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LA INSEGURIDAD ABSOLUTA

Alberto Ferrari Etcheberry

Un elemento central es la aparición, el 11 septiembre, de un terrorismo internacional asentado en una fórmula inédita: alta tecnología más suicidio más karate. Trataré de explicarme. Hace unos días, un general argentino informaba que se había calculado en tres años el período de preparación de estos ataques, en los que se usa como arma lo que no es un arma. No parece exagerado.

Son sólo posibles con el manejo de las avanzadas tecnologías que, paradójicamente, caracterizan a la víctima, para herirla, por otra parte, en la simbología en que descansa su cultura: las finanzas, el poder militar, el espectáculo. Precisamente por eso, la imagen del golpe de karate: un arte marcial que no utiliza armas, que exige conocer los puntos vitales del adversario, pues es allí donde se golpea, en cierto sentido, aprovechando la fuerza del contrincante.

Tres años, donde gente formada, instruida, estuvo estudiando y preparando estos atentados, sabiendo cuál era el desenlace y manteniendo la decisión personal, sin que uno solo de los complotados desfalleciera, esto es, sin que apareciera la actitud conservadora de la vida. El terrorismo político puede haber sido muy audaz, pero sus actores no eran suicidas, aunque aceptaran correr riesgos muy grandes. Tampoco hubo motivaciones suicidas en las movilizaciones religiosas: el cristianismo condena el suicidio en la época de las cruzadas.

Este, además, es un suicidio colectivo, en esto recuerda el caso de Guyana, cuyos actores invocarían el Corán, que considera el suicidio un crimen peor que el homicidio. Más paradojas. Frente a esta fórmula siento que hoy cualquier situación es posible, cualquier peligro es probable, y esto nos afecta a todos, aunque se proclame que quien siembra vientos cosecha tempestades. Por eso preocupan ciertas actitudes, visibles en la Argentina, y que son mezcla de frivolidad e impotencia.

Se me ocurre que aplaudir un acto terrorista es, esencialmente, una muestra de impotencia, y en nuestro país hay muchos factores que favorecen el sentido de impotencia. Por eso, me parece necesario subrayar que la unión de esos tres elementos trae un cambio cualitativo de tal magnitud que hace que hoy estemos todos en peligro. La guerra bacteriológica, la guerra química, la guerra de cualquier forma, el atentado terrorista de cualquier tipo, hoy no puede descartarse y éste es el hecho prioritario. Hace años, un amigo decía: "Si voy por Harlem y tres afro-americanos me atacan, en ese momento no pienso que son las víctimas del sistema: me defiendo".

Un segundo punto se refiere al proceso de globalización, básicamente financiera, de multiplicación del dinero por el dinero, de valores inflados y de burbujas bursátiles, que caracterizó a la última década. Se había apagado bastante tiempo antes del 11 de septiembre al estallar la burbuja financiera norteamericana. Ya se habían cumplido los pronósticos más serios, como los de The Economist, que advertían que no existía la nueva economía, que el boom se sustentaba en dos o tres elementos transitorios que, una vez separados, se comprobaba que el crecimiento económico no superaba el de etapas anteriores, que la revolución informática no había provocado un cambio cualitativo en la capacidad de producción, etcétera.

Es evidente que este brutal cimbronazo profundizará la recesión y que el espectro de la depresión de los años treinta no es una fantasía. Pero me interesa otro ángulo: en estos años de jolgorio globalizador y financiero, el poder político se mostraba esfumado, subordinado a algo así como el capital en abstracto, dominado por movimientos de capital que parecían independizarse de toda acción estatal -como se mostró en el intento más o menos fallido de la OCDE de imponer el Acuerdo Multilateral de Inversiones-; todo sostenido e impulsado por la hegemonía indiscutida del pensamiento y el programa neoliberal conservador. ¿Traerá consecuencias el 11 de septiembre sobre esta realidad? Un artículo de Jeffrey Sachs, publicado en La Nación, titulado "La estrategia económica internacional", me resulta sintomático.

Plantea, desde una perspectiva casi ética, que las relaciones en la globalización deben cambiar para volverse más justas: "Es hora de que los países ricos respeten los deseos de las naciones pobres -está refiriéndose a la OMC-, que medidas inmediatas y enérgicas aseguren un mejor acceso de los países emergentes a los mercados de los países ricos, en especial los de indumentaria y productos agrícolas, reglas más justas sobre derechos de propiedad intelectual". Y agrega: "Estados Unidos deberá despertar de sus veinte años de atención insuficiente a las necesidades urgentes de las naciones más pobres del mundo". Subraya: "Estados Unidos es, sin duda, el más interesado en que la globalización triunfe".

