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Carta del Director.
Por Anibal Y. Jozami

El resultado más importante de las negociaciones que los ministros de comercio de las Américas llevaron a cabo en Buenos Aires, durante la primera semana de abril, no fue tanto la definición acerca de la fecha del comienzo de la vigencia del tratado -el año 2005, de acuerdo con el criterio impuesto por Brasil-, como las claras definiciones que los gobiernos y los actores políticos continentales más relevantes hicieron públicas, en torno al proceso de integración hemisférica que habrá de caracterizar la historia continental de los próximos años.

El debate planteado es, de lejos, el más importante de la política regional en años, y ha dejado al descubierto las opiniones y los intereses de los grupos políticos y sociales más relevantes del hemisferio. Estos grupos se han visto obligados a definirse a favor o en contra de las negociaciones en marcha, de sus contenidos y de sus plazos, poniendo de manifiesto para todos que la opinión pública americana ya ha asumido al proceso de conformación del ALCA como el tema más importante de las primeras décadas del siglo que comienza.

Resulta notable que los actores involucrados en estas definiciones hayan elegido, como cuestión central del debate, el punto de vista económico en general y, como mecanismo específico de la integración, el intercambio comercial.

En relación con estos temas han opinado tanto los gobiernos como los sindicatos de trabajadores, las asociaciones de estudiantes, las centrales empresarias, y hasta las organizaciones preocupadas por el medio ambiente. Todos asumen -asumimos- como la única agenda posible, la creada en la década pasada, condicionada por la idea de que luego del final de la Guerra Fría la política internacional se había reducido a cuestiones económicas y comerciales.

Pareciera que, para Estados Unidos, el objetivo central consiste en asegurarse un mercado cercano de trescientos millones de consumidores potenciales -que por ahora muestran un nivel de ingresos mensuales promedio que no superan los cuatrocientos dólares- para sus productos más competitivos: nuevas tecnologías -sobre todo las basadas en comunicaciones y en la informática-, comercio electrónico, industrias con patentes originales propias, junto a una desregulación rápida y completa de las comunicaciones y del transporte aéreo.

Para las economías más grandes de América Latina, el objetivo más importante del proceso de integración hemisférica en marcha tiene, al mismo tiempo, objetivos muy claros: la apertura clara y franca de los mercados de América del Norte -unos trescientos cincuenta millones de consumidores con alto nivel de ingresos- para los productos agro industriales y alimentos, para algunos insumos industriales específicos, y para ciertas manufacturas locales con algún tipo de valor agregado importante, aun a costa de terminar con el sistema de subsidios a la producción local que presentan los Estados Unidos.Sin embargo, Chávez no se conformó con su nueva alianza estratégica. También recibió en Caracas a los presidentes de Colombia y México, para volver a dar vida al llamado Grupo de los Tres, una alianza entre Venezuela, Colombia y México que quiso nacer en 1989, pero que fue dejada de lado por los gobiernos de esos países durante toda la década de los noventa. La apuesta del presidente de Venezuela es por demás ambiciosa. Por un lado, quiere establecer con México una relación especial de acuerdo político que le permita decidir con claros criterios políticos regionales el uso del poder derivado de ser, ambos, los dos principales proveedores continentales de petróleo de Estados Unidos. Con respecto a Colombia, el objetivo de Venezuela sigue siendo crear una red protectora, de modo de ayudar a la resolución del conflicto, limitando la injerencia de Estados Unidos en la región al mínimo.

Chávez, empero, no piensa limitarse con esos dos vectores. De acuerdo con sus propias palabras, intentará que México sea el principal interlocutor de su país a la hora de relacionarse con el NAFTA, y el aliado confiable a la hora de buscar espacios de diálogo con Estados Unidos.

En suma, Venezuela ha entendido claramente aquello que otros países de la región parecen ignorar: la integración en marcha es, ante todo, un proceso político cuya principal característica consiste, precisamente, en una compleja y sistemática armonización de múltiples intereses nacionales, en una realidad hemisférica cada vez más compleja y dinámica.

Por ahora, los líderes políticos argentinos no parecen haber comprendido el cambio de situación. Se los ve más preocupados por las precisiones técnicas comerciales, o por la pulcritud de los discursos ideológicos, antes que por entender y asumir, a través de los propios gestos, que se trata de un juego de poder en el cual las decisiones y las opiniones van definiendo a cada minuto escenarios donde se juegan a la vez intereses políticos, económicos y sociales.

