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LA
DECLINACIÓN ARGENTINA
Francisco Delich
Me
gustaría hacer algunas observaciones estrictamente sobre la sociedad
argentina, desprendida del Estado y de la economía. En primer lugar,
preguntaría si podemos pensar a las sociedades como inocentes. Esta
discusión aún está viva respecto de, por ejemplo, la responsabilidad
de la sociedad alemana frente al nazismo -retratada muy bien por
Gunter Grass, entre otros-.
Existen algunos trabajos, como uno de
Tomás Eloy Martínez respecto de la sociedad argentina y la desaparición
de personas durante el Proceso militar, que apuntan en este sentido.
Por otra parte, creo que el pensamiento del sociólogo Gino Germani
puede ayudarnos a comprender la sociedad argentina. Germani, que
siempre tomó como eje de investigación a la modernización -en su
versión optimista- reconoce en la Argentina de hace casi medio siglo,
a una sociedad moderna, pero también dice que no entiende por qué
los argentinos no creen en su país, siendo la Argentina un país
fantástico, comparado con cualquier otro. Nuestro problema empieza,
en parte, porque hay una diferencia entre la realidad y nuestras
esperanzas, o cierta asincronía entre lo que la gente piensa que
es y lo que la gente es.
El problema está en que el imaginario no
se corresponde -ni se correspondía ya en los años sesenta ni antes-
con la sociedad. Parte de la crisis es esta distancia que, para
decirlo de otro modo, es una crisis de identidad. Esta crisis de
la sociedad argentina es la comprobación de que el país no es lo
que creíamos que era -ni mejor ni peor- sino algo diferente que
no se sabe todavía qué es y de ahí el desgarramiento que sentimos
hoy. Germani ve en las características seculares y en el alto nivel
de urbanización de la Argentina atributos de una sociedad moderna.
Efectivamente, el Estado que se crea a partir de1880 es secular
como institución en el aspecto de la ciudadanía, le saca a la Iglesia
funciones como el control de los cementerios, el registro civil,
etcétera. Sin embargo, la sociedad argentina es muy religiosa, aún
hoy. Una investigación en la que participé hace poco tiempo demostró
que la actitud religiosa de los jóvenes menores de veinticinco años
es muy positiva -incluidas las prácticas religiosas-, aunque más
dispersa y un poco menos católica de lo que era hace algunos años.
Pero aunque la sociedad argentina sigue teniendo una visión religiosa
fuerte, la vive de un modo bastante genérico.
Por ejemplo, el divorcio
está prohibido para los católicos -asimismo volver a casarse, convivir
y demás-, sin embargo, la gente no encuentra una contradicción entre
esto y su vida personal, y sigue diciéndose católica pese a violar
estas prohibiciones. Actualmente, la proporción de hijos extramatrimoniales
es cada vez mayor. Por primera vez en la Argentina contemporánea
este índice pasó la barrera del cincuenta por ciento.
Este es un
dato de cómo es la sociedad. Germani también estaba fascinado con
la urbanización. En 1960, la Argentina era el país con mayor proporción
de población urbana del mundo, después de Gran Bretaña. Pero este
fenómeno que vemos a nivel nacional, donde medio país se concentra
en el Gran Buenos Aires, se repite en cada provincia: hay provincias
que tienen tasas de urbanización altas en la capital y el resto
está completamente despoblado. Entonces, podríamos decir que la
urbanización en nuestro país se dio de esa forma porque en las capitales
es donde se distribuye el poder y las riquezas. La nuestra fue y
es una urbanización rentística.
Producir en el campo o en la ciudad
está muy limitado por esta estructura social rentística que implica
una cultura y una forma de transacciones económicas. El imaginario
argentino se hizo, desde adentro y desde afuera, con la idea de
un país rico, y nos preguntamos cómo podemos vivir tan mal siendo
tan ricos. Sin ninguna duda es un problema de concentración de ingresos;
entonces, esta sociedad es mucho menos igualitaria de lo que creíamos,
es una sociedad con desigualdades muy fuertes. En algún momento
hubo una gran tendencia a la igualdad, la cual llevó a un comportamiento
básico de una sociedad de interlocutores que se sentían iguales,
pero se generaron desigualdades crecientes. Además, el mundo ha
cambiado y el imaginario no registró los cambios.
Era correcto cuando
el mundo funcionaba en torno de los recursos naturales, pero no
cuando estos dejan de ser un componente importante de la riqueza.
Pienso que el punto es que este imaginario se quebró y que no es
recuperable. Esta ruptura de la identidad ha creado un quiebre generacional
muy importante, que se produce porque la sociedad misma no logra
contener la calidad de los conflictos que plantea un nuevo orden
mundial y un nuevo orden argentino, básicamente. El Estado argentino,
para mencionar sólo un caso, destina un tercio del presupuesto al
pago de jubilaciones -cerca de dieciséis mil millones de pesos-,
que teóricamente, tiene como destino a los mayores de sesenta años.
El mismo Estado destina a los menores de catorce años, esencialmente
en el aparato educativo, casi un tercio de lo anterior. La sociedad
invierte más en los viejos que en los jóvenes. Este es un tipo de
desigualdad que por lo menos tendríamos que revisar. También habría
que revisar las desigualdades que se han generado en el sistema
educativo, que replantean la cuestión de la educación y que son
mayores en el sector público que en el privado.
La distancia entre
un chico que va a una escuela del Gran Buenos Aires, donde tiene
tres horas de clases en un lugar hacinado, cincuenta días al año,
y otro, también de escuela pública, que cursa doble turno, aprende
idiomas, computación, etcétera, como ocurre en la Capital, es inmensa.
Pensemos dentro de diez años esta distancia en términos de ingreso.
Lo peor de estas desigualdades es que son acumulativas.
La pregunta
es si esta declinación no se parece mucho a una descivilización.
La sociedad argentina no es inconsciente, tiene muchísima conciencia.
Por primera vez en muchos años la sociedad tiene reparos muy serios
con respecto a la democracia, aunque no esté pensando en opciones
autoritarias. No somos un país rico, somos un país pobre, aunque
duela. No tenemos una sociedad educada, sí una sociedad alfabetizada
que también es importante.
La sociedad argentina está en un punto
de inflexión que se corresponde con una memoria que tiene dos componentes
importantes: la inflación, que marcó a casi tres generaciones, y
la violencia. La sociedad funcionó hasta ahora con la idea del no
a la inflación y a la violencia. El punto es que la consecuencia
natural de eso -desempleo, exclusión, etcétera-, defraudó a la sociedad.
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