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LA INSEGURIDAD ABSOLUTA

Ángel Tello

Al 11 de septiembre pasado, el mundo contuvo la respiración cuando vio por televisión los atentados terroristas contra el Pentágono y las torres gemelas de Nueva York, hechos que impactaron nuestras creencias y sentimientos más caros. Un grupo de fanáticos, sirviéndose de los instrumentos más modernos que la tecnología ofrece, con un nivel educativo relativamente elevado y, sobre todo, con gran decisión, le mostraron al mundo que todo es posible y que nunca está dicha la última palabra en lo que al horror se refiere.

Estos individuos, armados con cuchillos y el miedo de los demás, forzaron los límites humanos de la vida y de la muerte. El terrorismo no es una novedad. Desde hace siglos ha sido un método empleado por débiles que deseaban doblegar a otro más fuerte imponiendo la parálisis y el miedo. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, grupos especiales nazis recurrieron a esta herramienta para doblegar a poblaciones ocupadas por los ejércitos alemanes en Europa; en Argelia, el Frente de Liberación Nacional recurrió a acciones de este tipo para expulsar a los franceses de su territorio, quienes, a su vez, también hicieron uso del terror contra los nacionalistas de este país norafricano.

Lo que hoy resulta novedoso es la aparición de comandos suicidas, que surgieron en la escena internacional en los años ochenta en Medio Oriente y hace algunos días atentaron contra estos edificios en Estados Unidos. Comandos suicidas cuya acción fue posible gracias a que las democracias occidentales garantizan las libertades fundamentales del individuo, lo que les permitió operar sin ser molestados y colocar una vez más en el centro de la escena el debate entre libertad y seguridad.

Grupos facciosos para los cuales la muerte en combate, o el suicidio, contra aquellos que expresan una creencia distinta constituyen motivo mayor de redención y de acceso al añorado Paraíso. Individuos que, entre otros aspectos, nos plantean brutalmente la utilidad de la máxima condena que aún mantienen los códigos de algunas naciones, como la pena de muerte. Organizaciones ligadas en muchos casos a oscuros intereses y al delito transnacional, como el tráfico de drogas, de armas u otras actividades ilícitas, cuando no financiadas por Estados o por sectores de poder vinculados al comercio o las finanzas internacionales.

Organizaciones que, curiosamente, por un lado parecen exhibir el nivel más elevado de desinterés personal y de entrega a una causa por parte de sus miembros, mientras que por otro lado no dudan en asociarse con cualquier grupo mafioso que circula en el planeta. Terroristas sin rostro y sin domicilio, que cuentan a su favor con la sorpresa, el espacio y el tiempo para llevar adelante sus acciones criminales. Acciones que, por otro lado, se realizan sobre el trasfondo de un proceso globalizador que opera urbi et orbi marginando a miles de millones de seres humanos, compeliéndolos cada día a la pobreza y, a lo que a mi juicio es lo más grave, quitándoles la esperanza y el futuro.

Globalización, cuya dinámica intrínseca ha debilitado seriamente a los Estados-nación, cuando son la mejor herramienta para la organización de las comunidades y para la confiabilidad y previsibilidad del sistema internacional, y que aparece ahora revalorizada en su capacidad para actuar eficazmente frente a la amenaza terrorista.

Este mundo globalizado reconoce también un vaciamiento de valores trascendentes que, sumado a la marginación y a la pobreza, al consumo desenfrenado para pocos como meta de la vida humana y al individualismo exacerbado, quiebra solidaridades, sentido de pertenencia, culturas y diversidades caras a los seres humanos y a un sano equilibrio de poderes. Sobre esta realidad operan los grupos terroristas sin que esto implique asimilarlos a una religión de paz y gran riqueza cultural como es el Islam. Sin embargo, para combatirlos eficazmente se los debe aislar de sus bases de apoyo y aplicarles luego la fuerza de la ley.

Esto obliga a los centros del poder en el mundo a trabajar para una distribución más equitativa de las riquezas y a un gran esfuerzo de educación que acompañe la misma. Es en este contexto, sucintamente expuesto, donde se debe considerar la seguridad de la Nación. Estamos ante riesgos de una gravedad inusitada, con más incertidumbres que certezas, y frente a los cuales las capacidades de anticipación y prevención de los Estados ocupan un rol primordial.

Resulta obvio que los instrumentos de ayuda a la comunidad y de defensa civil deben funcionar aceitadamente una vez que una catástrofe se produce. Pero, por aquello de que más vale prevenir que lamentar, se trata de evitar que tal hecho ocurra y para ello la tarea de la inteligencia constituye una pieza fundamental del sistema. La acción concertada y armónica de todos los instrumentos que el Estado tiene en sus manos es quizás la herramienta más poderosa en la lucha contra la amenaza terrorista.

Poca es la utilidad que tiene el mejor o más sofisticado sistema de armas si aquellos que lo comandan no aciertan o desconocen el blanco a atacar. Debe tenerse presente que enfrentamos a un adversario novedoso con estructuras de defensa y seguridad preparadas para disuadir, o eventualmente combatir, amenazas tradicionales, clásicas y previsibles. El debate entre seguridad y libertad es, en este caso, un dilema falso; de resolverse a favor del primero de los términos, estaríamos contribuyendo al triunfo de los terroristas porque echaríamos por tierra un pilar fundamental de la civilización occidental.

De lo que se trata, tanto a nivel internacional como interno, es de entender la magnitud del desafío, de categorizar a este tipo de terrorismo claramente como una amenaza de origen externo y de actuar con la ley, demostrando que la legalidad es parte de nuestra fortaleza y que se puede combatir este flagelo garantizando al mismo tiempo principios y valores que hacen a la razón de ser de nuestras sociedades.

De que nuestras sociedades se reafirmen en estos valores trascendentes y comprendan que se trata de un desafío nuevo que puede llegar a afectar su propia existencia, depende el triunfo en esta causa por la libertad, la igualdad y la justicia. Nos encontramos hoy ante una nueva encrucijada de la historia que replantea un cambio de las relaciones en el mundo. Para estos grupos facciosos, el fin justifica los medios, como también lo han planteado otros actores en otros momentos de este devenir complejo y turbulento de la humanidad. Prefiero entonces aquella cita de Disraeli cuando decía: "En política, los medios justifican los fines".

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