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LA INSEGURIDAD ABSOLUTA

Dante Caputo

El primer interrogante que surge de los atentados en Estados Unidos se vincula a una posible bifurcación. ¿Es ésta una catástrofe más, que será tapada por los acontecimientos futuros -dentro de cinco o seis meses otros hechos van a ocupar la atención pública y van a ser el centro de preocupación de Estados Unidos y del resto del mundo- o, por el contrario, se clausuró la transición de entreguerras? Entendiendo por entreguerras al período que va desde la terminación de la Guerra Fría hasta el 11 de septiembre.

Creo que estos episodios marcan la culminación de esos diez años, donde lo que quedaba claro era lo que había terminado, pero para nada lo que estaba empezando. Además, considero que en ese período se cometió el error de creer que la agenda mundial era una agenda económica y financiera, no una agenda entre Estados, y que las relaciones internacionales no tenían como eje, o como la razón de ser, su articulación al poder político y al poder militar. Soy un firme convencido de que las relaciones mundiales son primeramente relaciones de poder político y militar, y después de otra índole.

En estos diez años se creyó que inaugurábamos un nuevo orden cuya característica principal era un mundo globalizado y articulado en torno a relaciones económicas y financieras. Reiterando, dentro de seis meses ¿la historia habrá diluido el impacto del 11 de septiembre o demostrará que entramos, ahora sí, en un nuevo orden? Si ocurre lo primero, probablemente seguiremos como hasta ahora. Caso contrario, ¿cuál será la naturaleza del orden mundial a partir de este hecho mayor del 11 de septiembre? Mi impresión es que inauguramos una nueva historia.

Me parece excepcionalmente llamativa la manera en que se están desarrollando los acontecimientos, donde notamos una transformación de las primeras reacciones. Recordemos, por ejemplo, las duras declaraciones que en un primer momento surgieron del presidente George W. Bush, del vicepresidente Dick Cheney o del presidente del subcomité de Inteligencia, Graham. Hoy estamos viviendo una situación totalmente diferente. Creo que deberíamos explorar más esta contradicción de por lo menos dos líneas dentro de Estados Unidos.

La que expresa el secretario de Estado, Colin Powell, y la que expresan, no los militares sino los civiles que están alrededor de los militares. La prudencia en las declaraciones de Powell expresa mucho más el pensamiento militar, a pesar de su cargo. Esto no significa que la respuesta de Estados Unidos no vaya a ser dura, sino que será dura e inteligente, es decir, dos veces dura. Ahí es donde podemos encontrar una pista: en la eficiencia de la respuesta, en su seriedad y profundidad. Creo que la lucha antiterrorista, y su simétrica, la lucha por la seguridad, se va a convertir en un hecho mayor en el ámbito mundial.

Estados Unidos está recuperando la existencia de un enemigo -condición esencial para cualquier imperio, ya que la dominación se complica enormemente con la ausencia de enemigos-. Enemigo en el ámbito militar, político y de inteligencia. El enemigo ya no es la deuda, no es la crisis financiera de los países emergentes, no es el proteccionismo. El enemigo es alguien contra quien se va a luchar con un sistema de información y de inteligencia y con la fuerza armada. Y la aparición del enemigo con esos datos, será determinante en la manera en que se estructuren las relaciones mundiales. Por otra parte, el tema del poder dentro de Estados Unidos es un hecho lateral al que estamos debatiendo, pero existen vínculos entre ellos. Hay dos cosas que llaman la atención.

Durante diez años presumimos estar avanzando hacia la unidad global, donde los Estados terminaban siendo anacrónicos -excepto los Estados verdaderos-, donde la aldea global era la competencia de capital contra capital, mercado contra mercado, finanzas contra finanzas, y donde el poder militar, entre otros, aparecía marginado. Esto es lo que parece estar puesto en duda en este momento.

En segundo lugar, un hecho que se desarrolla independientemente de los acontecimientos que estamos viendo, pero que no es menor, es el cambio de alianza de poder dentro de Estados Unidos.

La insinuación de una ruptura del vínculo entre Clinton y Wall Street -o el mundo de las finanzas-, y el paso a una relación entre Bush y el mundo de la energía. Al lado de esta transformación de la naturaleza de la globalización, que vuelve a ser la de un mundo regido por relaciones políticas, militares y de Estados, se produce, en el centro del Imperio un cambio, aparente, de la alianza política que sustenta el poder. De la relación Casa Blanca -mundo financiero se pasa a una relación Casa Blanca- mundo de la economía real, o mundo de la energía. En síntesis, pasamos una frontera que concluye la transición y el tema del terrorismo -y su contraparte, la seguridad- se convertirá en un tema central.

Esto va a reafirmar la idea de que las relaciones internacionales, antes que financieras o económicas, siguen siendo relaciones de poder, y de poder militar. Esto tiene traducciones para las arenas exteriores, y para el caso de nuestros países se requiere una política muy activa; esa prudencia de no abrir demasiado la boca a ver si llamamos a los demonios o no vaya a ser que nos convirtamos otra vez en un blanco -en el sentido original de la palabra- no es una virtud. Esto puede traer consecuencias muy importantes para la región, y me parece que debemos manejar el tema con extrema inteligencia y cuidado. Si tuviera que identificar un peligro en términos regionales, señalaría el peligro del renacimiento de una nueva concepción de la seguridad. No porque esta concepción esté equivocada per se.

