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La universidad argentina como palanca del cambio social
Por Anibal Y. Jozami

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2. El marco histórico

Las universidades de América Latina han sido activos participantes de la historia política moderna del continente por su compromiso constante y consistente en la construcción de sistemas democráticos caracterizados por el gobierno efectivo de la voluntad popular orientada hacia el progreso social, antes que el establecimiento una serie de normas sin el contenido decisivo de la legitimidad social.

En un continente donde el conocimiento fue durante todo el tiempo de la Colonia y en muchos momentos de la Guerra de la Independencia un coto de caza exclusivo de las clases más conservadoras, el movimiento universitario latinoamericano que tuvo como epicentro la Reforma de Córdoba del 18 mostró a todos los actores políticos la posibilidad clara de que el conocimiento se transformara en uno de los pilares del cambio social.

Esa relación entre conocimiento y cambio social fue el núcleo de las instituciones que hoy tenemos la responsabilidad de conducir.

En todos los países de América Latina las universidades han protagonizado gestas políticas y sociales profundamente enraizadas en las luchas populares que buscaron aumentar el poder de los ciudadanos comunes frente a los dueños del privilegio tradicional y conservador.

Para los ciudadanos de América Latina las universidades fueron durante todo el pasado Siglo 20 un claro sinónimo de lucha audaz para asegurar a las mayorías el acceso al poder político y junto con eso la construcción de sociedades signadas por la eliminación de la exclusión social como variable de ajuste de los sistemas políticos y económicos de la región.

Pero las universidades de América Latina también forjaron su prestigio en la tarea de crear conocimientos, en el trabajo de transmitirlos, y en la misión de profundizarlos a través de los procesos de investigación académica.

La historia de la educación superior y de la ciencia en América Latina durante el Siglo 20, está atravesada --y muchas veces desgarrada-- por las cruentas luchas políticas, pero de todos modos muestran claramente que aún en las peores condiciones el compromiso de las universidades con la búsqueda y la difusión del conocimiento se transformó en la principal preocupación de los líderes académicos que las condujeron.

Esa identidad entre cambio social y lucha por transformar al conocimiento en una herramienta de cambio social y de progreso es el punto decisivo de la legitimidad social de nuestras universidades. No es bueno perder de vista esa evidencia porque debe darle un sentido necesario a toda nuestra tarea precisamente en un momento histórico donde las certezas son cada vez menos y donde la velocidad de los cambios en el mundo del conocimiento parecen transformar rápidamente en obsoletas aquellas verdades que habíamos transformado en nuestras propias piedras basales.

En una etapa de profundos cambios sociales signada precisamente por la r revalorización del conocimiento como herramienta de progreso, puede resultar suicida ignorar la evidencia de que nuestras instituciones están siendo interpeladas -- a veces en silencio y a veces directamente-- por aquellas sociedades donde están establecidas para ser protagonista de un modo eficiente en la construcción de los nuevos modelos sociales que se avizoran,

Ese debe ser el punto de partida ineludible para comenzar cualquier reflexión acerca de su tarea en esta compleja América Latina de principios de siglo, tanto en su condición de casas de excelencia académica como en su rol de agentes conscientes y eficientes del cambio social y de la transformación.

Pero esa reflexión sería peligrosamente sesgada sino comenzara por una clara caracterización del entorno en donde las universidades de América Latina desarrollan su tarea en este tiempo que nos ha tocado vivir, caracterizado precisamente por la vivencia --muchas veces angustiante-- de un mundo sin bordes, sin límites, y sin orillas. Un mundo dramáticamente global donde el entorno ya no es solamente aquello que está cercano, por más que en ese ámbito próximo no solamente se instalen las raíces de nuestras instituciones sino también su dato básico de identidad y por eso mismo su principal razón de ser.

En ese mundo del nuevo siglo el conocimiento se ha transformado en el principal insumo para la supervivencia. Los mensajes van y vienen a través de sistemas de redes que no respetan ningún tipo de límites ni de contenciones. Es muy cierto aquello que afirma Tunermann en el sentido de que se trata de "una globalización fragmentada o segmentada que concentra las ventajas del desarrollo en un sector relativamente reducido de la población mundial y crea profundas brechas de desigualdad en términos de calidad de vida y acceso a los bienes económicos y culturales, entre los distintos miembros de las sociedades nacionales, tanto en los países industrializados como en los países sub desarrollados".

