza tan fuerte, desembozada y brutal como vemos en la Argentina no sería posible si hubiese identidades colectivas más sólidas y un mayor desarrollo de la autoconciencia, porque la sociedad no sería tan permeable a los medios de comunicación.

Por último, observo que la sociedad argentina está cargada de resentimiento. La ostentación grosera de poder y riqueza que se contempló en la década pasada generó un proceso de resentimiento social de consecuencias incalculables. La ostentación suele generar resentimiento en las masas, la Reforma protestante, por ejemplo, en parte fue una reacción a la ostentación del Papado en esa etapa.

El resentimiento es un factor a tener en cuenta porque siempre es negativo. El eslogan que se vayan todos que escuchamos en estos días, no es una propuesta política, es odio.

El resentimiento es pura negatividad y como tal no genera nada, salvo destrucción. Otro punto importante es la defección de la filosofía. En algún momento, hacia mediados del siglo XX, hemos perdido esa fértil conjunción entre el pensamiento y la política, entre el pensamiento y el proyecto de construcción de la Nación, que puede observarse en Alberdi, Sarmiento y también en muchos otros pensadores del siglo XX como Alejandro Korn.

Hoy tenemos muy buenos científicos sociales, escritores brillantes, etcétera, pero no tenemos filósofos. Esto es grave para un país, porque carece de una instancia con visión de totalidad que desarrolle y premie el pensamiento crítico.

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