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Julio 30. 2001

El comercio mundial en una nueva fase de su crisis estructural.

Las autoridades de la Organización Mundial del Comercio (OMC) ya no saben a que recurso echar mano con tal de convencer a los líderes de las grandes potencias de que resulta imprescindible poner en marcha una nueva ronda de negociaciones globales con el objetivo de conseguir una rápida y sostenible apertura de los mercados.

La idea básica consiste en lograr que en la reunión de ministros de Comercio de los países miembros de la OMC que se celebrará en Doha --capital del Emirato de Qatar- durante el próximo mes de noviembre se logren las coincidencias necesarias como para iniciar la ronda de negociaciones comerciales globales que no pudo ser puesta en marcha en la reunión de Seattle en noviembre de 1999, cuando las grandes potencias económicas y comerciales no lograron ponerse de acuerdo acerca de una agenda de contactos para lograr en el corto y en el mediano plazo una baja consistente en los niveles de protección y de subsidios para las respectivas producciones locales.

En un reporte especial dado a conocer la semana pasada la Organización Mundial de Comercio advirtió seriamente a los 141 países miembros acerca de la necesidad de concretar cuanto antes un gran acuerdo global sobre el comercio, en vista de los peligros que se ciernen sobre los mecanismos de resolución de esos problemas a través de la negociación entre las partes.

De acuerdo al punto de vista de los funcionarios más destacados de la OMC los errores acumulados en estas cuestiones son muy importantes tal vez porque ellos presientan que está en juego la existencia misma de esa organización que fue creada en 1994 como parte de los resultados de la Rinda Uruguay del GATT.

Precisamente esa ronda de negociaciones globales además de lograr compromisos de diversos países para conseguir sucesivas y progresivos progresos en materia de libertad de comercio, creó los mecanismos para resolver las controversias en el marco de la OMC.

El más reciente intento por lanzar una nueva ronda de negociaciones para lograr progresos ostensibles en la disminución de subsidios, aranceles y todo tipo de protección doméstica, se verificó en Seattle, Estados Unidos, durante la cumbre global de noviembre de 1999. El hecho es que esa propuesta terminó en un estruendoso sobre todo porque los Estados Unidos y la Unión Europea no lograron ponerse de acuerdo ni siquiera en la agenda que debería seguir esa nueva ronda de negociaciones.

Pero en Seattle también resultó notable la nula predisposición de los grandes mercados occidentales para terminar con los subsidios agrícolas y de ese modo abrirse a las exportaciones de alimentos que intentan sin éxito desde hace tiempo los países miembros del Grupo CAIRNS.

El potencial de beneficios económicos que puede reportar el éxito de estas negociaciones es enorme. Drusilla Brown, académica deTufts University y Alan Deardoff junto a Robert Stearns de la Universidad de Chicago, han sugerido en diversos estudios que la decisión de reducir las tarifas y los subsidios en la agricultura y en productos industriales y de servicios en una proporción del 33% permitiría liberar al mundo recursos por un total de 600 billones de dólares con la secuela de bienestar global que eso significa.

Pero, con el tiempo corriendo en contra del comienzo de las negociaciones, la verdadera dificultad que aparece claramente es el contenido de esa agenda hipotética de esa nueva ronda de negociaciones globales. Los desacuerdos son crecientes de acuerdo a quien pretenda definir esos conetnidos.

El más estrecho punto de vista con respecto a esta cuestión debería incluir las liberalización del comercio tanto para los productos agrícolas como para los servicios, además de ciertos compromisos para recortar tarifas y subsidios en bienes de fabricación industrial.

Todo indica que el punto crítico de esa lista tan modesta es como enfrentar la cuestión de la producción agrícola.

Los países ricos gastan 300 billones de dólares por año para sostener la producción de sus granjeros.

El Grupo CAIRNS, la coalición de países exportadores de alimentos de las naciones en desarrollo, procura un ambicioso compromiso a concretarse en la reunión de Doha para establecer un cronograma claro y preciso acerca del final de todas las barreras comerciales.

El gobierno de los Estados Unidos por su parte, a pesar de hablar en todos los foros a favor del libre comercio sobre todo en materia de producción agrícola, sigue siendo uno de los principales protectores de sus propios granjeros, aún más allá de los cambiantes precios de los mercados globales. En todo caso la gran pregunta sin respuesta en este caso es como hará uno de los gobiernos más poderosos de la tierra para poder cumplir con su palabra en un tema tan crítico.

Por su parte la Unión Europea y Japón siguen empeñados en encontrar su propio camino para combinar una apertura moderada de sus mercados y el mantenimiento de los actuales niveles de protección para sus propios productores agrícolas que se siguen mostrando particularmente ineficientes a la hora de competir con sus colegas de otras regiones del planeta.

Pascal Lamy, el principal negociador de la Unión Europea en cuestiones comerciales ha declarado la semana pasada que "si las negociaciones de Doha en materia de agricultura están dominadas solamente por preocupaciones meramente comerciales va a ser muy difícil llegar a un acuerdo con los europeos, al menos en esas cuestiones".

En cualquier caso los europeos pretenden que la agenda de Doha se incluyan tres nuevas áreas de negociaciones: a) políticas de desarrollo, b) políticas de apoyo a la competitividad y c) defensa del medio ambiente.

Los líderes de la Unión Europea parecen haber superado claramente los días en que buscaban la aprobación de los Estados Unidos para sus propuestas de política global.

Ahora afirman cada vez que pueden que el mundo necesita reglas comerciales que vayan mucho más allá de las tarifas, los subsidios y los derechos aduaneros, y sugiere que esas nuevas reglas no pueden ignorar cuestiones centrales del llamado "mundo transnacional" como son la defensa del medio ambiente, y el desarrollo de disposiciones claras acerca de las inversiones y de las modalidades de la competencia.

Pero la real dificultad de las relaciones comerciales entre los Estados Unidos y la Unión Europea es el vínculo entre comercio y defensa del medio ambiente que parece haberse transformado en una cuestión innegociable.

Los europeos dicen que no quieren establecer nuevas reglas sino clarificar las existentes, pero lo cierto es que luego de la decisión unilateral de Washington de desconocer el Tratado de Kyoto la cuestión de la defensa del medio ambiente se ha transformado en uno de los "issues" donde queda claro que la primera consecuencia del aislamiento internacional creciente de los Estados Unidos es el comienzo de la discusión directa con la Unión Europea en términos de definir quien tiene la capacidad de escribir la nueva agenda global.

Precisamente las tensiones entre ambos gigantes occidentales pueden transformarse no solamente en la tumba para las aspiraciones de los países que creen sacar ventajas de una mayor liberalización del comercio.

Se trata del peligro cierto de que un fracaso del intento de la OMC en Doha termine disparando una guerra de bloques comerciales de consecuencias imprevisibles

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