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Septiembre
22. 2001

EL MUNDO ISLAMICO Y UN COMPLEJO SISTEMA DE ALIANZAS
Una de las dificultades
estratégicas más importantes que enfrenta el Plan de Operaciones
que está implementando la Casa Blanca es la falta de un claro y
sólido consenso entre las naciones islámicas que tradicionalmente
han sido aliados de Estados Unidos.
El caso más
notable es el de Egipto. Su presidente, Hosni Mubarak, iniciará
pasado mañana una gira por Europa para proponer a los jefes de Estado
de esa región de Occidente la realización de una conferencia internacional
para tomar medidas globales contra el terrorismo. La propuesta egipcia
no es nueva. Desde mediados de la década pasada cuando el terrorismo
integrista comenzó a cuestionar la propia estabilidad del gobierno
de El Cairo, su canciller comenzó a proponer a las naciones del
mundo la firma de una convención mundial contra el terrorismo y
la instrumentación de distintas medidas de alcance mundial para
combatir ese flagelo.
En este nuevo
escenario, la propuesta de Mubarak parece orientada a lograr por
lo menos dos objetivos políticos: a) que las medidas que tome la
comunidad internacional contra el terrorismo no sean impuestas por
Estados Unidos y un grupo de países aliados, y b) que la existencia
de un ámbito multilateral permita la participación de los países
islámicos pro occidentales en las operaciones que se planteen para
terminar con una amenaza que pone en peligro la estabilidad de muchos
de los regímenes de Medio Oriente.
Es la razón
por la cual Egipto le pidió a Estados Unidos que analice con detenimiento
el sentido de su respuesta contra los ataques terroristas del 11
de septiembre, porque un ataque indiscriminado contra cualquier
nación musulmana haría imposible cualquier tipo de colaboración.
Una delegación
de la Unión Europea, formada por los cancilleres de los países más
influyentes de la OTAN, comienzan mañana una gira de diez días por
los principales países islámicos para convencer a sus anfitriones
de que la guerra que está comenzando tiene por blanco central el
terrorismo y no los fieles del Islam.
Jack Straw,
secretario de Relaciones Exteriores del Reino Unido planea reunirse
el martes próximo con las autoridades más poderosas de la República
Islámica de Irán para lograr un acercamiento entre ese país y las
naciones que se proponen encabezar la presente ofensiva contra el
terrorismo transnacional.
El otro aliado
tradicional de los Estados Unidos en el mundo islámico es el Reino
de Arabia Saudita. Su actitud en esta crisis es por lo menos ambigua.
Los jefes militares norteamericanos se sorprendieron cuando recibieron
la comunicación de que no podrían usar el centro de comando y control
que tienen montado en la base Príncipe Saud, desde los días de la
Guerra del Golfo.
Esa base es
vital para cualquier operación militar sobre Afganistán porque su
equipamiento es de última generación en términos de comunicaciones
e inteligencia electrónica y artificial.
Dicen los expertos
que la tarea de poner en marcha ese tipo de centros de comando y
control no es sencilla y que, si Arabia Saudita insiste en impedir
que se use la base tal y como está, tardaría varias semanas el montaje
de una base similar en algunos de los países de la región del Océano
Indico.
La reticencia
de la dinastía que gobierna el reino que custodia los lugares
santos del Islam es explicada por los expertos en la política
musulmana por la popularidad que está ganando Osama Bin Laden en
la gente sencilla de ese país, cuyo principal contacto con el mundo
es la práctica prescripta por el Sagrado Corán cada viernes en las
mezquitas que construyó la familia de Bin Laden como parte de sus
negocios con la familia real saudí. Ese vínculo también ha llamado
la atención a la inteligencia de Estados Unidos.
No son pocos
los especialistas que se preguntan por qué razón el líder terrorista
decidió no realizar acciones que comprometan el poder político de
la casa real que gobierno en su país. Algunos datos sin confirmar
hablan de la existencia de un acuerdo entre familias tradicionales
que forman parten de la aristocracia saudí y cuyo contenido sería
precisamente el de permitir el trabajo político y religioso de Osama
Bin Laden en países del mundo islámico a cambio de que no se desestabilice
el gobierno de la familia Al Saud.
