Home
Editorial
Claves de
la semana
Publicaciones
Análisis
Puntos de vista
Cronología
Trabajos de
investigación
Encuestas

 

 

 
 

Agosto 12. 2001

INTERNET IMPONE SUS FRONTERAS

Hace mucho tiempo atrás en la historia de Internet -exactamente en febrero de 1996- John Perry Barlow, el primer ideólogo conocido de la Red publicó su Declaración de Independencia del Ciberespacio.
Fue un excelente intento por capturar el espíritu de los tiempos, cuando las esperanzas agitaban los corazones ante el nacimiento de un nuevo medio de comunicación, cuya fuerza vital era tan importante como asegurar el nacimiento de una nueva era de Libertad y Democracia.
En 1981 el mundo había conocido la primera computadora personal y allí se ponía en marcha la revolución de las comunicaciones que habría de gestar a la Red como el escenario necesario del nuevo mundo global.
Decía ese manifiesto en uno de sus párrafos más vibrantes: "Gobiernos del mundo industrial, en el nombre del Futuro, yo les pido que nos dejen solos ejerciendo nuestra Libertad. Ustedes no son bienvenidos entre nosotros. Ustedes no tienen soberanía allí donde nosotros nos congregamos. Ustedes no tienen el derecho moral de imponernos sus reglas, como no tienen ni el poder ni los métodos para imponernos sus decisiones. Nosotros tenemos la verdadera razón que ustedes deben temer. El Ciberespacio no tiene límites ni admite fronteras".
Eran los días en que el uso masivo de Internet comenzaba a superar largamente los limites culturales de la sociedad de Estados Unidos y comenzaba a expandirse con la velocidad de un virus informático por todo el planeta. Eran los días en que el nuevo universo que se abría, obligaba también a pensar en una especie de no territorio donde todo era posible a través de la Red. Desde combatir y socavar el poder de cualquier gobierno autoritario, hasta reducir la capacidad de los gobiernos para imponer impuestos abusivos, sin dejar de considerar la posibilidad de castigar a los poderosos con la peor de las armas: el ridículo ciberespacial.
Internet aparecía ante los nuevos ciudadanos globales como un espacio sin referentes físicos, donde fluían informaciones en estado puro, y donde, a la vez, el viejo concepto de las fronteras y las jurisdicciones perdía sentido de un modo absoluto ante la nueva característica de los vínculos y las relaciones que la propia red permite. En un sentido, ese no territorio era también el espacio de la no ley y donde era posible, a la vez, ejercer la libertad de una manera absoluta.
Era una bella ilusión, pero lo suficientemente potente como para obligar a la reflexión a politólogos, tecnólogos, filósofos y cientistas de todo tipo acerca de los alcances del nuevo plano del universo que comenzaba a gestarse, no ya como una mención en los textos de ciencia ficción -o de ciencia pura- sino como una realidad cotidiana con el potencial de generar su propia cultura y sus propios valores.
La idea de que Internet no puede ser regulada ni controlada se corresponde, en realidad, con generaciones anteriores de la llamada revolución de las comunicaciones.
Una nueva generación de nuevas tecnologías se han desarrollado en los últimos años con el único objetivo de asegurar el fluir de algunos contenidos -pero no de todos-, o el objetivo de impedir que cualquier intruso pueda robar información o destruir las redes en las cuales se trabaja.
Precisamente la aparición de los hackers como nuevos héroes solitarios de guerras personales o tribales que se desarrollan en el ciberespacio, es una muestra clara de cuán difícil se ha tornado la vida de aquellos que creen que pueden operar en las redes informáticas sin que alguien le haga cumplir las reglas.
De hecho, el gobierno de Estados Unidos ha creado en los últimos años varios centros especializados en estas cuestiones que han logrado, entre otras cosas, detener y llevar a juicio a más de una docena de personas que habían atacado el sistema informático del gobierno de alguna manera.
También, delitos como la pornografía infantil o la incitación a la paidofilia han sido castigados, desde 1998 en adelante, aun cuando se cometieran en el ciberespacio, con lo cual aquellas ilusiones libertarias parecen tornarse cada día un poco más patéticas.
Un reciente informe acerca del impacto que está produciendo en China el uso de Internet parece rebelar que la voluntad de los Estados nacionales por no resignar jurisdicciones ante la Red ha mostrado que existen otros actores decididos a participar en la batalla con sus propios puntos de vista.
Ese informe, preparado por Carnegie Endowment para la Paz Intermacional, un think tank con sede en Washington y con una marcada preocupación por los temas globales, encontró que el gobierno de China ha tomado diversas decisiones para evitar que se transmitan a través de la Red los discursos de los grupos opositores al régimen.
Los ciudadanos chinos suelen intentar conectarse con los sitios de otros orígenes, pero son fuertemente controlados por el Estado a través de diversos mecanismos bastante avanzados que impiden cualquier tipo de conexión que no haya sido aprobada por el gobierno.
Algo parecido sucede en Cuba, donde la única red que existe es manejada por el gobierno y por sus funcionarios, mientras que los opositores no están en condiciones físicas siquiera de llegar a los teléfonos digitales desde donde puedan conectarse.
La semana pasada los líderes del gobierno talibán de Afganistán decidieron condenar a prisión a un grupo de personas cuyo delito consistía precisamente en intentar conectarse con la Red con cierta regularidad.
Como sea, y por más que el afán represivo sea muy intensivo, hay muchas más posibilidades de que en algún momento del futuro los ciudadanos de esos países logren una participación plena en el mundo de Internet, que esas prohibiciones se transformen en permanentes e impidan a los próximas generaciones que sean parte del mundo global virtual en el que vivimos.
Más allá de los impedimentos políticos de los regímenes autoritarios, parece claro que la batalla del ciberespacio por crear o violar las fronteras de Internet han generado una serie de iniciativas que obligan a los hombres y a los pueblos a considerar seriamente cuál será la mejor manera de sumarse al mundo caótico que está naciendo.
La virtualidad no es un estado de gracia por sí solo. Es un nuevo escenario que obliga a nuevas reglas y a nuevos límites. Estamos en la transición hacia su primera concreción.

Ver archivo de Claves

 

Diseñado por
BarNews
Research Group
 

 

Copyright 1999 Fundación Foros del Sur - Todos los derechos reservados