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La
nueva política y nuevo liderazgo
Por
Anibal Y. Jozami
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Cuestiones tales como la creciente marginalidad social, la falta
de equidad en la distribución de la renta, la falta de incentivos
reales para que más ciudadanos puedan acceder a la sociedad
del conocimiento o aún la falta de las más elementales
condiciones de seguridad pública, aparecen como los elementos
que definirán necesariamente la legitimidad profunda de los
nuevos liderazgos, porque se trata de aquellas situaciones que afectan
directamente la vida cotidiana de millones de latinoamericanos.
Si transitamos el mapa político y social de la región
vamos a apreciar claramente que esa demanda de un nuevo liderazgo
político está en el centro de todos los debates nacionales,
porque se trata de crear la más importante masa crítica
posible en una realidad política, económica y social
donde algunos buscan por todas las maneras el modo de desentenderse
de la suerte del resto.
En el área andina experiencias como las de Venezuela y Perú
,con sus claros contrastes y marcadas diferencias, y con sus aspectos
elogiables y muchos otros criticables, muestran hasta que punto
los pueblos son capaces de llegar en la tarea de gestar líderes
políticos a la medida de sus necesidades, cuando la resistencia
al cambio llega hasta la agresión directa de los derechos
más elementales.
Es que para los latinoamericanos el verdadero sentido de la democracia,
no reside tanto en la belleza de ciertas formas jurídicas
como en la sustancia de crear efectivamente las condiciones y los
equilibrios de poder suficiente como para garantizar tanto la igualdad
de los ciudadanos ante la Ley, cuanto las oportunidades para gestar
las condiciones del progreso personal y social.
En la agenda de la Cumbre de Brasilia ocupó un lugar muy
importante la preocupación de los presidentes para preservar
y fortalecer las democracias de América Latina. Se trata
de una percepción muy correcta porque parte de una evidencia
palpable cada día en nuestro continente: nuestros pueblos
han comenzado a debatir acerca de sus sistemas democráticos
porque saben que en la profundización de ese sistema sobre
la base de aumentar la participación de las organizaciones
de la sociedad civil en la gestión del espacio público,
reside una de las claves esenciales de su supervivencia en la peligrosa
jungla de la globalización.
La preocupación de los gobiernos puede tornarse estéril
si los temas habituales de agenda de las Cancillerías (narcotráfico,
terrorismo, corrupción y defensa del medio ambiente) no se
enfocan como una parte de la solución de la problemática
social y económica en la que se encuadra.
Los sistemas políticos democráticos de América
Latina surgidos en los ochenta muestran serios déficit de
gestión porque el proceso de ajustes económicos perpetuos
terminó por destrozar la capacidad del Estado, abriendo las
posibilidades más francas para que ese espacio de uso del
poder público sea aprovechado arbitrariamente por los sectores
económicos beneficiados por esos mismos procesos.
Esa carencia genera la persistente debilidad de nuestras democracias
y para remediarla nuestros pueblos parecen decididos a plantear
como su nuevo objetivo estratégico no tanto la gestación
de una "nueva política" capaz de hacer lo conocido
pero con más prolijidad, sino nuevas alternativas que den
mayor contenido social a la democracia.
Ese debate está instalado en todos los niveles de nuestras
sociedades y por su misma densidad está llamado a ser uno
de los ejes del proceso de integración sudamericana que se
ha puesto en marcha y cuy.
Ese nuevo modelo de democracia que se vislumbra estará sostenido
seguramente por la conciencia social de nuestros pueblos movilizados
y organizados en torno al objetivo de ejercer el poder político
público para el Bien Común, eliminando de plano la
posibilidad de que ese poder político público sea
ejercido por cualquier facción más allá del
poder económico concentrado que posea.
Como todo proceso histórico, se trata de una tendencia imparable
porque impulsada por poderosas corrientes sociales y culturales.
Falta saber solamente los nombres y los apellidos de los líderes
de América Latina capaces de asumir la conducción
de este segmento de la historia de la región como su propio
desafío personal.
Esos líderes, para ser tales, deberán asumir desde
el principio la profunda raíz popular de la nueva revolución
democrática que ya recorre nuestros pueblos.
Dios nos dé a todos sabiduría y prudencia para entender
con claridad cual es la jornada histórica que nos toca transitar.
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