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Abril
19.2001

La política hemisferica de Washigton se pone a prueba en
Quebec
La Tercera Cumbre
de las Américas que se desarrollará en Quebec ( Canadá)
desde el 20 al 23 de abril marcará para la política
hemisférica de los Estados Unidos el tránsito obligado
desde el territorio idílico de las mejores intenciones, al
complejo y rudo escenario de las realidades políticas más
áridas y peligrosas.
Si algo ha caracterizado a la nueva Administración Bush,
eso ha sido precisamente su determinación para transformar
a las relaciones hemisféricas en uno de los temas más
importantes de la agenda global de Washington.
Las declaraciones públicas en ese sentido han sido casi tan
elocuentes como los gestos políticos. Por ejemplo, George
W. Bush ha recibido durante sus primeros tres meses de gestión
a siete presidentes de América Latina, incluyendo todos los
países relevantes de la región con excepción
de Venezuela. También en sus primeros cien días de
gestión el nuevo jefe de la Casa Blanca ha acelerado todo
lo posible las negociaciones bilaterales con Chile para firmar un
acuerdo bilateral de libre comercio, ha declarado muchas veces a
la prensa que quiere conseguir la "vía rápida"
para negociar acuerdos multilaterales de libre comercio en las Américas
antes de mediados de año, y ha peregrinado hasta la sede
histórica de la Organización de Estados Americanos
(OEA) para ratificar allí el compromiso de su gobierno con
el organismo multilateral hemisférico más importante,
aún contrariando la tendencia histórica de las relaciones
entre su país y ese ámbito político regional.
Sin embargo, tanta actividad política y tantos gestos elocuentes
no significaron éxitos relevantes para la Administración
Bush en el marco de sus relaciones hemisféricas.
De hecho, las negociaciones que llevaron a la redacción del
documento que se firmará en la Cumbre de Quebec, fueron una
clara derrota para los objetivos de Washington en el sentido de
apurar las negociaciones del ALCA, de modo tal de que el tratado
de libre comercio hemisférico comenzara a regir a partir
de 2003.
El resultado evidente de las negociaciones de Buenos Aires fue la
ratificación de los tiempos ya acordados -- el año
2005-- de acuerdo a las posiciones sostenidas por los dos grandes
países ( Brasil y Venezuela) que miran con reticencia la
creación de un área de libre comercio de las Américas
por considerar que ese proceso no haría otra cosa que consolidar
la hegemonía regional de los Estados Unidos.
No debe ser un dato menor para el Departamento de Estado la propuesta
del Presidente de Venezuela Hugo Chávez, al Presidente del
Brasil Fernando Cardoso, en el sentido de consolidar una alianza
estratégica entre ambos países para incidir decisivamente
en las relaciones de poder de América del Sur.
El escenario es bien distinto al que muchos suponían como
el paisaje inmutable en el que se desarrollaría la política
regional en las primeras décadas del nuevo siglo.
- El primer hecho evidente es que la nueva Administración
Bush, la misma que ha hecho de las relaciones hemisféricas
uno de sus principales objetivos políticos será la
que deba comenzar a lidiar con una situación regional bien
distinta a la de los noventa, en el sentido de que la hegemonía
política y militar de los Estados Unidos en la región
ya no es más un dato de la realidad que nadie se plantea
modificar.
- El segundo hecho evidente es que ya existe en América del
Sur una masa crítica de poder --representada por la voluntad
política de los líderes de algunas de las naciones
más poderosas de la región-- cuyo eje de legitimidad
pasa precisamente por buscar alternativas globales a la idea del
mundo unipolar que definió la década de los noventa.
- El tercer hecho evidente es que esa nueva situación política
regional se da en el mismo momento en que la situación colombiana
--con su equilibrio estratégico entre las fuerzas legales
y las fuerzas ilegales-- parece indicar que los problemas de seguridad
regional van a crecer en los próximos años, en lugar
de moderarse.
Más allá
del inteligente recurso que encontró la diplomacia argentina
para que la Cumbre de Quebec no se transforme en un muestrario de
las nuevas tensiones regionales -- de hecho la idea de Buenos Aires
de disimular las diferencias en torno al ALCA recuperando la idea
de la defensa de la democracia como centro de la política
hemisférica-- lo cierto que la diplomacia de los Estados
Unidos deberá comenzar a asumir a partir de la cumbre presidencial
la evidencia de los nuevos límites que enfrenta Washington
en el desarrollo de sus relaciones con su espacio geo político
más cercano.
Esos límites expresan claramente la diferencia central entre
la política hemisférica de la década pasada
y los nuevos escenarios descriptos más arriba. Junto a las
cuestiones económicas y comerciales, han surgidos prioridades
políticas y estratégicas que han quitado a los Estados
Unidos el rol de ser la única voz relevante que las naciones
de América Latina deben escuchar a la hora de definir los
canales propios de integración al proceso de globalización.
Esas "nuevas voces" hemisféricas parecen a primera
vista mucho más sostenidas por las tendencias culturales
más profundas de la región que las propuestas y las
opiniones de aquellos líderes que hacían del pragmatismo
su virtud más importante a la hora de competir por la relevancia
en la agenda regional de los Estados Unidos.
Tal vez por eso mismo esas "nuevas voces" sean más
atractivas para las respectivas sociedades nacionales y se muestren
en condiciones políticas de crear sus propias opciones estratégicas
a la hora de definir los parámetros y las características
del proceso de integración hemisférica en marcha.
La conclusión práctica más inquietante y a
la vez más evidente de la situación política
hemisférica que revela la Cumbre de Quebec es que la importancia
política relativa de los Estados Unidos en ese proceso ha
disminuido en la misma medida en que han aparecido otros actores
políticos --nacionales y transnacionales-- dispuestos a definir
ese proceso de integración hemisférica con su propia
impronta.
La política hemisférica de la nueva Administración
Bush deberá tener en cuenta con mucho detalle estos nuevos
datos, porque parece claro ya que la batalla por la integración
hemisférica ha dejado de ser una cuestión centralmente
económica ó comercial para transforme en una contienda
política donde está en juego ante todo como se jugará
el poder regional en los cada vez más complejos escenarios
donde ya ha comenzado la lucha por el poder global.
Cuestiones tales como el Plan Colombia, la política hemisférica
sobre drogas, o la política ambiental ya no podrá
ser definida a partir de un único argumento central --el
interés nacional de los Estados Unidos--sino que deberán
tener en cuenta ante todo el escenario y los vaivenes de esa disputa
por el poder regional para poder encontrar los mejores mecanismos
de implementación.
Ese ejercicio será el que comience a poner a prueba la política
hemisférica de la nueva Administración Bush, más
allá de la retórica previsible de los documentos diplomáticos
y de las declaraciones habituales en las cumbres presidenciales.
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