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LA
INSEGURIDAD ABSOLUTA
Félix
Peña
Quisiera
partir planteando una disyuntiva: ¿estamos frente a un episodio
circunstancial o, por el contrario, estamos frente a un significativo
punto de inflexión en la evolución del sistema internacional? Personalmente,
prefiero sumarme a los muchos que trabajan sobre la hipótesis de
que estamos claramente en un punto de inflexión.
Como
en todo punto de inflexión, hay elementos que han aflorado y que tienen sus raíces
en el pasado. No podemos decir que todo empezó el 11 de septiembre.
Ese trágico día afloran nuevas realidades, cuyas raíces y manifestaciones
tenemos que tratar de entender, a fin de poder situarnos mejor como
analistas y como país, en un contexto internacional que será cada
vez más imprevisible y volátil.
Debo
reconocer -quizás a todos nos
pasa lo mismo- que frente a lo que está sucediendo tengo una gran
perplejidad. Perplejidad que también se observa en los protagonistas
centrales, es decir, una gran dificultad para entender exactamente
qué es lo que está pa-sando. Esto me lleva a destacar algunos de
los elementos -puntas de ovillo- que aquí se han mencionado, y que
pueden ayudar a reflexionar, en última instancia, en el significado
que tiene lo que está ocurriendo, para la inserción de la Argentina
en el mundo y en la región.
Lo
que da sentido precisamente a la reflexión en esta mesa, es tratar de ubicarnos, como país, en un
mundo diferente. ¿Qué desafíos plantea el nuevo escenario internacional
a un país como el nuestro? Ante todo, se ha mencionado una primera
gran cuestión, que es el tratar de precisar quién es hoy el enemigo.
Es
necesario abordar esta cuestión, al menos desde dos puntos de
vista: por un lado, quién es el enemigo para Estados Unidos, y para
todos los países que no aceptan la idea de que alguien pueda impunemente
hacer algo como lo que ocurrió el 11 de septiembre; y por el otro,
quién es el enemigo para el enemigo de los Estados Unidos o de los
que rechazan la metodología empleada. ¿Son sólo los Estados Unidos
o lo es la idea de sociedad abierta, organizada en torno a valores
de democracia y de libertad? Es decir, ¿somos nosotros también los
enemigos del enemigo? Es una cuestión clave a la hora de definirse
frente al ejercicio de la violencia terrorista indiscriminada a
escala global y es una cuestión sobre la cual parece no haber espacio
lógico para la neutralidad.
Lo
primero que surge relativamente claro, es que no hay, necesariamente,
un Estado que sea el enemigo. Este es un dato nuevo en la historia,
no solamente en la historia contemporánea.
Es decir, no hay -en términos de Raymond Aron- una unidad autónoma
de poder que desee destrozar o eliminar por la fuerza, a otra unidad
autónoma de poder. Desde las tribus, los feudos, las ciudades, los
Estados, éste era un elemento básico del concepto de la guerra.
Hoy, la diferencia es cualitativa y cuantitativa. Para comprender
la definición de enemigo, son útiles los aportes de Manuel Castells
sobre la sociedad y el mundo en red.
Su
libro nos ayuda a percibir al enemigo, más que como un Estado, como redes que, de alguna manera,
generan en el campo de la violencia el mismo fenómeno que se ha
producido, por consecuencia de la globalización, en el campo de
la producción. Así como se fraccionan las cadenas de violencia,
en un caso, se fraccionan las de la producción, en el otro.
Son
dos fenómenos que tienen lógicas relativamente similares e incluso
tienen tácticas relativamente similares, como puede ser el just
in time, cuyo equivalente en el mundo de la fragmentación de las
cadenas de la violencia son los sleepers, una figura de las más
interesantes que aparecen en el análisis del terrorismo global.
Esto,
de alguna manera, significa que en el debate sobre las relaciones
internacionales estamos manejando categorías que ahora, como mínimo,
son insuficientes. Una semana antes del 11 de septiembre, el Herald
Tribune publicaba un artículo muy interesante de un debate en Estados
Unidos, sobre la cuestión de si debían o no explicitar que eran
un imperio.
Es
decir, se daba por seguro que había unipolaridad.
Las categorías que se utilizaban hasta entonces eran: unipolaridad,
multipolaridad, y -hasta el fin de la Guerra Fría- bipolaridad.
Ahora, desde el punto de vista de la definición del enemigo, surge
una nueva categoría, complementaria de las anteriores: se trata
de las micropolaridades. Es decir, que el enemigo no es necesariamente
un Estado. Son redes de violencia, fragmentadas en minúsculo grupos,
que operan en distintos lugares, con diversas modalidades e incluso
motivaciones, y que tienen geometría variable. Son redes que cambiarán
de forma y de expresión a través del tiempo. Esto lleva a una segunda
dificultad: la definición de quién es el aliado.
La
mejor definición
de aliado ante la nueva circunstancia, la da precisamente el secretario
de Defensa de los Estados Unidos, cuando dice: "Debemos tener coaliciones
móviles", es decir, coaliciones que también sean de geometría variable.
