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El ajedrez del poder en el Nuevo Siglo.
Por Anibal Y. Jozami

Ha transcurrido ya el primer año del siglo que la cultura global pretendió transformar en la línea divisoria entre el pasado y el futuro. Y lo evidente es que, una vez disipada la borrachera del fin de la historia y calmada la excitación que produjo la idea del llamado pensamiento único, se ha iniciado un proceso caótico e intenso, donde los nuevos actores políticos y estratégicos están ocupando su lugar en el juego por el poder mundial, sin pedir permiso.

El liderazgo de Estados Unidos parece estar derivando hacia una forma de conservadurismo que busca combinar, en una rara alquimia, el temor conservador a la apertura del país hacia las corrientes globales, con la demanda de un nuevo tipo de liderazgo basado más bien en la identificación práctica de los intereses concretos de Washington en cada caso, antes que en la idea de que es posible imponer el propio modelo de sociedad, en cualquier lugar y en cualquier momento.

Nadie sabe qué puede resultar del experimento del conservadurismo compasivo que intenta sintetizar Bush el joven. Sin embargo está claro que, para América Latina, la agenda regional se tornará a partir de ahora más intensa y más comprometida, toda vez que en nuestro propio territorio comenzó a desarrollarse el desafío estratégico más intenso que enfrentarán los Estados Unidos en la primera década del nuevo siglo.

No se trata del surgimiento de un nuevo y contundente liderazgo político o militar, ni del nacimiento de una ideología muy clara o precisa. Quienes saben escuchar el rumor de los pueblos de la región ya distinguen claramente que la década de los noventa dejó el amargo sabor del fracaso, debido al enorme deterioro social que ha sufrido nuestra gente. Y por eso mismo saben que, en América Latina, ha llegado la hora de buscar nuevos caminos en los que la única ley vigente deje de ser el lucro a toda costa.

La paz sigue siendo una infeliz quimera para quienes deben convivir en Medio Oriente. Y la experiencia de finales del año pasado demostró que no existe todavía ningún liderazgo global capaz de imponer sus condiciones a la mezquindad política de algunos de los conductores de la región.

En el otro extremo del planeta, la República Popular China parece dispuesta a asumir su porción del liderazgo global, sin cortapisa alguna. El proceso de reconciliación con Taiwan ha ido de la mano de la consolidación del poderío nuclear chino, y de la decisión de transformarse, en los próximos años, en un actor decisivo del comercio mundial.

Mientras tanto, el liderazgo de la Federación Rusa aparece ya como un decidido promotor de todas las alianzas políticas y militares capaces de demostrar que Estados Unidos no están en condiciones de ejercer el poder de control global que se arrogaron durante la década pasada.

Ese panorama, cambiante y sin reglas, se verifica dentro de un contexto global en que las iniciativas de los actores de la sociedad civil se multiplican para alentar la consolidación de nuevos valores individuales y sociales. Todo ello, con el objetivo de gestar una civilización mundial en que los valores del entendimiento y del mejoramiento de la calidad de vida superen en eficacia a aquéllos de la cultura del maltrato y de la guerra.

Más allá de la voluntad política o el control de los Estados, se van anudando, entre los pueblos y entre los individuos, nuevos vínculos centrados en esos valores. Para algunos pensadores, se trata de la nueva encarnación de aquella noción del pueblo que nació de las revoluciones hijas de la Revolución Norteamericana y de la Revolución Francesa. Un nuevo poder global capaz de contribuir a la construcción de una aldea global más confortable, asumiendo las diferencias y la diversidad como ventajas estratégicas incomparables.

Nadie sabe bien cuál será el destino final de esta energía que bulle por todas partes. No obstante, se verifica una muy clara conciencia colectiva acerca de que las nuevas respuestas que van naciendo son esencialmente culturales, porque reclaman un rescate de las identidades perdidas como el mejor camino para encontrar un punto fijo en medio de tantos tembladerales.

Tal vez debamos acostumbrarnos a convivir con una única certeza: la lucha por el poder global no solamente está aún indefinida, sino que ha comenzado a ser transitada por fuerzas políticas, sociales, económicas y culturales que, en su conjunto -y a pesar de su aparente inconexión-, parecen llamadas a imponer sus condiciones, inclusive a quienes han hecho de la concentración del poder global su arma más paradójica y letal.

Dentro del peligroso e impredecible mundo donde nos ha tocado vivir, ya se percibe claramente que las batallas decisivas no son políticas ni militares. Son esencialmente culturales, porque el nacimiento de un nuevo tipo de civilización lleva implícita la discusión acerca de cuáles serán las principales características del hogar que el hombre ha comenzado a construirse para los tiempos que vendrán.

Probablemente este nuevo tipo de fenómeno social no resultará fácil de apreciar. En rigor, se trata de conexiones incesantes entre actores que, hasta hace poco, aparecían como los inevitables condenados de la tierra.

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