Ese proceso panamericano de integración obliga, por lo tanto, a los líderes de cada país a definir con certeza cuáles son sus propios intereses nacionales, en medio de una dinámica de integración que resulta ya incontenible.

Por eso mismo resulta ridícula la discusión planteada en algunos cenáculos argentinos, acerca si el país debe adherir al Mercosur o al ALCA, como si se tratara de alternativas para pasar un fin de semana.

Las negociaciones de Buenos Aires demostraron un dinamismo y una complejidad tales que, muy probablemente, Argentina deberá aprender a convivir con ambos procesos, para poder sobrevivir a una nueva dinámica política hemisférica que se revela como la primera y más palpable dimensión de la necesaria integración del país con un mundo complejo y peligroso.

Seguramente nuestros líderes políticos deberán acostumbrarse a la incómoda sensación de ser parte de un juego peligroso, donde la integración regional será apenas la etiqueta que ponga un nombre tranquilizador a una sucesión de apuestas a ciegas -o poco menos- que encierren la posibilidad de conquistar o perder objetivos políticos y económicos, cuya defensa o pérdida influirán absolutamente en la vida de cada uno de los ciudadanos.

En consecuencia, parece razonable no aceptar las condiciones ideológicas para abordar el proceso de integración hemisférica en marcha. Un punto de vista restringido a las fórmulas tranquilizadoras y convencionales, solamente puede ser funcional a esa pereza mental que impide distinguir con claridad cuáles son los intereses nacionales que se deben defender y potenciar a lo largo de este proceso que recién comienza, y que fue definido desde estas páginas como una sucesión de equilibrios dinámicos e inestables.

Habrá que acostumbrarse a la idea de convivir con esas sensaciones, aceptando el desafío de jugar el nuevo juego del poder regional, sin entrar en las batallas de los demás mientras no sea absolutamente necesario e intentando, a la vez, encontrar coincidencias en cuanto a determinadas cuestiones. De ese modo, se creará una sinergia lo suficientemente potente como para que el proceso de integración hemisférico se convierta en una palanca capaz de potenciar la propia fuerza nacional, antes que una pesadilla que frustre las mejores intenciones.

El desafío estratégico que enfrentan los líderes políticos argentinos a partir de ahora es de tal magnitud que no distingue alineamientos partidarios ni ideológicos.

Habrá que reflexionar con humildad para tomar las mejores decisiones, después de escuchar las voces de todos los actores involucrados. Porque, de aquí en más, el eje de esas resoluciones será, ni más ni menos, que la resolución de claros conflictos de intereses. Hasta ahora la Argentina ha sido un país desgarrado por visiones particulares que pretenden revestir, con ropaje patriótico, intereses individuales o exclusivos de un círculo. Tal vez ha llegado la hora de transformar de un modo revolucionario el punto de vista decisivo de la política local, asumiendo claramente que las consecuencias de las decisiones y del rumbo que signen el proceso de integración regional, serán los datos centrales que darán forma, sentido y contenido a la Argentina del nuevo siglo.

El desafío político de los líderes argentinos consiste, precisamente, en transformar la pregunta por el interés nacional en la cuestión principal de cualquier debate, reflexión o determinación, después de dos siglos de existencia nacional donde el aislamiento permitía, por cierto, la ilusión de la impunidad en torno a las decisiones de política internacional, lo que implica ahora la necesidad de definir correctamente las alianzas.

No hay que engañarse. La Cumbre de Quebec que tiene lugar en estos días, será solamente un nuevo escenario de este juego que, en los próximos años, seguirá demandando definiciones cada vez más complejas y decisivas por parte de cada una de las naciones del continente.

Quizás la clave consista en evitar que los preconceptos y las modas ideológicas nos arrastren a posiciones o definiciones, desde las cuales la defensa de ese interés nacional se torna casi imposible.

Habrá que acostumbrarse a la idea de que las cuestiones económicas y comerciales son apenas metáforas de alineamientos y definiciones políticas que, por su misma naturaleza, pondrán en juego cuestiones tales como el liderazgo o las hegemonías en la región.

Finalmente, en medio de tanta adrenalina, no hay que olvidar que los verdaderos protagonistas de esta integración son los pueblos de nuestro continente quienes, más allá de las decisiones políticas, ya están actuando con la certeza de quienes reconocen en nuestra América su verdadera Patria Grande.

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