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Agosto 30. 2001

LA ESTRATEGIA DE GUERRA DE ISRAEL

Desde el amanecer del 30 de agosto en Medio Oriente, cuando las fuerzas militares de Israel abandonaron la ciudad de Beit Jala, en la franja occidental de Gaza, la pregunta que comenzaron a hacerse los actores políticos de esa región fue: ¿Qué busca Israel con la presente ofensiva contra los enclaves palestinos?

Hasta en la declaración oficial del Departamento de Estado acerca del ataque y la ocupación de objetivos civiles por parte de las fuerzas militares, quedó claro que la principal preocupación de la Casa Blanca residía precisamente en las consecuencias inevitables que la estrategia del exterminio físico de los potenciales enemigos de Tel Aviv podía generar en una zona del planeta que está sometida a los dolores de la muerte cotidiana desde hace más de cincuenta años.

Los Estados Unidos pidieron la retirada de la ciudad palestina ocupada y que tanto Israel como la Autoridad Nacional Palestina volvieran a la mesa de las negociaciones, evitando todas las acciones de represalia que pudieran incrementar la trágica espiral de violencia en la que viven ambos países desde los tratados de Oslo de 1993.

Resulta evidente que el gobierno de Ariel Sharon no cree necesario dar cuenta de sus actos a la comunidad internacional cuando se trata de defender a los ciudadanos de su propio Estado, aún cuando esa respuesta signifique llevar la muerte y la destrucción a los civiles que no son parte de las fuerzas beligerantes.

La primera conclusión obvia ante la decisión del gobierno de Israel de atacar blancos civiles con tecnología militar de última generación -como la utilizada para decapitar al líder del FPLP, Abu Mustafá- es que busca la expulsión de los palestinos de las zonas que actualmente ocupan. La percepción de la sociedad israelí de que son esos territorios la retaguardia ambiental necesaria para los atentados terroristas que han martirizado la vida cotidiana de las ciudades judías en los últimos meses, es el principal sostén de la presente ofensiva militar del gobierno de Sharon, que tiene como objetivo alejar la amenaza terrorista lo más posible de las ciudades de Israel, por lo cual tanto en Washington como en las principales capitales europeas muchos pensaron que el único fin posible de la ofensiva era la expulsión lisa y llana de los palestinos de sus actuales asentamientos.

Sin embargo el gobierno de Sharon parece tener otra opción estratégica. Se trata de la separación unilateral, un nuevo concepto de las relaciones políticas, sociales y económicas en la región que se sustenta en la idea de crear sólidos mecanismos de separación y de segregación entre israelíes y palestinos reduciendo los contactos a las situaciones mínimas e indispensables, bajo una estricta vigilancia militar y de los cuerpos de seguridad del Estado de Israel. Se trata de crear esos controles sistemáticos a cualquier costo, inclusive generando un cerco específico para las ciudades bajo control exclusivo de los palestinos, o generando un régimen para la ciudad de Jerusalén -donde la presencia de los palestinos es muy importante- que claramente dejaría el control absoluto de la Ciudad Santa en manos de las fuerzas de seguridad del Estado de Israel.

La propuesta de la separación unilateral tiene la virtud de concitar el apoyo de un vasto arco ideológico de la opinión pública israelí.

Las palomas que han perdido las esperanzas de impulsar un acuerdo de paz con las actuales autoridades palestinas, sienten que el tipo de separación que se propone terminaría con las posibilidades de que Israel comience una estrategia específica de ocupación de los territorios palestinos y de expulsión de sus actuales habitantes.

Los halcones por su parte, creen que la política de contención de los palestinos a través de la separación unilateral aumenta la influencia política y militar de Israel sobre la compleja política doméstica de los palestinos y lleva, además, a su país a tomar la iniciativa política y militar luego de muchos meses de perplejidad y de respuestas bélicas inconexas, sobre todo a partir del comienzo de la Intifada palestina.

La política de la separación unilateral podría ser muy costosa, tanto en términos de dinero como de política internacional, porque no son pocas las capitales de Occidente que vislumbran el comienzo de una peligrosa experiencia de discriminación selectiva que, a juicios de los expertos, no haría otra cosa que reavivar la llama del terrorismo suicida musulmán por las modalidades odiosas que esa política debería mostrar a poco de ponerse en práctica.

Para el gobierno de Sharon la puesta en marcha de esa iniciativa podría significar además una peligrosa exposición de las fuerzas armadas y de las fuerzas de seguridad en una situación donde su efectividad sería dudosa, en términos de eliminar los focos terroristas, mientras que aumentaría su visibilidad para las venganzas suicidas de los terroristas palestinos.

Tal vez por eso mismo, los portavoces de Sharon insisten ante los miembros de la comunidad de inteligencia occidental que la única estrategia del líder del ala derecha del Partido Likud consiste en combinar el garrote de una sistemática represión militar sobre los blancos terroristas y sus conexiones allí donde se encuentren, con la zanahoria de una mejor integración económica, incluyendo la oferta de mejores empleos para aquellos palestinos que muestran lealtad al Estado de Israel. Desde su punto de vista, cualquier retirada de las actuales posiciones de presión pueden ser interpretadas como una debilidad por los palestinos y por sus pocos aliados internacionales, por lo cual Sharon impone, cada vez que puede, la política de las venganzas sistemáticas, aún a costa de aumentar su aislamiento de la opinión pública mundial.

Finalmente el más grande obstáculo para construir una separación contundente entre palestinos e israelíes es el probable repudio de sectores muy influyentes de la opinión pública occidental que podrían interpretar la iniciativa como una brutal manera de discriminación.

De hecho las tumultuosas discusiones que rodearon el Congreso de Naciones Unidas contra el Racismo que está deliberando en Durban, República de Sudáfrica, han demostrado hasta qué punto las miradas globales sobre la política de Israel en Medio Oriente suelen estar influidas por la idea de que las víctimas son los palestinos y los victimarios los representantes del Estado más poderoso, tanto en lo militar como en lo económico.

Con todo, quienes apoyan la idea de construir un nueva gran muralla para proteger a los ciudadanos de Israel de los ataques terroristas, ya han presentado planes concretos que se hacen notar sobre todo por el costo de la obra -billones de dólares- y por la complejidad del sistema de controles que debería instrumentarse.

Pocos son, por ahora quienes pueden percibir que las relaciones cotidianas entre israelíes y palestinos ha crecido tanto que se hace virtualmente imposible asegurar que los contactos no van a seguir a pesar de todas las separaciones.

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