Un artículo en el Herald Tribune, tiene por título: Americans will
call if we need you for war (te llamaremos si te necesitamos). Esto
cambia el alcance del concepto de aliado, tanto desde un punto de
vista -el del enemigo del enemigo- como del otro -el del enemigo-.
La sensación que surge es que estamos frente a algo que va a durar
mucho tiempo. Definir al personaje Ben Laden como enemigo puede
ser, en lo inmediato, muy importante y tiene un objetivo interno
en Estados Unidos, claro e inevitable.
Pero,
probablemente esta situación continuará, más o menos igual, luego de que eventualmente
desaparezca Ben Laden y se neutralicen algunos de los paraísos -equivalentes
a los paraísos fiscales- que protegen hoy a su organización. Lo
tercero que aparece relativamente claro, y llama la atención, es
que lo mismo que pasó en 1939, pasó en el 2001. Me estoy refiriendo
a que los franceses esperaban a los alemanes por la línea Maginot,
y de repente aparecieron desde otro lugar, usando en lo esencial,
un avance tecnológico conocido, pero que habían originalmente desarrollado,
como concepto, los británicos: el tanque.
De
alguna manera, el 11 de septiembre, cambia el mapa de los flancos
de vulnerabilidad en el sistema internacional. Estados Unidos
estaba orientado a protegerse contra eventuales misiles que vendrían desde un cierto lugar, y
repentinamente, aparecieron aviones comerciales propios manejados
por suicidas fanáticos. Probablemente en el futuro continuaremos
viendo demostraciones muy claras de los cambios de la vulnerabilidad.
También en este plano el mundo será imprevisible y volátil. En tal
sentido, el fenómeno del clivaje cultural interno dentro de los
países europeos es alarmante. Francia, en donde hay cerca de cuatro
millones de musulmanes instalados, en su mayor parte argelinos y
nordafricanos, ya tiene experiencia de los efectos que pueden tener
choques culturales internos fuertes.
Este
problema potencial de algunos países europeos, puede transformarse en un peligro real,
en una nueva manifestación de vulnerabilidad internacional. También
quisiera resaltar -volviendo a utilizar una categoría de Aron-,
lo que se ha producido, a partir del 11 de septiembre: un desplazamiento
de la línea de principal tensión.
Es
decir, la línea de principal
tensión todavía no está muy definida, pero da la impresión, una
vez más, que pasa muy lejos de aquí, como lo ha señalado Mónica
Hirst, cuando refiere a nuestra marginalidad relativa, y esto a
pesar de la posibilidad del tercer atentado, a pesar de lo que tengamos
que ver con la Triple Frontera. Finalmente, creo que vale la pena
reflexionar sobre el hecho de que la percepción de la globalización
también cambia. Hasta el 11 de septiembre, la globalización era
percibida como algo que invadía especialmente a los países periféricos,
frente a cuyos efectos se levantaban los movimientos contestatarios
diciendo: no queremos la globalización. Ahora, este fenómeno de
invasión parece extenderse en Estados Unidos y en Europa, porque
comienzan a tener, en territorio propio, los efectos de la globalización
a partir de las micropolaridades de la violencia. ¿Qué impacto tiene
o puede tener en la inserción de la Argentina en el mundo y en la
región, el nuevo escenario internacional surgido a partir del 11
de septiembre? En primer lugar, es preciso tener conciencia de que
a pesar de su marginalidad relativa, con respecto a la actual línea
de principal tensión, ni la Argentina ni su región, están exentas
de vulnerabilidades significativas que afecten su seguridad, sus
valores democráticos y sus estilos de vida.
Un
ejemplo lo constituye el bioterrorismo. Otro, más dramático, los dos atentados que ya
se han producido en el país. Por ello, el país no puede ser neutral
frente a la realidad de que haya micropolaridades de violencia terrorista
de alcance global. El rechazo a los hechos dramáticos del 11 de
septiembre ha sido, en tal sentido, claro y sin ambigüedades.
En
segundo lugar, es preciso revalorizar el sentido estratégico en
la región del Mercosur y sus asociados, como espacio de paz, estabilidad
y democracia, y como instrumento clave a la hora de gerenciar los
efectos de la crisis mundial, al menos en dos planos relevantes
para nuestro país: el de la seguridad y el del financiamiento internacional.
Debilitar
al Mercosur -como proyecto de claro alcance político,
más allá de su contenido económico-, en las actuales circunstancias,
es algo contrario al interés nacional. En tercer lugar, esto coloca
la cuestión de la eficiencia del Estado democrático en un primer
plano de la agenda nacional y en la perspectiva crucial de la seguridad,
como complemento de los requerimientos de eficiencia planteados
por las demandas sociales de bienestar y progreso.
En
cuarto lugar, revaloriza en la sociedad la necesidad de fortalecer
la capacidad instalada, especialmente en el mundo académico, para decodificar
las realidades del poder mundial desde una perspectiva nacional.
Hemos entrado en un mundo en el que para la Argentina y su región
contigüa, las multipolaridades de la violencia introducen también
una dimensión nueva en el fenómeno de la globalización, en la que
se acentuarán rasgos de imprevisibilidad y volatilidad que ya han
caracterizado las relaciones internacionales a partir del fin de
la Guerra Fría.
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