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La
nueva política y nuevo liderazgo
Por
Anibal Y. Jozami
La importancia
de la crisis politico institucional que atraviesa la Argentina amerita
algunas consideraciones que como todas las que se vierten en estas
páginas, solo comprometen a quién las firma.
Pareciera haberse puesto de moda invocar y saludar el nacimiento
de una "nueva política", tal vez entonces corresponda
reflexionar acerca del tipo de liderazgo político que reclama
el particular momento histórico que viven nuestros países
de América Latina.
No creemos en ella y pensamos que debe evitarse como tentación
la tendencia de ciertos políticos y de la inmensa mayoría
de los medios de comunicación -verdaderos productores de
la ideología contemporánea- a creer que la solución
a todos nuestros males reside en el encumbramiento de una generación
de hombres puros e impolutos en el manejo del poder. A esa fantasía,
que ignora la evidencia de que nunca fueron exitosos, y en muchos
casos desatrozos, los experimentos que intentaron crear "el
partido de los buenos", se le agrega a veces la peligrosa sugerencia
de que éstos deben detentar la suma del poder público
a los efectos de sanear la vida institucional. Esto se ha producido
y se produce tanto de uno como de otro lado del segmento político.
Es notable como ese modo "milagrero" de concebir la política
ignora tanto datos elementales de la condición humana -como
el hecho de que los liderazgos y las prácticas políticas
siempre son el resultado de las sociedades donde nacen-- cuanto
la evidencia de que la moralidad en los actos públicos es
una condición necesaria pero no suficiente para garantizar
el éxito de cualquier gestión.
En todo caso los discursos acerca de la "nueva política"
ignoran también una enseñanza central de la historia
de nuestro continente: los liderazgos consistentes y trascendentes
se han basado sobre todo en la capacidad para asumir como propia
la agenda de las demandas populares, y en la capacidad para transformar
esas demandas en acciones políticas eficaces en el sentido
de transformar la realidad.
En todo caso las prácticas políticas generadas por
esos liderazgos deberán someterse a esa doble condición
de legitimidad para acreditar su real posibilidad de ser parte de
la vida cotidiana de nuestros pueblos.
De ninguna manera parece serio suponer que el fundamento de la llamada
"nueva política" sea solamente el acatamiento a
supuestas primeras magistraturas morales de la República
--que también estarían en condiciones de otorgar el
"bill de indemnidad" necesario para actuar en los nuevos
tiempos-- evitando asumir claramente el compromiso de transformar
la realidad de marginación y angustia que caracteriza la
vida diaria de nuestra gente.
Está claro que el reclamo por mayores niveles de transparencia
ocupa un lugar muy importante en la agenda de la opinión
pública de América Latina.
Pero el dato central es que esa demanda de transparencia no es más
que un elemento dentro de la lista de carencias que definen la crisis
de legitimidad que acosa a la generación de políticos
de América Latina que gobernó durante las últimas
dos décadas asumiendo como una forma del sentido común
prácticas tales como los discursos múltiples -- uno
para cada auditorio-- y la sumisión inmediata e instantánea
a los poderes económicos a la hora de tomar cualquier tipo
de decisiones.
En nuestro país, la inmensa mayoría percibe el gusto
amargo de darse cuenta de que el menú de ofertas políticas
que se le presenta es tan carente de contenido que elude claramente
la idea de profundizar la democracia en el sentido de transformarla
en el instrumento político necesario para acercar las decisiones
--y los controles sobre esas decisiones-- al mundo del hombre común.
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