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El
ajedrez del poder del Nuevo Siglo
Por
Anibal Y. Jozami
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Es un movimiento
casi imperceptible en el cual los actores menos esperados son quienes
primero asumen las consecuencias prácticas del hecho de que,
en términos estratégicos, la idea de un poder concentrado
y rígido no resulta compatible con un proceso cultural y
social definido por la emergencia de multitud de herramientas operativas
que marchan en el sentido opuesto.
Las propias Naciones Unidas han decidido asumir la cuestión
de la Cultura del Valor como un tema central de su agenda global,
propiciando iniciativas tales como la Cultura de Paz o la Cultura
de la Legalidad, en acciones tan diversas como las que llevaron
a la creación de un Tribunal de Justicia Internacional o
la lucha contra el crimen transnacional organizado.
Ese movimiento se registra tanto en el nivel personal como en el
nivel social, donde ya resulta evidente que las organizaciones populares
de todo tipo y perfil se movilizan, con una fuerza impensada hasta
hace poco, para ocupar el espacio público que la retirada
del Estado ha dejado vacante.
Sin embargo, es en el nivel político y cultural donde la
aparición de un nuevo tipo de poder se hace más evidente
y casi tangible.
Algunos han elegido definirlo como el soft power, haciendo así
alusión al hecho de que ha nacido en oposición y como
alternativa al poder concentrado del dinero y del monopolio en el
uso de la violencia extrema.
En rigor, se trata del poder de los valores, entendiendo por tal
la difusión y la consolidación de creencias y actitudes
centradas en las posibilidades y dificultades de ser feliz, en un
mundo en el que los objetos de consumo se multiplican a la par que
la profunda insatisfacción nacida del peor de los vacíos
existenciales.
Tal vez, lo más significativo a tener en cuenta en todos
los análisis es el hecho de que ese nuevo tipo de poder se
está instalando en la disputa por el poder global como un
actor de primer nivel, más allá de las previsiones
de los políticos y de los analistas.
Hubo un tramo de la historia contemporánea en que se habló
de la hora de los pueblos para identificar aquella ola política
que, en todo el mundo, procuró sin éxito dar la batalla
final contra los imperialismos.
Tal vez haya llegado la hora de pensar, por una vez, que los pueblos
volverán a tener su hora, aunque sin tener que someterse
a los dudosos mecanismos de representación que cíclicamente
les ofrecen quienes pretenden realizar un ejercicio discrecional
del poder, encubierto bajo el manto de la voluntad de las mayorías.
El signo de estos tiempos -como Alvin Toffler y el propio Michel
Foucault han explicado hasta el cansancio- es el cambio del poder.
La esencia de ese cambio es el fin de la era en que la capacidad
de decisión estaba concentrada en ciertos espacios a los
que únicamente accedían los elegidos.
La novedad más importante es que, ahora, el poder puede ser
ejercido desde cualquier lugar y desde cualquier posición.
Consecuentemente con ello, los llamados efectos de poder aparecen
de todas las maneras, aun en las menos previsibles.
Quizás ésa sea la clave del renacer de la idea del
pueblo como protagonista privilegiado de la historia. Sólo
que, esta vez, no se trata de la creación interesada de algún
grupo de iluminados sino de una emergencia clara, despojada de voluntad
de poder, ejercida con libertad y hasta con sagacidad, en un contexto
complejo y riesgoso donde la única regla es la imprevisibilidad.
Contra esta nueva conciencia colectiva que aflora, actúan
también poderosas fuerzas disgregadoras, que procuran someter
al hombre del nuevo siglo a la ficción de sentirse protagonista
por el mero hecho de consumir medios de comunicación de todo
tipo.
Esa tensión es, paradójicamente, la que verifica la
existencia de una nueva posibilidad estratégica, en particular
para pueblos como los latinoamericanos, que han vivido las últimas
décadas con la angustia de quien lucha a diario por evitar
su marginación definitiva.
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