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LA DECLINACIÓN ARGENTINA

Marcelo Lascano

Al igual que la mayoría de los aquí presentes, hace años que pienso el tema desde el punto de vista de la cultura. En estos últimos quince años tuve una presencia casi permanente en Estados Unidos, donde me he nutrido no sólo de papeles, libros, proyectos y artículos periodísticos, sino también de los orígenes, de lo que pasó con los norteamericanos. Haciendo una comparación, que es arbitraria como cualquier otra, vemos que nosotros arrancamos mejor, desde la unidad.

El Virreinato era una unidad; iniciamos la independencia con esfuerzo propio, mientras que los norteamericanos arrancaron desde la dispersión y fueron solemnemente ayudados por los franceses. Es importante incorporar el análisis de las clases dirigentes. Si comparamos los Washington, Jefferson o los Hamilton, con los Moreno, Castelli, etcétera, vemos que estos cometen la ingenuidad, que después repite Fidel Castro, de salir a exportar una revolución no consolidada. Aquellos, en cambio, consolidaron primero la revolución norteamericana y luego salieron a afianzarla en un modo hegemónico, que es el imperialismo, para ponerlo en términos dramáticos. Desde un origen nos perdimos en las ideologías.

Ocho meses después de la Revolución de Mayo ya se mataban morenistas y saavedristas. En Estados Unidos, si bien Hamilton y Jefferson se llevaban muy mal, Washington definía el conflicto y lo hacía desde la alta tribuna de una personalidad exuberante, como un general exitoso, de un gran sentido común; la cultura aparece en las pautas que da Washington para el futuro, que son pocas: justicia, educación, moral -pero no moral sola, sino religión-. Asimismo, advierte sobre la lisonja de los extranjeros que siempre van a querer sacar provecho. Nosotros hicimos todo lo contrario, una trifulca permanente: 20 de junio de 1820, tres gobernadores; el fusilamiento de Dorrego que fue una verdadera catástrofe; luego Rosas que viene por la necesidad de la historia, y luego la batalla de Caseros, que es un punto importante.

En Caseros se suprime la trasmisión oral y escrita de lo que es la continuidad histórica desde un punto de vista cultural. Se suprimen veinte años de historia y aparece la necesidad de dotar al país de una interpretación sobre su pasado. Aparecen algunas obras, sobre todo la de Mitre, donde se muestra una proyección de la Argentina, pero se ocupan de los años iniciales, de San Martín, de Belgrano, etcétera, y suprimen la Confederación. La Confederación argentina sorteó cuatro guerras internacionales que no se mencionan siquiera en el libro de Ruiz Moreno de los años treinta, con el que estudiaban los militares argentinos. No se mencionan el primer bloqueo francés, el segundo bloqueo anglo-francés, la guerra contra la Confederación Perú-Bolivia, ni el bloqueo de una década de Montevideo, que era una colonia francesa.

Se suprime todo en Caseros, se rompe la continuidad histórica del mensaje que parte y se trasmite de una generación a otra. Tuvo que venir el revisionismo histórico, con exageraciones o no, para decirnos que eso realmente existió. No soy historiador, pero sé que ningún país del mundo se privó de contar, aunque sea mintiendo, lo qué pasó durante veinte años de su vida. Hace poco leí un artículo en el diario La Nación, donde se decía que Rosas tenía un bestiario a su lado; le respondí al autor con una lista de dieciséis figuras de primerísimo rigor: Bernardo de Irigoyen, Tomás Guido, Manuel José García, Tomás de Anchorena, Vicente López y Planes, etcétera. El autor, al igual que muchos, era tributario de una cultura tirada sobre la mesa y no tenía por qué saber, si no se dedica a esto, que ahí había habido algo. Otro elemento a comparar son las corrientes inmigratorias.

En primer lugar, vemos una gran desproporción: en la década de 1890 los inmigrantes en Estados Unidos representaban tan sólo un nueve por ciento en la tasa de crecimiento de la población, en Australia el catorce por ciento y en la Argentina el noventa y cinco por ciento. Según el censo de 1914, en la ciudad de Buenos Aires la mitad de su población era extranjera. Nuestra desorientación sobre datos culturales se debe a que al llegar los inmigrantes no encuentran una matriz cultural establecida. En Estados Unidos, cada raza, cada comunidad se incorporó a la matriz ya establecida, o bien a las bases establecidas por Washington.

La influencia del aluvión y la precariedad del mensaje histórico nos han dado una desorientación que, considerada históricamente, es terrorífica. Es un problema cultural que impidió plantear algún otro camino. Alejandro Bunge y otros, ya desde 1910 llamaban la atención, sin ser necesariamente colectivistas o resentidos, sobre el agotamiento del modelo desarrollado por la generación del ochenta. El nuestro es un problema de inteligencia, no sé si la Argentina ha fracasado. En la última década nos entregamos pasivamente a un modelo que nos terminó dejando sin patrimonio y con deuda, un modelo ciertamente esclavizante.

Pero, no olvidemos, que el presidente Menem fue reconsagrado en 1995 con el cincuenta por ciento de los votos, es decir que la sociedad argentina estaba de acuerdo en esto. Se trata de una sociedad que admite mansamente no tener patrimonio y repudia las sanas empresas públicas por la falta de liderazgo empresarial, como sí tienen los brasileños, que dicen: No, Lula no es malo porque, ante todo, es brasileño; aun cuando después lo quieran tirar desde el Pan de Azúcar. En pocas palabras, lo que hay es un profundo problema cultural, desconocimiento de la historia real y supresión de etapas.

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