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LA
DECLINACIÓN ARGENTINA
Aníbal
Jozami
Nos
convoca el propósito de revisar los puntos de vista y las distintas
posiciones a partir de las cuales cada uno interpreta las diferentes
causas que caracterizan en forma tan particular a la crisis argentina.
Es desde esta perspectiva que me parece importante enunciar algunas
ideas e hipótesis que sirvan para plantear el debate. En primer
lugar, creo que es la crisis de una ausencia de conciencia nacional
lo que está haciendo eclosión en la Argentina.
El país se convirtió
en una nacionalidad étnica, algo que no ocurrió, por ejemplo, en
el caso de Estados Unidos, donde, si bien las distintas comunidades
están mucho más separadas entre sí de lo que lo están en la Argentina,
existe una conciencia de nacionalidad cívica en la que todos los
ciudadanos, independientemente de que vivan en los círculos cerrados
de su comunidad, apuestan al destino de Estados Unidos como país.
En nuestro caso, se destaca la integración que han alcanzado las
diferentes comunidades entre sí, pero ésta aún no confluyó en una
identidad o conciencia nacional. Esta es, seguramente, una de las
razones de la incapacidad que tuvo el país para crear una clase
empresarial exitosa. Si nos comparamos con Brasil, para no hacerlo
con Australia o con Canadá, este déficit, que limita el desarrollo
económico y social de cualquier país, se manifiesta claramente.
Siguiendo con el razonamiento anterior, no se comprende cómo, siendo
un pueblo relativamente joven -no llegamos a los doscientos años
de historia- sufrimos los espasmos y el agotamiento de las naciones
que viven su declinación y aun el principio de su disolución como
proyecto colectivo.
Asistimos a diario al espectáculo obsceno de
una miseria abrumadora, en el país donde la producción de alimentos
es la actividad más sencilla y, hasta no hace mucho tiempo, la más
productiva. Por otra parte, tal vez las dudas y los interrogantes
se acumulen porque las preguntas no están formuladas en el sentido
correcto de encontrar la oportunidad dentro de la crisis.
Esa es
la razón principal que lleva a retomar la tarea de pensar la Argentina
en medio del colapso, porque creo, como la gran mayoría, que aún
es posible encontrarle un sentido histórico al ser argentino, más
allá de las angustias y las paradojas. La misma crisis ha detonado
una serie de reflexiones -pensamientos y lugares comunes acerca
de la Nación y su viabilidad como proyecto colectivo- que, en general,
han dejado de lado el análisis serio y profundo para intentar el
camino más obvio: el de la autodenigración o el de su primo hermano,
el chauvinismo irracional.
Ninguno de esos extremos se ha revelado
capaz de dar cuenta de la crisis, en el sentido de construir un
relato capaz de ayudar a los argentinos a superar su momento histórico
más cercano al abismo. Por el contrario, las modas culturales, incentivadas
por un sistema de medios masivos de comunicación que no solamente
no se hacen cargo de su responsabilidad social, sino que, además,
han transformado en espectáculo rentable el regodeo en la propia
decadencia, no hacen otra cosa que ahondar la desesperanza individual
y colectiva destruyendo de todos los modos posibles la confianza
de los argentinos.
La autodenigración pareciera consistir precisamente
en explicar cualquier tipo de dificultad o frustración personal,
social o colectiva, con el recurso de confirmar que padecemos, como
sociedad, males congénitos que solamente pueden llevarnos a la decadencia.
Se trata de una serie de razonamientos que con disfraces culturales
intentan demostrar que la sociedad argentina padece una distorsión
fundacional que vuelve imposible, desde la vida en común dentro
de las normas de aquello que se reconoce como vida civilizada, hasta
la concreción de cualquier proyecto que suponga la existencia de
un continente colectivo más allá de las pequeñeces mezquinas.
El
chauvinismo irracional es aún una pizca más patético, porque revela
la fútil intención de aquel que quiere ocultar su propio temor a
la frustración con las banderas de un nacionalismo adolescente y
con la comprobación paranoica de que existen desde siempre conspiraciones
de los más poderosos para tramar la infelicidad de los argentinos.
La idea central de esta distorsión cultural consiste en responsabilizar
a los demás de nuestros propios problemas para poder aliviarnos
la frustración encontrando e identificando un enemigo tan pérfido
como poderoso. Entre uno y otro extremo resalta nuevamente la evidencia
de una Nación que aún no ha logrado fraguar una identidad colectiva
lo suficientemente poderosa como para hacer sentir a sus miembros
la certeza de que vale la pena ser parte de un proyecto colectivo.
Esa carencia de una conciencia nacional, abarcadora e integral,
tal vez sea la consecuencia más trágica del proceso de guerra civil
y social que vivió la Argentina durante buena parte del siglo XX,
con el consecuente y previsible daño a la conciencia de su propio
destino, conciencia que cualquier nación necesita para lograr su
trascendencia.
Muchos creyeron que aquellas tragedias se superarían
con el tiempo y con el olvido, pero la evidencia cotidiana nos muestra
un sociedad signada por la multiplicación de los desgarramientos
y por la falta de esperanza. Esos desgarramientos reconocen también
diversas expresiones. Las más dramáticas y lacerantes tal vez sean
los niveles de miseria y exclusión social que ya han dejado de ser
parte del planeta de las estadísticas y las encuestas para pasar
a ser parte de la vida cotidiana, de la cercanía más concreta. El
crecimiento de la violencia y la delincuencia son otras trágicas
manifestaciones de esos desgarramientos.
En la Argentina de la crisis
perpetua y creciente, la vida no vale nada, como nada vale la tranquilidad
y la paz de las familias. El Estado desertor -producto directo del
proceso de desguace de la sociedad argentina que vivimos en la década
pasada- es el único evidente responsable del colapso de la seguridad
ciudadana, porque ha declinado el uso del monopolio de la violencia.
La desocupación creciente y la angustiante sensación de que la pobreza
es como una inundación imparable que en algún momento nos afectará
a todos los habitantes de esta tierra -que, alguna vez, fue el epítome
de la riqueza y de la abundancia- son otros indicadores indudables
de hasta qué punto está bajo cuestionamiento también esa amalgama
imprescindible que se requiere para transformarse en una Nación.
En síntesis, la constatación del daño que ha sufrido la conciencia
nacional de los argentinos, en términos de la pertenencia a un proyecto
común, es uno de los principales acicates para comenzar esta tarea
de reflexión acerca de nuestro futuro como unidad de destino.
Ese
debate no puede estar signado por los preconceptos, por los lugares
comunes o por las supuestas verdades indiscutibles a las que llegaron
otras generaciones de argentinos. La condición previa de ese debate
es la libertad de conciencia y el compromiso personal, indelegables
en la tarea de volver a construir los vínculos de confianza indispensables
para la existencia de cualquier proyecto nacional.
El debate que
proponemos, porque estamos entre quienes asumen su compromiso, no
puede transitar ni el camino de la autocomplacencia, ni la senda
de la autoflagelación. Se trata de andar el sendero del medio, el
que nos llevará, seguramente, al reconocimiento inteligente de nuestras
carencias y virtudes, de modo tal de saber sin engaños cuáles son
las herramientas con las que contamos para concretar el milagro
colectivo de construir una identidad nacional. .
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