La lucha de la democracia contra el comunismo no era mala, era correcta, pero alrededor de esa lucha se montó una doctrina, una concepción que consideraba que las democracias son peligrosas, que las libertades individuales son prescindibles, y que señalaba a los criminales, pero toleraba a algunos cuando eran nuestros criminales. Me refiero, obviamente, a la Doctrina de la Seguridad Continental. No veo la reiteración de la historia -verdaderamente- pero ese peligro existió en estas tierras. Creo que sería un grave error pensar, como se pensó en la época de la Guerra Fría, que la lucha contra el terrorismo es una pelea de otros. La Guerra Fría se desarrolló en nuestras tierras y la violencia de América Latina fue la expresión, mayormente, del enfrentamiento Este-Oeste.

El actual no es el mismo enfrentamiento, no obstante puede pensarse que el único peligro para nosotros es el tercer atentado. Pero no es ni el único ni el mayor peligro. Hoy, en la Argentina se debate sobre la injerencia de las fuerzas armadas en cuestiones de inteligencia. Esta posibilidad me parece peligrosa, no en sí misma sino en el marco de nuestra historia. En otro lugar o en otro momento puede tener validez y ser útil, pero creo que hoy y acá es peligrosa. Es muy importante sacar algunas lecciones sobre dos hechos: la Guerra Fría y la Guerra Fría en América Latina.

La idea generalizada en estos territorios exteriores era que la Guerra Fría era la guerra entre los misiles soviéticos y los norteamericanos, que la lejanía era nuestra protección, no por el invierno nuclear, porque, en última instancia, un conflicto nuclear nos iba a tocar en materia de radiaciones. La traducción en nuestros países de las cuestiones de la Guerra Fría fue lo que conocimos como Doctrina de la Seguridad Continental. Creo que nadie, razonablemente, puede explicar la sincronía y la magnitud del fenómeno del terrorismo de Estado por causas endógenas. Dentro de nuestro país estaban los de un lado y estaban los del otro.

Es decir, la magnitud que adquirió el conflicto que arrasó con violencia a nuestros países, durante veinte o treinta años se explica -reitero, la magnitud, no las causas- sustancialmente por el conflicto y el hostigamiento en los terceros territorios; no en el territorio de los soviéticos y sus aliados, ni en el territorio norteamericano, sino en los nuestros.

Por lo tanto, la Guerra Fría creo que nos enseña una cosa: el problema más serio que tuvo la humanidad, su supervivencia -estuvimos al borde de la destrucción del planeta durante cincuenta años- fue tratado de una manera tal que se produjo el deslizamiento de la capacidad de decisión política a la decisión militar. No eran los presidentes quienes decidían el ataque nuclear, ni el tamaño del arsenal, ni las necesidades militares.

Truman lo logra parar, pero Eisenhower con los decretos de pre-delegación transmite a los militares norteamericanos la capacidad de respuesta nuclear. Sobre un tema en lo cual se decidía si la especie humana subsistía o no, pasó esto. Esa experiencia indica la irresponsabilidad con que temas inmensos pueden ser tratados y llevar el centro de decisiones a quien no tiene la capacidad de decisión delegada soberanamente por el pueblo.

La lucha por las libertades contra el comunismo o la lucha de la vida contra el terrorismo son causas justas. Pero las causas justas no van necesariamente de la mano de quien trabaja en esas causas. No podemos mezclar dos planos de esta historia, la lucha contra el terrorismo, por un lado, y las necesidades de los hombres, de las naciones y de los imperios que luchan y que precisan refundar las razones de su hegemonía, sus razones en el mundo, por el otro.

Esto puede parecer un poco utilitario frente al drama de Nueva York, pero es importante deslindarlo al momento del análisis, porque de la causa justa se deriva una lógica, de los hombres justos se deriva otra lógica. El peligro principal es que la distorsión de la causa -la lógica interna de los actores y de las naciones que enarbolan la causa- trasladen a la Argentina este problema.

No por el riesgo solamente -que es grave y cierto- del tercer atentado, sino por la instauración de la lógica nueva, distinta, adaptada, de una Doctrina de Seguridad Continental.

Creo que la idea de trasmitirle la delegación a las Fuerzas Armadas de hacer Inteligencia en el país puede ser el primer paso a un infierno. Vimos cómo funcionó esto en el pasado y con los mismos actores y pueblo que no han resuelto sus problemas básicos, no tiene porqué tener un epílogo distinto al que conocemos.

De manera que me parecen peligrosas dos cosas: Primero, que la posición argentina esté montada sobre la idea nos alineamos, con lo cual vamos a entrar en la lógica, no de los valores sino en la lógica de los imperios, en la lógica de las necesidades imperiales, no en la lógica de defender los valores de la vida contra el terrorismo. Además, porque nos van a dictar esa lógica. Segundo, creer que no tenemos que tener política y que tenemos que ser o alineados o neutrales, y si es posible, alineados y neutrales.

Esto sería óptimo para quienes hoy comandan las decisiones. Decisiones que hasta el momento han sido cautelosas, no son malas per se, pero me parece que les faltan mucho para convertirse en lo que deberían ser. Porque el peligro para estos países es inmenso y no se puede ser neutral, porque la guerra exterior se puede traducir en guerra interior.

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