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LA DECLINACIÓN ARGENTINA

Daniel Larriqueta

Voy a partir de reformular una de las preguntas planteadas. ¿Es la Argentina una sociedad en declinación? Yo tengo mis serias reservas. Desde el punto de vista de la historia de largo plazo, la Argentina es el modelo más exitoso de América Latina. Desde la independencia hasta aquí, ninguna otra nación ha tenido el desarrollo demográfico, económico y de calidad de vida que ha tenido la sociedad argentina. Si miramos los valores de hoy, en términos de índices de desarrollo humano, la Argentina sigue estando a la cabeza de América Latina.

La Argentina es, en el largo plazo, una sociedad relativamente exitosa. Los problemas surgen si nos comparamos con Australia o con Canadá y entramos así en un campo donde las analogías son de dudoso fruto. Pero, si hay que hacer alguna comparación, es más lógico hacerlo en el contexto adecuado. Si uno analiza a la Argentina de la segunda mitad del siglo XX y toma algunos indicadores, se da cuenta de que el progreso del país continuó siendo bastante importante.

Por ejemplo, en la generación de energía eléctrica per cápita y en el número de camas de hospitales per cápita, la Argentina ha tenido un desarrollo igual o mejor que el de Gran Bretaña en la misma época. Seguramente, estos indicadores pueden ser cuestionados, pero considero que quizás estamos siendo demasiado poco críticos con el mensaje que nos llega -muy mediático- sobre la declinación y la decadencia, y no lo abrimos lo suficiente.

En esta segunda mitad del siglo XX fue extraordinariamente notable el esfuerzo hecho por el Estado argentino -sistemáticamente durante treinta años- en inversiones e infraestructura en materia eléctrica, y por eso tenemos una de las energías eléctricas más baratas del mundo. Esto no lo dice nadie. Una de las ventajas comparativas de la Argentina está en la generación de energía eléctrica: las represas de El Chocón, Yacyretá, Salto Grande, etcétera, se hicieron con fondos públicos, las hizo la gente.

Entonces, yo cuestionaría el concepto de declinación. En todo caso es materia de discusión para el mediano plazo, pero no en el largo plazo. Pero, ¿cuál es el problema que tenemos? Aquí me acerco a la idea de crisis, pero sobre todo a la idea de desencanto en relación con las utopías, más que al desencanto en relación con la realidad que nos aqueja a partir de mediados del siglo XX. Las utopías argentinas están cargadas de algo que solemos olvidar -sobre todo los economistas- y esto es el carácter aluvional de la sociedad.

El primer impacto inmigratorio que se prolonga hasta la década del cincuenta y que continúa con las migraciones internas, ha sido muy importante. Algo muy característico de las sociedades inmigratorias es la poca importancia del espacio público; el inmigrante en general cree que está de paso y se comporta en consecuencia. El proceso de asignación de la propiedad del espacio público a veces lleva más de una generación.

Un ejemplo pintoresco: hace cuarenta años, la actriz cómica más importante de la Argentina, Niní Marshall, tenía entre sus personajes a varios extranjeros; hoy, Gasalla, por ejemplo, no tiene prácticamente a ningún personaje extranjero. Hoy, un joven de veinte años no sabe muy bien de dónde eran sus antepasados, pero nosotros, los mayores, somos de una generación que sabe cuál era el pueblo de dónde venían. El proceso de decantación recién ahora está llegando a un punto de maduración, recién ahora esta generación se siente más argentina que descendiente de tal o cual colectividad, sin perjuicio de las herencias culturales.

En una sociedad aluvional, la utopía dignificadora está puesta en el futuro, porque la razón de ser, tanto del inmigrante como del emigrante, es el ir por algo mejor. Lo que tenemos en crisis desde hace varias décadas es el diseño del futuro, a diferencia de otras sociedades como la canadiense, la australiana o la norteamericana -con las que nos gusta compararnos- que, por una serie de circunstancias, han podido conservar una utopía sobre el futuro.

En síntesis, esta confusión entre la utopía y la realidad hace difícil el análisis. La realidad argentina es medianamente exitosa, aun con los problemas que tenemos, pero nuestras expectativas son muy malas, y esta asimetría entre la realidad y las esperanzas provoca una sensación de incertidumbre muy angustiante.

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