Su análisis es político: fue "un ataque terrorista masivo y no la primera guerra del siglo XXI. El mayor error sería responder a un ataque terrorista desencadenando una guerra". Por eso, hasta aconseja en el plano táctico: "Estados Unidos debería buscar soluciones diplomáticas para capturar a los terroristas; si los talibán ofrecen su entrega contra presentación de pruebas, deberían presentarlas". Esto no es habitual; no es Amartya Sen sino Sachs quien revaloriza lo político frente a la supremacía del capital abstracto -eso que acá llaman los mercados. Los mercados no impiden la guerra ni logran la justicia que la destierra, podría sintetizarse a Sachs.

En una misma tendencia prudente podría incluir las declaraciones del presidente Bush sobre el apoyo de Estados Unidos a la formación de un Estado palestino que muestran, al menos, un énfasis y una claridad hasta ahora ausentes. Algunos editoriales periodísticos también rechazan caer en la pura represalia. Podría entonces decirse que este ataque está provocando más resultados de lo que podía esperarse. Algunos dirán: ¿es aceptable que un acto terrorista esté seguido de cambios? ¿No favorece al terrorismo conceder a sus demandas? Otros podrán contestar que es absurdo mantener lo negativo porque su superación haya sido bandera terrorista.

Es muy pronto para pretender sacar otra consecuencia que no sea esa revalorización y necesidad de la política y del Estado que para mí también se muestra en el papel cada vez más importante de Gran Bretaña, al extremo de ser Tony Blair, y no Bush, quien anuncia los pasos que se están dando, como si la presencia de la experiencia británica fuera una garantía contra el exceso.

Estados Unidos es un país cuyo Estado y cuya política se han ido desintegrando muy profundamente. Si comparo la situación actual con la crisis de 1962 de los misiles de Cuba -el mayor peligro que ha tenido el territorio de Estados Unidos- veo el contraste que quiero señalar. La grave amenaza de 1962 se manejó políticamente y se resolvió con un acuerdo político: se desmantelaron los mísiles, hubo un compromiso norteamericano de no atacar a Cuba, que se cumple hasta el día de hoy.

Más aún: treinta años después nos enteramos que, en secreto amparado por Jrushov, Estados Unidos levantó también su base de mísiles en Turquía. Todo ello con firmeza y sin enloquecer a su propia gente. En ese momento, Estados Unidos era un país que tenía Estado, que tenía política, que negociaba, mientras que hoy la sensación que inspira es que el Estado y la política han sido desbordados por los mercados, por el movimiento autónomo del capital y de las corporaciones trasnacionales, al extremo de que todo se hizo posible: el fraude electoral o un presidente con tanto tiempo libre como un adolescente enamorado.

La otra cara es que nunca queda claro por dónde pasa la decisión a tomar, una suerte de descentralización del poder, no de su ejercicio, que confunde, un Estado cuyas partes son sólo instrumentos, más precisamente, el capital sin cabeza, en el que es difícil saber cuál es la ventanilla del Estado específicamente responsable de la decisión. Otro punto es la naturaleza del atacante. Yo me remito al análisis hecho por Fred Halliday en The Observer, que parcialmente ha publicado Página 12, criticando la tesis elemental y falaz del choque de culturas.

Existe un conflicto interno en el que este terrorismo expresa lo más retrógrado. Pero, Halliday también recuerda los méritos de la sociedad víctima, Estados Unidos, sus raíces democráticas y sus conquistas materiales y culturales. El 11 de septiembre, por cierto, es un desafío que implicará necesariamente un cambio, un retorno al papel del Estado y de la política. Entonces, me pregunto cómo puede influir en Estados Unidos el retorno a la política que parece iniciarse a partir de estos episodios.

Por un lado, ¿cuál será su grado de eficiencia? Por el otro, ¿cómo gravitará en la propia sociedad? En otros términos: ¿hay peligro de que se favorezca una reacción que lleve a un Estado policial, más o menos fascista? ¿Puede pasar algo similar al macarthismo, en el sentido de instrumento de manejo del poder interno? Sin duda, el peligro existe y cierta reacción así lo hace evidente, aunque en definitiva dependerá de hasta dónde vaya el conflicto de intereses interno.

En lo personal, creo que Estados Unidos tiene raíces democráticas muy profundas, por lo que mi optimismo opina que no es fácil que esta situación lleve a una reedición de lo que fue en nuestros países la Doctrina de la Seguridad Nacional que provoque alguna forma moderna de ingreso en el fascismo.

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