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Septiembre
30. 2001

COMO MANTENER EL APOYO DE LOS NORTEAMERICANOS EN MEDIO DE UNA GUERRA
SORDIDA ES LA PREGUNTA DECISIVA EN LA CASA BLANCA
Después de
dos semanas del ataque terrorista más devastador de la historia,
el pueblo norteamericano sigue apoyando fuertemente a la conducción
de George W. Bush y considera que la respuesta militar más drástica
es el mejor camino para enfrentar la agresión.
De acuerdo a
una encuesta publicada el 29 de septiembre por The Washington Post,
una importante mayoría de la opinión pública de Estados Unidos aprueba
la decisión de matar o encarcelar a Bin Laden y sus colaboradores
más directos, y además propicia medidas como el derrocamiento del
gobierno del Talibán y la eliminación definitiva del régimen de
Sadam Houssein.
La encuesta
define claramente que una inmensa mayoría del pueblo norteamericano
aprueba fuertemente todos los pasos dados por la Casa Blanca desde
el 11 de septiembre. Nueve de cada diez encuestados apoya la manera
en que el presidente Bush ha manejado la crisis y siete de cada
diez declara que apoya "fuertemente" sus decisiones y su estilo
de conducción.
La opinión pública
muestra también altos niveles de aceptación a la idea de perder
ciertos niveles de libertades públicas para permitir que las fuerzas
de aplicación de la ley puedan combatir con mayor eficacia al terrorismo
en el ámbito doméstico de Estados Unidos. Pero tal vez el dato más
notable de esta encuesta es que por primera vez en tres décadas,
el pueblo norteamericano dice que tiene plena confianza en que el
gobierno va a hacer lo correcto -"lo que debe hacer" es la traducción
literal- para derrotar al terrorismo.
Esa posición
revela un notable cambio en la tendencia creciente de desconfianza
hacia las instituciones políticas que muestra la sociedad norteamericana
desde mediados de los setenta. Antes de que sea disparado el primer
tiro de la respuesta a la agresión del 11 de septiembre, los norteamericanos
tienen claras expectativas de victoria en los combates que se avecinan.
Un ochenta y siete por ciento de los encuestados cree que los Estados
Unidos "deben capturar o matar a Bin Laden y a sus secuaces" y destruir
definitivamente sus redes terroristas, y ocho de cada diez encuestados
cree que eso es lo que va a suceder.
Una mayoría
menos significativa, pero no menos relevante, está a favor del derrocamiento
y la eliminación del gobierno Talibán para poder reducir los ataques
terroristas en otros países. Sin embargo la ambiciosa opción de
derrocar a Saddam Houssein en Irak, como parte de la presente campaña
bélica, recoge un apoyo del treinta y nueve por ciento, que creen
que eso es lo que se debe hacer; mientras que quienes califican
la opción como una "buena idea" son un tercio de los encuestados.
Los criterios de derrota y victoria también parecen estar claros
para el pueblo de Estados Unidos.
Dos tercios
de los consultados creen que solamente se podrá hablar de éxito
cuando queden despejadas las posibilidades de que se repitan en
territorio norteamericano ataques como los del 11 de septiembre.
Michael O'Hanlon,
especialista en temas militares de Brookings Istitutions, opinó
que las respuestas parecen contaminadas por cierta visión "poco
realista", sobre todo porque se habla de una derrota de Bin Laden
como una cuestión inminente. Pero el académico destaca que las respuestas
muestran que el objetivo no debe ser solamente la venganza sino
también la prevención de nuevos ataques terroristas.
El principal
problema que presenta esta tendencia de la opinión pública es que
parece poner toda la esperanza en algún tipo de respuesta militar
clara y contundente que permita, a la vez, levantar la autoestima
del pueblo y de mostrarle al mundo la voluntad de combate de Estados
Unidos contra sus nuevos enemigos.
Ese tipo de
respuesta está a la mano de la Casa Blanca, pero la verdad es que
no asegura el logro de ningún objetivo estratégico significativo,
por más que sirva para canalizar las expectativas populares. Los
asesores del presidente Bush son conscientes de que el presente
nivel de apoyo popular a su gestión -el más alto que obtuviera presidente
alguno desde la Segunda Guerra Mundial- puede cambiar fácilmente
si el público percibe que no se están dando los pasos correctos
para derrotar a Bin Laden y su red terrorista.
En los cálculos
de la Casa Blanca entra también la posibilidad de que la revelación
de los detalles de ciertos tipos de operativos encubiertos que ya
se estarían haciendo en Afganistán actúe como un extraordinario
factor disolvente de los actuales niveles de apoyo popular. Uno
de los principales asesores de Bush dijo a The Washington Post que
"todo este apoyo popular podría cambiar dramáticamente cuando la
guerra comience a expresarse en todo su dramatismo y toda su intensidad".
Por ahora siguen
siendo notables en la vida cotidiana de Estados Unidos los signos
de un rebrote del patriotismo. La venta de t-shirts en la calle
se ha revolucionado con la aparición de una línea de motivos patrióticos
que son los que más se venden. En los viajes domésticos en avión
las expresiones de patriotismo y de exaltación nacional han sorprendido
a los extranjeros quienes muchas veces han participado de los cánticos
y las expresiones por miedo a transformarse en sospechosos. Cuando
las imágenes de los atentados se repiten en lugares públicos las
respuestas son similares, mientras se multiplican los mecanismos
de recaudación de fondos para las víctimas y sus familiares liderados
por personalidades políticas y religiosas.
La Casa Blanca
se pregunta cómo mantener encendido ese fuego nacional mientras
comienzan las operaciones directas contra los terroristas en todo
el mundo. Una posibilidad es la organización de comités de vecinos
para reportar a las autoridades cualquier actividad sospechosa,
de acuerdo a la propuesta que hizo el secretario de Justicia, John
Ashcroft, pero en la misma Casa Blanca esa idea ha despertado recelos
por su potencial peligro para la vida cotidiana de una sociedad
cuya una de sus principales ventajas es la diversidad.
Otra idea que
se maneja en la administración Bush es la organización de actividades
en toda la nación para atender a las víctimas de los atentados,
a sus familiares y a los vecindarios afectados, creando programas
de apoyo múltiple para todos los ciudadanos que fueron afectados
de algún modo por los sucesos del 11 de septiembre.
Si lo que se
viene es una guerra de inteligencia, las operaciones de acción psicológica
comenzarán a ser decisivas, sobre todo en un mundo donde las noticias
y las imágenes muchas veces se confunden con la realidad.
El frente interno
y externo, capaz de dar apoyo de opinión pública a la estrategia
de la Casa Blanca, tal vez sea uno de los ejes decisivos de la guerra
que está comenzando.
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