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Septiembre
8. 2001

MÉXICO GANA LA DELANTERA EN LA DISCUSIÓN POR LA SEGURIDAD REGIONAL
El presidente
Vicente Fox parece decidido a no dejar de sorprender en el juego
de la política global: ayer, en su discurso ante la Organización
de los Estados Americanos (OEA) en el segundo día de su visita a
Washington, propuso el final del Tratado Interamericano de Asistencia
Recíproca (TIAR), un viejo acuerdo de defensa y seguridad regional
firmado a fines de los años cuarenta cuando comenzaba la Guerra
Fría.
La propuesta
de Fox no es novedosa. De hecho, en la última Cumbre de las Américas
que se reunió en Québec, los presidentes y jefes de Estado del hemisferio
habían decidido comenzar a discutir un nuevo tipo de acuerdo regional
de defensa y seguridad en 2004. El adelantamiento de Fox, además
de darle la iniciativa regional en esa tarea al país azteca -tal
vez porque de ese modo liga a su gobierno a políticas globales ajenas
a la agenda tradicional de la política exterior mexicana- llevará
al continente americano a discutir un nuevo concepto acerca de la
seguridad y la defensa al mismo tiempo en que los países-miembro
del hemisferio estén discutiendo las condiciones de su integración
económica y comercial.
De un modo inevitable,
la iniciativa mexicana obligará a profundizar en temas altamente
sensibles los criterios de asociación y de compromiso regional y
acelerar decisiones políticas y militares que tendrán una necesaria
repercusión doméstica en cada una de las naciones del continente.
Nadie que siga
más o menos de cerca la política continental podrá ignorar que en
los últimos años la discusión acerca del papel de las fuerzas armadas
en regímenes democráticos, y en una situación regional donde las
hipótesis de conflicto se van desarmando de una manera acelerada,
se ha transformado en un problema político serio para países que
en las pasadas décadas tuvieron a esas mismas fuerzas armadas como
actores políticos relevantes.
La crisis de
seguridad pública que martiriza a millones de ciudadanos de América
Latina cada día, ha llevado a no pocos políticos a preguntarse si
tal vez no haya llegado la hora de militarizar la seguridad pública
para, de esa manera, darle un papel a las fuerzas armadas al mismo
tiempo que se ahorra dinero de los siempre carecientes presupuestos
nacionales. Algunos teóricos de la seguridad con base en Estados
Unidos, tal vez añorando los buenos viejos tiempos de la Guerra
Fría, cuando el enemigo estratégico era claro y estaba a la vista,
parecen haber retomado el camino de identificar a las llamadas nuevas
amenazas con los enemigos de los cuales habría que defender a Estados
Unidos y a sus aliados.
El narcotráfico
es el epítome de esos nuevos diablos globales y un análisis integral
de ese fenómeno parece allegar argumentos a la idea de que las democracias
de América Latina reciben de esa actividad una de las presiones
más negativas para su legitimidad social. La cuestión central reside
claramente en definir cuáles son los actores nacionales o transnacionales
con capacidad para amenazar la seguridad de los posibles signatarios
del nuevo tratado que propone Fox.
El sentido de
un acuerdo de solidaridad militar se basa precisamente en la identificación
de esos enemigos comunes para definir las condiciones de las potenciales
acciones aliadas en orden a desactivar esas amenazas. Ese es el
paso que aún no han dado las democracias de América Latina, seguramente
temerosas de crear escenarios donde potenciar el poder de las fuerzas
armadas sobre la vida cotidiana de los ciudadanos -a través de su
participación en la lucha cotidiana contra las expresiones locales
de esas nuevas amenazas- terminen dañando seriamente la autoridad
política de los líderes democráticos sobre los militares.
El concepto
de nuevas amenazas se ha trasladado en los últimos años a cuestiones
tan diversas como la defensa del medio ambiente, la lucha contra
el tráfico ilegal de inmigrantes, el lavado de dinero, la guerra
informática o la defensa de las respectivas sociedades de los ataques
-premeditados o no- de nuevos virus y bacterias con la capacidad
potencial de atacar la salud de la población. Está claro que las
fuerzas armadas de América Latina están muy lejos de la posibilidad
de acceder en plazos razonables a un nivel de operatividad medianamente
efectivo para enfrentar este nuevo tipo de agresiones.
Eso sin mencionar
específicamente la lucha contra el tráfico de drogas que, de acuerdo
a la opinión de la mayoría de los jefes militares de la región,
ofrece un potencial de corrupción ciertamente irresistible en un
contexto donde los gastos de los Estados nacionales están colapsando
desde años en medio de políticas de ajuste cada vez más recesivas.
La clave reside claramente en crear un nuevo punto de vista para
la seguridad regional capaz de contener los nuevos problemas que
enfrenta la región y de potenciar a la vez la capacidad de los estados
nacionales para generar las herramientas eficaces en su contención.
El Pentágono ha sido hasta aquí la principal fuente de doctrinas
y de ideas acerca de esa reconversión estratégica que parece estar
demandando Fox para la región.
En Washington
son los líderes del Partido Demócrata más comprometidos con América
Latina quienes insisten en que esas ideas del Pentágono solamente
llevan a crear las condiciones para una intervención militar multilateral
en Colombia después del 2005. Desde la otra vereda, los núcleos
de poder de la derecha republicana más cercanos a un liberalismo
económico extremo además de proponer la legalización del consumo
de los narcóticos, se preguntan por lo bajo que es lo que tienen
por ganar los Estados Unidos en América Latina cuando el mercado
chino está a punto de abrirse a los negocios americanos.
El hecho es
que el debate que propone Fox va a llevar a todos los actores políticos
y militares involucrados en América Latina a poner sobre la mesa
de discusiones una serie de cuestiones que por su mismo volumen
van a definir desde ahora la naturaleza de la integración continental
que las Cumbres de las Américas prometen para el 2005.
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