Pero también es cierto que los mensajes y las informaciones portando valores, creencias y puntos de vista diversos están a disposición de todos los sectores sociales y crean por eso mismo una profunda brecha entre aquello que se asumía como valor colectivo hace apenas una década y aquellas nuevas urgencias o creencias que se están instalando la fuerza de una verdadera invasión silenciosa y placentera.

Es un hecho que en el mundo de hoy existe mucho más conocimiento y mucha más información circulando y a disposición de quien quiera utilizarla.

Para algunos teóricos como los esposos Toffler, esa característica del mundo post industrial iba a generar en un plazo más o menos inmediato un nuevo tipo de democracia donde el poder de los ciudadanos, gracias a la mayor cantidad de información disponible iba a multiplicarse frente a los poderes fácticos derivado de la concentración de la riqueza o del monopolio en el uso de las armas.

La verdad es mucho más cruel y mucho menos simple. Es verdad que hay mucha más información disponible. Es verdad que los nuevos sistemas productivos basados en la información están cambiando las condiciones del desarrollo capitalista y generando a la vez nuevos modos de producción y por lo tanto nuevos modos de percibir las relaciones entre los seres humanos y su medio ambiente. Es verdad que el sistema de redes que caracteriza esta nueva época desestructura todas las organizaciones obligando a los líderes y a los planificadores que los flujos son más importantes que los almacenamientos.

Pero por otro lado nadie puede negar que la dinámica de este nuevo proceso de acumulación capitalista lleva a la gestación de sociedades nacionales profundamente duales, con crecientes niveles de exclusión social y donde conviven dramáticamente y en un equilibrio social crecientemente inestables individuos que pueden tener esperanzas con respecto al futuro por sus posibilidades de acceso a la sociedad global del conocimiento junto con individuos absolutamente desahuciados y sin ninguna esperanza precisamente por su imposibilidad de sumarse a las nuevas redes de producción signadas por el uso del conocimiento y de la información como principal insumo.

En un reciente reportaje publicado en Buenos Aires, el filósofo catalán Manuel Castells dejó un concepto que habla claramente acerca de la incertidumbre en que vivimos. "En el mundo de hoy --afirmó-- el concepto de clase social tal como lo conocimos está desfasado. La verdadera oposición está entre las redes tecnoeconómicas y tecnoculturales automatizadas sin un control central y la experiencia humana, subordinada a esas redes. Por eso hay ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, porque las redes favorecen estructuralmente a una minoría".
Define Castells a esta nueva sociedad donde estamos sumergiéndonos como "una nueva sociedad-red-de redes que no es una sociedad de clases, sino un sistema de exclusión-inclusión y de un sentido vacío".

Las redes de la información y la economía global en tiempo real son las dos dimensiones que determinan absolutamente la etapa de cambio social en que vivimos.

La dimensión de lo local, como expresión de aquello que hace a nuestras sociedades únicas en lo universal, es el punto de partida para tratar de construir tramas sociales propias que devuelvan a los latinoamericanos la posibilidad de volver a tener un futuro y un sueño de progreso familiar y social más o menos tangible.

La idea de la auto exclusión de este mundo de tramas complejas es más una metáfora literaria que una opción real.

Es en este mar dónde las universidades latinoamericanas deben navegar a pesar de todas las tormentas.

Ese marco inevitable nos remite a la necesidad histórica de volver a considerar, a la luz de los nuevos tiempos todos aquellos principios que se transformaron en banderas políticas de nuestras instituciones a lo largo del Siglo 20. No para renunciar esos objetivos, sino para actualizar con inteligencia y determinación cuáles son los caminos para lograrlos en peligrosa y desconcertante jungla global en la que intentamos sobrevivir.

Principios tales como la Autonomía Universitaria, o la Intangibilidad de los Presupuestos --entendiendo por tal la absoluta dependencia de las universidades de los dineros públicos-- tal vez deban ser vueltos a considerar a la luz de las nuevas y complejas relaciones sociales reticulares que definen progresivamente a nuestras sociedades nacionales en estos tiempos de incertidumbre. Dice con muchas sensatez Tunerman que " las nuevas necesidades y los nuevos retos demandan nuevos estilos en el quehacer universitario; las universidades deben caracterizarse por la búsqueda constante de las respuestas a las preguntas y a la demandas que se generan en su entorno social".

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