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Mayo 10. 2001

Juan Pablo II dejó su huella en Medio Oriente

De acuerdo a lo informado por el vocero del Papa, Juan Navarro Valls durante el viaje de vuelta de Juan Pablo II a Roma al culminar su visita a Grecia y a Siria, casi media docena de los líderes políticos de los principales países árabes se comunicaron con el Sumo Pontífice para hacerle saber su beneplácito por su visita a la Mezquita de los Omeya en Damasco.

En esas mismas comunicaciones los jefes de algunas de las naciones islámicas más importantes coincidieron en el mensaje de que les hubiera gustado acompañar al jefe espiritual de los católicos en su acercamiento a los musulmanes y coincidieron además en invitarlo para que realice una gira en los próximos meses por los países musulmanes de Medio Oriente.

El entusiasmo desatado por el Papa entre los seguidores más lúcidos del Profeta tiene una explicación claramente religiosa --en tanto significa un gesto de acercamiento muy significativo entre dos de las religiones monoteístas que en el pasado se enfrentaron en guerras muy sangrientas-- pero también admite causas culturales y políticas que no son menos consistentes
.
Desde el punto de vista cultural, el involucramiento de la Iglesia Católica en la resolución de la crisis de Medio Oriente tiene el valor de instalar un nuevo actor que por su propia historia en la región puede transformarse en un factor desequilibrante a la hora inevitable de sellar un acuerdo de paz verdadero y con posibilidades de ser respetado.

Sucede que el Papa de los católicos nunca se hizo presente con una política consecuente en la búsqueda de la paz en Tierra Santa, y la decisión del Vaticano de subsanar esa carencia viene a poner de relieve que la Iglesia de Roma cree que tiene algo para decir en un tema tan complicado y difícil.

En ese sentido la entrada del Santo Padre a la Mezquita Omeya respetando el rito musulmán y su mensaje a favor de la paz entre los creyentes en un solo Dios fue una imagen ciertamente impactante para los millones de musulmanes que habitan la región y que todavía entienden mucho mejor el idioma de los gestos que el idioma de la retórica.

Ese gesto de acercamiento en una cultura donde el aspecto religioso y el aspecto político son elementos del simple hecho de vivir, remite necesariamente al potencial estratégico de la nueva posición asumida por el Vaticano en Medio Oriente.

Sucedió en varias ocasiones durante la visita que el Papa aceptó y defendió el derecho de los palestinos a conformar su propia Nación en las tierras que históricamente ocupó ese pueblo.
El propio Sumo Pontífice puso énfasis en destacar que el compromiso por la paz en la zona debía involucrar ante todo a los "más poderosos" desde un punto de vista militar y que debía terminarse con las matanzas de inocentes como modo de represalia.

Esos mensajes dichos en esas circunstancias --aún a costa de aceptar los conceptos del líder sirio Assad en el sentido de acusar a los judíos por la muerte de Jesucristo, una tradición en la retórica religiosa musulmana-- sirvieron para transformar al Papa en un aliado político invalorable para los estados árabes interesados en conseguir una solución pacífica al conflicto de Medio Oriente que asegure la presencia de los palestinos en los territorios que ahora ocupan.

Nadie se anima a afirmar en el Vaticano que el Papa vaya a aceptar la invitación de visitar países como Arabia Saudita, Egipto o Jordania en los próximos meses. Alegan los cardenales expertos de la diplomacia más vieja de Occidente que Juan Pablo II tiene dañada seriamente su salud y sus energías y ese es un dato que se ve a simple vista.

Sin embargo también es cierto que en el mismo momento en que el Santo Padre estaba en Siria se sucedían los contactos con los líderes de la Unión Europea para saber hasta que punto es posible esperar en las próximas semanas gestos explícitos de apoyo a la nueva política vaticana para Medio Oriente.

Dicen en Roma que la apuesta de máxima del Vaticano en este punto es comenzar a trabajar en una solución para Jerusalem capaz de asegurar la paz en esa área sobre la base de declararla "Ciudad Santa" bajo la conducción temporal de líderes de las tres grandes religiones monoteístas.

Hasta donde se sabe el gobierno de Tel Aviv se opone fuertemente a cualquier iniciativa estratégica que incluya a nuevos actores en la resolución del conflicto "incluida la Iglesia Católica".

Por eso es que han comenzado su propia ronda de contactos con los líderes políticos europeos para abortar cualquier posibilidad de que la paz en Medio Oriente se transforme en otra cosa que en un problema exclusivo de la región.

Como sea, la evaluación de la diplomacia vaticana es que el viaje a Grecia y a Siria "ha abierto un nuevo horizonte de esperanza" para la paz en una zona donde "está en juego la vida de millones de personas" además del hecho de que las tres religiones que creen en un solo Dios se están mostrando incapaces de perdonar y de exorcizar para siempre "el fantasma de la Guerra,"!

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