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La nueva crisis de la deuda
Por Anibal Y. Jozami

La Cumbre del Grupo de los Ocho y sus secuelas han incorporado, dramáticamente, un dato relevante para la nueva política transnacional: el discurso único y excluyente que define a la globalización como una panacea ha encontrado su opuesto dialéctico en un movimiento global contestatario que aparece firmemente decidido a hacer oír otras voces en el debate político.

La deuda global de los países emergentes ocupa necesariamente un lugar en ese nuevo debate, pero no solamente por su capacidad para contaminar el plano de los pingües negocios globales que todos le reconocen. También se trata de ver qué ocurre con aquellos países, que en la década de los noventa, pusieron todo su empeño y sacrificio en alcanzar el paraíso predicado por los profetas de la nueva economía y del Consenso de Washington.

La crisis de confianza que golpea a la economía argentina no ha hecho más que poner, otra vez en el centro del debate, una cuestión que muchos creyeron superada con la década de los ochenta y con las reformas de los noventa: la crisis de la deuda de los mercados emergentes.

Más allá de la poca o mucha pericia de los gobiernos que a su turno debieron ejercer el poder, lo cierto es que esas economías que en la década pasada creyeron que tenían asegurado su ingreso al núcleo de las naciones más desarrolladas de la Tierra, ahora verifican, con amargura, que el milagro no se produjo y que, al final de la noche, se encuentran con una deuda externa impagable, con sistemas económicos desmantelados y con muy pocas posibilidades de reciclarse en el corto plazo para comenzar a generar las mejores condiciones en pos de un genuino progreso económico y social.

La crisis que se vislumbra en el inestable universo de las economías emergentes es, a la vez, parecida y bien distinta a la crisis de la deuda de los ochenta. Parecida porque una vez más se fomentó, por parte de los acreedores, el endeudamiento a altas tasas como forma de salir de los problemas coyunturales sin encarar soluciones de fondo. Distinta porque ahora los tenedores de los bonos de la deuda son un sinnúmero de personas, sobre todo a través de fondos de inversión, quienes alrededor del mundo comercian cada día con los rendimientos financieros y especulativos de esos compromisos.

En cualquier caso, el mecanismo perverso en el que estamos inmersos hace vender los bonos de los países en problemas, esto obliga inmediatamente a subir las tasas bancarias domésticas, y por ese camino se inhibe cualquier posibilidad de crecimiento económico. Así se recicla el empobrecimiento y el reclamo de los organismos multilaterales de crédito para que se apliquen las recetas de desmantelamiento del poder del Estado y del gobierno, alentando la baja del gasto público, sin que importe el efecto pobreza y la fragmentación de la estructura social que esas medidas contribuyen a provocar. Se trata, por lo contrario, de impulsar una reestructuración de las deudas críticas de los países emergentes con la anuencia y la participación de todos los actores involucrados en el problema. El corazón de esa negociación estaría en conseguir una quita al actual valor de los bonos, de modo tal de poder transformar la deuda en un monto manejable, cuyo pago sea creíble y efectivo en los términos acordados. El alivio que eso supone, posibilitará rediseñar políticas que en lo económico sean activas y en lo institucional permitan una reingeniería del Estado que al adecuarlo a la realidad de hoy, lo fortalezca en los ámbitos en los que tiene que actuar. Esto debe hacerse sobre la base de la crítica ideológica de los errores cometidos e intentando, desde esa crítica, entender como países europeos, que no han caído en la exageración de despreciar todo lo anterior, hoy muestran los signos de crecimiento que los economistas del neoliberalismo, en cualquiera de sus variantes, no logran impulsar en nuestros países.

Esa es la razón principal que llevará a los acreedores, más tarde o más temprano, a sentarse a la mesa de las negociaciones de un replanteo de la deuda de los países emergentes. No será una negociación sencilla. Deberán articularse intereses diversos y aparentemente contradictorios, que se han expresado, durante décadas, en una suerte de diálogo de sordos.

Tal vez la nueva crisis de la deuda y los movimientos llamados antiglobalización, con sus manifestaciones en los distintos países -que en definitiva sólo plantean la necesidad de adecuar la economía a las necesidades de la gente- terminen siendo la oportunidad que necesitamos para probar y para probarnos, una vez más, que los pueblos son los verdaderos sujetos de la Historia y que en su marcha incesante siempre encuentran el lugar y el momento para expresarse defendiendo sus intereses y su identidad.

 

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Anibal Y. Jozami
Sociologo

- Docente en Relaciones Internacionales en las Universidades Nacionales de Buenos Aires; San Martín; Tres de Febrero y Universidad del Salvador de la Argentina
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- Rector de la Universidad Nacional de Tres de Febrero

- Presidente del Consejo de Administración del Instituto Internacional de la Unesco para la Educación Superior en América Latina y el Caribe

- Presidente de la "Fundación Foro del Sur"

- Director de la Revista "Archivos del Presente"

- Presidente de la Fundación Banco de la Ciudad de Buenos Aires

- Miembro de Diversas Instituciones Académicas Argentinas y Extranjeras y Profesor invitado por Universidades Nacionales y del Exterior.

- Ex-secretario de Estado de políticas universitarias del Ministerio de Cultura y Educación de la Argentina

- Caballero de la Orden Nacional al mérito de la República de Francia

 

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