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Octubre
28. 2001

LA CIA CON LICENCIA PARA MATAR
La Agencia
Central de Inteligencia (CIA), puede asesinar terroristas en cualquier
lugar del mundo donde los encuentre y sin necesidad de recibir una
orden expresa del gobierno de Estados Unidos. La nueva facultad
de la agencia de inteligencia más poderosa del mundo es el resultado
de dos órdenes ejecutivas firmadas por el presidente Bill Clinton
en 1998, y por su sucesor George W. Bush luego de los atentados
del pasado 11 de septiembre.
El hecho es
que la CIA tiene por escrito dos órdenes de la Casa Blanca para
destruir la red terrorista global Al Qaeda, y en eso se incluyen
potestades tan amplias que podrían incluir la eliminación de los
jefes terroristas que por diversas razones puedan ser calificados
como "enemigos potenciales" de los Estados Unidos y de sus ciudadanos.
En la orden ejecutiva que firmó el presidente Bush se señala con
clara que la prohibición de asesinar líderes extranjeros que está
definida por una ley del Congreso, no incluye a los jefes terroristas
siempre y cuando las acciones que lleven a ese desenlace no signifiquen
un involucramiento directo de oficiales del gobierno de los Estados
Unidos en la ejecución directa del asesinato respectivo.
Por ahora la
CIA, a través de sus directivos, no se ha mostrado muy convencida
de usar estas nuevas capacidades para asesinar a los jefes terroristas
allí donde se los encuentre. Los jefes de la agencia recuerdan aún
con precisión todos los daños políticos que debió sufrir la CIA
luego de que durante los sesenta y los setenta hiciera usa de esa
misma capacidad para operar sobre todo en América Latina y Asia.
Pero la CIA también está dispuesta a participar plenamente de la
campaña global contra el terrorismo: sus combatientes secretos están
trabajando en terreno afgano tratando de encontrar a Bin Laden y
a los miembros de su estado mayor y, de hecho, cuenta en el área
de combate con expertos con la capacidad de eliminar a los elementos
indeseables cuando sea necesario.
La orden firmada
por el presidente Clinton autorizaba el uso de fuerza letal contra
Al Qaeda y sus jefes desde 1998. Ahora se sabe que el presidente
Bush ha firmado nuevas directivas que ordenan ataques letales en
las comunicaciones, el aparato de seguridad y la infraestructura
de la red terrorista, luego incluye la "disrupción" de las tareas
de los operadores del terrorismo en cualquiera de sus fases. Las
directivas del presidente Bush amplían considerablemente los blancos
de los potenciales ataques de la CIA más allá de Bin Laden y de
su círculo más íntimo de colaboradores, y también abre claramente
la posibilidad de que se apliquen esos métodos más allá de los límites
de Afganistán y del teatro de guerra convencional en donde se desarrollan
ahora las acciones.
Las directivas
implican también dejar atrás la prohibición que rigió durante los
últimos 25 años que impedía la planificación de operaciones específicas
de eliminación de determinados personajes relevantes de la escena
política. El presidente Bush y su selecto gabinete de Seguridad
Nacional han sido muy claros en su intención de capturar y eliminar
a Bin Laden y a los responsables directos o indirectos de los ataques
terroristas del 11 de Septiembre. La cara pública de la presente
campaña contra el terrorismo internacional es la guerra convencional
que, de diversas maneras, se viene desarrollando en Afganistán,
usando tácticas habituales y tropas uniformadas.
La cara decisiva
de la guerra es, sin embargo, la llamada "guerra de inteligencia"
-cuyos alcances y perfiles aún permanecen difusos para los especialistas-donde
precisamente el trabajo de la CIA parece imprescindible. Todavía
al interior de la CIA y tal vez en los más altos niveles del gobierno
de los Estados Unidos, se ha abierto un poderoso debate acerca de
la posibilidad de incluir a los asesinatos como parte de las "guerras
de inteligencia" y de la campaña global en curso. El debate no apunta
solamente a las cuestiones éticas sino también a las consecuencias
políticas y operativas que podrían tener ese tipo de acciones en
un marco político regional tan volátil como es el Asia Central.
También se debate
cuales son los criterios de precisión acerca de la definición de
los blancos. Por ejemplo nadie puede responder aún si las operaciones
encubiertas que pueden incluir asesinatos deben reducirse al círculo
más íntimo de Bin Laden o si, por el contrario los golpes de la
"guerra de inteligencia" deben llegar a los 40 o 50 enclaves que,
alrededor del mundo, están alojando ahora a elementos que forman
parte de diversas redes terroristas. La posibilidad de que la CIA
haga uso indiscriminado de sus nuevas capacidades espanta a los
máximos funcionarios del Departamento de Estado que ven con claridad
hasta que punto esas acciones pueden desestabilizar la situación
en diversas regiones críticas del planeta.
El Directorio
de Operaciones de la CIA es el organismo que tiene bajo su responsabilidad
la coordinación, el comando y el control de las operaciones encubiertas.
Un vocero de esa directorio aceptó la semana pasada antela prensa
que las nuevas capacidades están siendo analizadas, pero recordó
que en tiempos de a globalización informativa puede resultar mucho
más difícil -por no decir imposible-mantener encubiertas operaciones
que impliquen la eliminación directa de determinados jefes extremistas.
Por eso es que nadie piensa en la CIA en un uso indiscriminado de
esta nueva capacidad.
El hecho es
que las fuerzas especiales de la agencia están orientadas absolutamente
a buscar a Bin Laden y a sus colaboradores más inmediatos, La tarea
es mucho más dura de lo que puede pensarse porque las fuentes locales
generalmente son erráticas y de muy difícil verificación.
Como sea, la
capacidad de la CIA y de la inteligencia de los Estados Unidos para
propiciar acciones directas contra los jefes terroristas es la contra
cara internacional de la nueva legislación doméstica contra el terrorismo
que acaba de aprobar el Congreso y que, en general, apunta a aumentar
el poder de los organismos de seguridad e inteligencia hasta un
nivel que hasta hace poco podría haber sido considerado incompatible
con el respeto de las libertades individuales.
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