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LA INSEGURIDAD ABSOLUTA

Jorge Elías

Estados Unidos han buscado consenso interno, primero, y externo, después, sabiendo que no era lo mismo plantear la lucha contra un enemigo sin cara como el terrorismo, que contra Saddam Hussein. Es decir, un líder y un Estado definidos. Durante diez años, Hussein ha sido su enemigo potencial. Estados Unidos y Gran Bretaña han bombardeado Irak por no haber permitido que los inspectores de las Naciones Unidas revisaran el presunto arsenal oculto en Bagdad.

Pero Hussein sigue en pie, como Fidel Castro, Khadafi o Jamenei. Por los atentados del 11 de septiembre no ha cambiado en forma abrupta el escenario, sino el paradigma. Sobre todo, en Estados Unidos, en donde el juego de poder no tiene una estructura piramidal, o presidencialista, como en América Latina. Podemos especular sobre Condoleezza Rice, el secretario Rumsfeld o el vicepresidente Cheney, o sobre el ala dura y el ala blanda del gobierno de Bush, pero la influencia decisiva estará en el Congreso, es decir, en el poder real de Estados Unidos.

Nosotros, los latinoamericanos, solemos identificar gobiernos con presidentes. En Estados Unidos en particular, el poder no recae sobre el presidente, sino sobre el Congreso. En especial, por la facultad de asignar, y de reasignar, las partidas del presupuesto.

En este caso habrá una reasignación de recursos fenomenal hacia el área de Defensa, ya no sobre una hipótesis de conflicto, como el escudo antimisiles de Bush, sino sobre un enemigo real, con un nombre real, aunque no tenga cara. Fueron atentados no convencionales y merecerán respuestas no convencionales. En la última década, Estados Unidos no ha intervenido solo en ninguna batalla.

Esto significa que tampoco van a iniciar ahora bombardeos en forma unilateral. Necesitan aliados. Lo es Gran Bretaña. Nosotros lo sabemos, y lo hemos padecido en la Guerra de las Malvinas. El vocero, hoy, es el premier británico, no el presidente de Estados Unidos. Si bien es cierto que en principio hubo de parte de Bush una señal de la humillación que sufrió el poder norteamericano por haber sido golpeado en su propio territorio, a esto le siguió una prudencia que tampoco ha sido convencional.

En 1998, cuando atentaron contra las embajadas norteamericanas en Tanzania y en Kenya, las réplicas fueron inmediatas, contra Sudán y contra Afganistán. Con esas réplicas no se acabó el problema, pero, digamos, se saldó la cuenta por las embajadas. El año pasado, durante la campaña electoral norteamericana, atentaron contra el buque USS Cole en Yemen. Todo indicaba que era Ben Laden y su organización Al-Qaeda. Lo más sugestivo, ahora, es que desde el primer día se empezó a hablar de Ben Laden por las características suicidas de los terroristas y demás.

Pero estos suicidas no son como los de Medio Oriente, adolescentes o jóvenes absolutamente desesperados y desequilibrados que viven en la miseria y que se inmolan con tal de llegar al Paraíso, y tener setenta vírgenes a su disposición, y dejar en buena posición a sus padres. Estos eran de clase media; tenían entre 25 y 41 años, trabajos estables y buen pasar, y vivían en familia y con costumbres occidentales. Sin poner en duda la participación de Ben Laden, hay cosas que no cierran. Y creo que los servicios de seguridad norteamericanos les deben al mundo una explicación, aún hoy, sobre la conexión real con el exterior, de modo de legitimar el consenso.

Fue lo primero que pidió el Consejo de Seguridad Nacional. En segundo lugar, colaboración dentro de los países; es decir, inteligencia. De ahí, el pedido concreto a la Argentina, Paraguay y Brasil consistente en reforzar la seguridad en la Triple Frontera. Son diferentes las comunidades árabes y judías radicadas en Europa y las comunidades árabes y judías radicadas en las Américas. Aquí están integradas; allá, sobre todo la árabe, siguen viviendo en guetos.

Razón de la reticencia inicial de los gobiernos europeos continentales, como Francia, a embarcarse en una causa que podría ser un boomerang. Eso, me parece, también habla de lo no convencional de todo esto y de la falta de un enemigo con cara y con un espacio físico determinado: un Estado. Bush habló de la primera guerra del siglo XXI; después se retractó. Habló de una cruzada; después se retractó.

Y habló de Justicia Infinita; después optó por Libertad Duradera. Todo en aras de sumar consenso y, en el camino, de respetar a los países musulmanes. Llegamos a un punto en el cual todo el mundo está contra el terrorismo. Enhorabuena. Las Naciones Unidas aprobaron una resolución con la cual pretenden congelar sus fondos y castigar a aquellos que les brinden refugio. Muy bien.

¿Dónde está el enemigo? Está dentro de los países. Como decía Dante Caputo, lo preocupante sería un nuevo concepto de la Doctrina de Seguridad Nacional. Nosotros ya sabemos de qué se trata. Los norteamericanos están sorprendidos porque les piden el documento, la licencia de conducir en su caso, mientras caminan por la calle. A mi generación, eso la marcó. Teníamos quince años y vivíamos bajo sospecha. Fuimos la generación del miedo. Algo inconcebible en Estados Unidos hasta el 11 de septiembre.

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