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Junio
3. 2001

La vuelta de Alan Garcia.
Alan García,
parece estar destinado a ser el símbolo del "cambio de época" en
la política moderna de América Latina.
Cuando terminó su mandato presidencial a principios de los noventa
se transformó en el epítome del político latinoamericano fracasado
de la década de los ochenta.
Más de diez años después ha vuelto a ocupar el centro de la política
de su país sin dejar de representar el discurso ideológico que lo
transformó en una de las estrellas regionales en la década de los
ochenta.
Entre aquella muerte y esta resurrección, América Latina ha vivido
una década de profundas transformaciones que algunos creían irreversibles.
Pero está claro que en la tierra del realismo mágico ni la muerte
es irreparable, sobre todo si se trata de la política.
Es bueno recordar que no se trata de un político más o de un líder
mediocre. Alan García fue el primer presidente de un país de América
Latina con volumen y densidad histórica, política y económica que
en medio de la década de los ochenta anunció la decisión de no pagar
sus compromisos de la deuda externa en su totalidad con el argumento
de que debía destinar la mayor parte de lo producido por el país
para atender a su pueblo.
El gesto conmocionó a la región por su rebeldía y puso a los acreedores
en alerta máxima ante la posibilidad de que estuvieran ante el comienzo
de una moratoria regional capaz de voltear al sistema bancario mundial
de entonces.
El experimento fracasó porque los rendimientos generales de la economía
del Perú no pudieron estar a la altura del desafío de comenzar a
crear nuevas riquezas en un escenario nacional dominado por la aparición
de un movimiento guerrillero muy poderoso y con la estrategia evidente
de crear un estado autónomo a expansas de la autoridad del gobierno
de Lima.
Su discurso populista y sus políticas más favorables a mantener
el estado de bienestar que a impulsar transformaciones de libre
mercado se sumaron a sus dificultades para manejar el Perú donde
el poder de Sendero Luminoso y la inflación sembraban la inseguridad
cada día, para "definir" en detalle el perfil de un gobernante no
solamente incapaz de manejar las crisis sino, y sobre todo, impedido
de ser eficiente en su trabajo más por sus "deficiencias estructurales"
que por cualquier otro tipo de circunstancia.
Para colmo de males, el gobierno de Alberto Fujimori resolvió "usar"
esas aparentes evidencias históricas para aumentar los niveles de
popularidad de su propia experiencia presidencial. Así fue como
los juicios por corrupción y los constantes rumores y trascendidos
-nunca comprobados del todo-acerca de las fallas morales del líder
aprista se transformaron en un lugar común en la vida de los peruanos
durante casi diez años.
El hecho es que nadie en América Latina en cualquier momento de
la década de los noventa hubiera siquiera admitido la posibilidad
de una resurrección política de Alan García.
No solamente por sus historias personales que el Presidente Fujimori
se dedicaba a construir como un relato minucioso sino, y sobre todo,
por lo que significaba como abanderado de toda una época de la política
regional, en la cual los líderes políticos del primer turno de las
democracias restablecidas luego de las dictaduras de la Seguridad
Nacional intentaron sin éxito recetas políticas y económicas heterodoxas
y alejadas del por entonces resplandeciente "consenso de Washington".
Sin embargo, el líder del histórico APRA no se dejó sepultar por
las arenas del "fin de la historia" como no se dejó matar por los
jinetes del Apocalipsis del Fin de la Guerra Fría.
Persistió desde su exilio colombiano en su tarea de sobrevivir,
manteniendo en su país una estructura política nacional más orientada
a no desaparecer ante la violencia del aparato "fujimorista" que
a plantear con claridad consignas favorables a su retorno al centro
de la escena política.
Quienes visitaron a Alan García en su exilio aseguran que el hombre
no quería admitir que era un dinosaurio en extinción. Al contrario,
solía reflexionar sobre sus propias experiencias en el gobierno
intentando reflexionar sobre el sentido del "cambio de época" que
su propio ocaso representaba, tratando de buscar estrategias para
que en medio de la tormenta neoliberal, pudiera sobrevivir la identidad
populista de su partido y de su liderazgo.
Son muy raras las ocasiones en que la Historia permite una segunda
oportunidad, pero Alan García consiguió la suya.
El fin del tercer gobierno de Alberto Fujimori fue la clave para
salir de su propio laberinto, pero la verdad es que la década de
su exilio ya estaba mostrando claramente los límites de legitimidad
política de las experiencias de reformas de libre mercado en América
Latina.
Todo el sistema de pensamiento que había transformado a Alan García
en el abanderado de un pasado que no debía volver, comenzaba a crujir
y a resquebrajarse. No solamente en Perú y como consecuencia de
los excesos anti democráticos del Fujimori y su régimen. Sino también,
y básicamente, por el fracaso de un modelo económica que, no solamente
no asegura el progreso de las propias fuerzas productivas, sino
que aumenta la brecha social entre los que más tienen y los que
menos tienen.
En un reciente reportaje durante la campaña electoral de su país,
García aseguró que intentó asimilar su experiencia entendiendo que
la mundialización es una nueva circunstancia histórica en la que
hay que actuar, mas que un enemigo a quien hay que derrotar.
Pero también agregó que ser progresista en esta primera década del
Siglo 21 consiste precisamente en conseguir que la exclusión social
afecte al menor número de ciudadanos posible, sin que por ello deba
buscarse el aislamiento internacional o las fórmulas económicas
que espantan a los dueños del dinero.
La magnífica campaña electoral que termina ha vuelto a poner a Alan
García en el centro de la política peruana. En menos de cuatro meses,
desde que volvió a su país en brazos de sus amigos políticas, el
jefe del APRA ha demostrado una vez más que el milagro de la resurrección
existe solamente en la política de América Latina
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