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Septiembre 23. 2001

AMERICA LATINA ANTE LA GUERRA CONTRA EL TERROR

La decisión de la última reunión plenaria de los cancilleres de la Organización de lo Estados Americanos (OEA) en el sentido de revitalizar el acuerdo de defensa regional llamado Tratado de Asistencia Recíproca (TIAR) para canalizar la participación del continente en la guerra global contra el terrorismo planteada por el presidente Bush, puede resultar una solución práctica en el corto plazo, pero podría traer problemas políticos y estratégicos para la región en el mediano y el largo plazo.

El TIAR es un acuerdo de defensa continental concebido en tiempos de la Guerra Fría que prevé la posibilidad de crear un comando conjunto para responder a las agresiones militares que pudiera sufrir cualquiera de los firmantes del tratado.

Como no parece razonable esperar que los Estados Unidos requieran algún tipo de apoyo militar de América Latina para sus operaciones punitivas, no parece exagerado suponer que las reuniones del TIAR servirán para que se aprueben contundentes declaraciones de condena al terrorismo, sin que exista el peligro cierto de pasar a la acción en ningún sentido.

Nadie duda de que la iniciativa de Brasil de usar el TIAR para que América Latina tenga su propio perfil en la crisis global, es una idea práctica porque permite el desarrollo de apoyos políticos a la estrategia de la Casa Blanca, sin que por eso deban empeñarse otros medios en la lucha global que se está planteando.

En su discurso ante los cancilleres del continente, el secretario de Estado Colin Powell, agradeció la iniciativa de Brasil y señaló que en esta instancia cada cual debe aportar aquello que está dispuesto a asegurar. Pero Bush, en su discurso ante el Congreso del jueves 20 de septiembre, cuando nombró la lista de los aliados que la Casa Blanca siente como tales, solamente se refirió de una manera genérica a América Latina cuando quiso referirse al hemisferio occidental.

Esa notable diferencia está de acuerdo con otra definición del presidente de Estados Unidos conocida en la primera semana posterior a los atentados. Bush afirmó que "sabemos que hay países que van a apoyar y van a participar de las operaciones encubiertas y de las operaciones militares, sabemos que otros países nos ayudarán a encontrar a los terroristas, mientras que otros van a ayudar para evitar que los terroristas sigan teniendo acceso a sus fuentes de financiamiento, y sabemos que otros van a apoyar políticamente nuestra tarea.

Entendemos las diferencias y estamos dispuestos a aceptarlas porque lo importante es que cada cual participe de esta tarea de la manera que crea posible". Esa categorización de los aliados parece demostrar que América Latina en su conjunto ha elegido, a partir de la decisión de usar el TIAR como canal de expresión en la guerra global contra el terrorismo, un lugar poco relevante en las prioridades políticas de las alianzas de Estados Unidos por más que tampoco resulte desechable el apoyo político de la región en los foros internacionales donde pueden llegar a discutirse las decisiones de Washington.

Como sea, los cancilleres de las Américas también exhortaron a los países de la región a cooperar en materia de inteligencia, y de lucha contra el lavado del dinero que sostiene las actividades terroristas. Nadie ignora que en varias ciudades de América Latina, en los últimos años, han nacido enclaves donde los terroristas expertos en la conducción de redes transnacionales han logrado instalar células que sirven para conseguir dinero a partir de diversas actividades delictivas, para generar puestos de descanso para los terroristas comprometidos en otras áreas del planeta y para, eventualmente, planificar y conducir atentados contra objetivos específicos.

Esa es la razón por la cual difícilmente pueda sostenerse en el mediano plazo los niveles de participación en la crisis previstos por los cancilleres de las Américas al resucitar el TIAR. A ningún especialista en terrorismo le cabe duda que esas ciudades de América Latina serán escenarios de la lucha global contra el terrorismo de la que habla el gobierno de Estados Unidos a través de sus autoridades más encumbradas.

La pregunta que muchos han comenzado a hacerse es cuáles serán las respuestas políticas y operativas que darán los gobiernos de la región cuando comiencen a plantearse la creación de los dispositivos necesarios para encarar esas operaciones.

Por ahora los gobiernos del hemisferio americano aparecen seriamente preocupados por la posibilidad de que la crisis derive en episodios de guerra convencional que pueda tener consecuencias muy graves en términos de daños colaterales, el eufemismo usado por los militares de Estados Unidos para aludir a la muerte de civiles inocentes.

Como sea, los gobiernos de los Américas parecen no haber asumido claramente las consecuencias del abrupto cambio que se ha registrado en la agenda de su vecino más poderoso.

El hecho de que la lucha contra el terrorismo pueda tener en el continente americano algunos de sus escenarios decisivos es vivido por ahora más como un problema del que mejor no hay que hablar, que como una nueva oportunidad estratégica para conseguir para la región una relevancia estratégica impensada hasta hace muy poco.

Hay que decir que el objetivo de hacer algo en la crisis global sin que eso implique compromisos altos en la definición de la crisis, ha sido logrado por las cancillerías de América Latina que Brasil ha liderado con tanta astucia.

La pregunta que nadie responde es cuáles pueden ser los beneficios estratégicos de ese tipo de actitudes, cuando en realidad la crisis global recién comienza.

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