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LA
INSEGURIDAD ABSOLUTA
Eduardo
Roca
Después
de exposiciones tan lúcidas, yo quisiera simplemente referirme a
cómo hemos procesado este fenómeno en el Comité de América del Norte
del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI). Lo primero
que hicimos fue reflexionar acerca de cuál sería el impacto que
tendrían los hechos del 11 de septiembre en la política interna
de Estados Unidos.
La
primera apreciación fue que estos hechos darán
al presidente George W. Bush una legitimidad que, hasta el 11 de
septiembre, no tenía o no era clara. Como expresó un periodista
muy gráficamente, la opinión pública había votado a un presidente
que fuese un Clinton minus -le gustaba lo que estaba haciendo Clinton,
menos algunas cosas-; pero después de una victoria ajustada en una
elección muy cuestionada, le apareció una administración Reagan
plus.
Porque
los miembros esenciales del gabinete de Bush hijo, si bien trabajaron
con Bush padre en la Guerra del Golfo, todos fueron hombres de
Reagan, el del evil empire. Los tremendos atentados han conferido
a este grupo de hombres una legitimidad inesperada, porque demostraron
que estaban preocupándose por un problema que
existía realmente y no creando un fantasma que les permitiera una
política sectaria. Los que tienen que tratar con Estados Unidos
deben ahora saber que trabajan con un gobierno duro, respaldado
por la opinión pública y con objetivos precisos.
Pero,
también observamos
en el Comité del CARI algo contradictorio: que la política internacional
de Estados Unidos tenía que cambiar significativamente. De una política
completamente unilateral, arrogante y despreciativa de las demás
posiciones nacionales, de repente hay que pasar a buscar consenso,
como ocurría en la época de la Guerra Fría. Reaparece el famoso
pragmatismo norteamericano; Aaron decía en uno de sus libros: "La
gran potencia quebranta, estremece, conmueve, tanto por el rehusarse
a sostener su rango, como por el orgullo de reinar.
Tiene
el extraño
privilegio de aprovecharse de sus propios errores". Siguió la discusión
en este Comité acerca de la posición que nos corresponde como país.
Se discutió la opinión que sostuvo que frente a este problema la
Argentina era irrelevante y poco tenía que hacer al respecto. La
mayoría entendió que ello no era exacto, que hay un papel importante
que puede desempeñar, especialmente en la formación de la opinión
latinoamericana, participando activamente en la ONU y en la OEA
y que, tal contradicción visible entre un gobierno con autoridad
pero necesitado de apoyo, daba un inesperado margen de negociación.
Precisamente,
se recordó que hay actualmente un equipo de diplomáticos
de primera línea en los puestos clave y se estimó que sería razonable
que el gobierno aceptara plena responsabilidad para actuar. Actuar
y no sobreactuar; ser útiles, pero no idiotas. Toynbee recordaba
a menudo que, según Séneca, "guía el destino a quien lo consiente,
arrastra a quien lo resiste". Y en este momento, hay que ver bien
cuál es el destino, cómo es que nos insertamos en tal destino y
tratamos de tener relevancia actuando como nos corresponde.
En
lo particular, creo que la línea de nuestro gobierno es la que corresponde.
No tendría sentido ampliar aquí sus fundamentos, que son conocidos.
Ahora, en lo general, comprender bien lo que ocurre es muy difícil.
¿Cómo se relaciona la dimensión del terror que nos acomete con las
dos guerras mundiales, con la Guerra Fría y el fin de la Unión Soviética;
con el dominio humano de la técnica que nos hace a la vez poderosos
y precarios; con el porvenir de la democracia frente a las necesidades
policiales; con la producción de la droga?
Todos
estos factores eran conocidos, pero a partir del 11 de septiembre
nadie puede ignorarlos. Hay que encontrar una teoría que los ordene, porque en cierto modo,
estamos como Adán y Eva al sentirse expulsados del paraíso: desnudos
ante la intemperie que sobreviene.
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