Más allá de
las sospechas inevitables el hecho es que tampoco Arabia Saudita
parece entusiasmada con la idea de un ataque generalizado contra
ningún país musulmán y mucho menos con un ataque masivo contra diversas
capitales de países de esa religión que están sospechados de dar
albergue a los terroristas de Bin Laden. Ayer, la Liga Arabe, que
nuclea a los representantes de los países musulmanes de Medio Oriente
y del norte de Africa, anunció que sus miembros no tienen pensado
formar parte de ninguna coalición militar que ataque a países musulmanes
y que tenga entre sus integrantes a Israel.
El hecho es
que la audacia y la precisión de los ataques terroristas que lideró
Bin Laden, ha desatado una ola de entusiasmo entre las masas pobres
de los países islámicos. Cada viernes en las mezquitas que conforman
la red de opinión del mundo musulmán se suman las opiniones favorables
a la idea de que los gobiernos de los países en que viven los seguidores
del Islam, abandonen el modelo de convivencia con los países occidentales
para crear diversos modelos de teocracia y de integrismo.
El gobierno
de Pakistán sufre claramente esa presión, y no son pocos los analistas
de la región quienes creen que esta nueva guerra contra el terrorismo
puede terminar con la dictadura militar que controla ese país y
que se mostró desde el principio dispuesta a cooperar con Estados
Unidos.
La decisión
de permitir solamente el uso del espacio aéreo a los norteamericanos
-y no las bases militares y aéreas cercanas a la frontera con Afganistán
que serían decisivas en cualquier operación- es una muestra de los
condicionamientos que debe afrontar cualquier gobierno musulmán
que tome la decisión de cooperar con los Estados Unidos en su propuesta
de lucha global contra el terrorismo. Irán es otro de los vecinos
de Afganistán que enfrenta el peligro de una potencial desestabilización
de su gobierno a partir del desarrollo de la presente crisis.
El presidente
Khatami que se hizo famoso por su decisión de ablandar las rígidas
condiciones del régimen integrista de los ayatollah ha comenzado
a sufrir la presión del ala conservadora y de la opinión pública
en general para que deje de lado las históricas diferencias con
el régimen del Talibán y se muestre solidario con Afganistán en
caso que se concrete algún tipo de acción bélica de Estados Unidos
contra ese país.
Hasta el gobierno
de Turquía -único país islámico miembro de la OTAN- se ha mostrado
cauteloso a la hora de pactar su forma de apoyo al socio mayor de
la alianza atlántica porque la resistencia integrista musulmana
ha ganado en los últimos cinco años mucho apoyo en la población.
Solamente las naciones de religión musulmana que fueron parte de
la ex Unión Soviética y que ahora mantienen una alianza de supervivencia
con Rusia parecen dispuestas a cooperar con las intenciones punitivas
norteamericanas, de acuerdo a las sugerencias que reciban desde
Moscú.
Un atisbo de
solución en la crisis palestina puede transformarse en la señal
que algunos países islámicos necesitan para acercarse un poco más
a Estados Unidos.El
cese del fuego pactado la semana pasada entre la Autoridad Nacional
Palestina e Israel fue un paso en ese sentido, pero la verdad es
que algunos de los grupos terroristas más feroces,como Hamas y Hizbullah,
han hecho caso omiso de ese acuerdo y de esa manera se han puesto
en la lista de los grupos a los cuales debería enfrentar y derrotar
cualquier coalición global que quiera terminar con el terrorismo.
Como sea, la
presencia de naciones musulmanas en ese nuevo tipo de coalición
que propicia la Casa Blanca es mucho más una necesidad política
y estrategia que un requerimiento militar. De hecho las tropas norteamericanas
están en condiciones de operar desde sus propias plataformas móviles;
lo que no pueden reemplazar es la imagen de una coalición multicultural
y multiétnica luchando contra el mal terrorista.
No lograr esa
integración puede significar el mensaje de que ha comenzado una
guerra contra el Islam con las consecuencias trágicas que cualquiera
puede prever.
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