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Diciembre 2.2000

El plan Colombia no termina de ponerse en marcha
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El Plan Colombia,
el programa de ayuda de 1.500 millones de dólares que el
gobierno de los Estados Unidos aprobó hace unos meses para
enfrentar la alianza del narcotráfico y la guerrilla que
maneja más de la mitad de ese país, no logra ponerse
en marcha a pesar de la presión que intentan desde hace dos
semanas algunos de los funcionarios más importantes de Washington.
Más allá de los anuncios oficiales, la realidad muestra
que las FARC han puesto en marcha dos medidas de acción que
han logrado paralizar la puesta en marcha del Plan Colombia.
Por un lado las FARC han comenzado un "paro armado" en
la zona del Putumayo --el centro estratégico donde debía
ponerse en marcha la ayuda definida en el Plan Colombia en términos
de ataque al narcotráfico-- lo cual ha desatado una ofensiva
de violencia contra combatientes y no combatiente por parte de los
grupos para militares. El resultado de esa situación es la
efectiva paralización de la zona, y la sensación de
miedo y de fracaso ante el Plan Colombia que viene ganando a los
pobladores de la zona.
Por otra parte las FARC han congelado las negociaciones de paz con
el gobierno reclamando que no comience a aplicarse el Plan Colombia
como condición para seguir hablando de un cese del fuego.
Mientras tanto los comandantes guerrilleros insisten en mostrar
el control que tienen sobre el casi millar de prisioneros de las
fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad que mantienen alojados
en verdaderos campos de concentración.
La combinación de ambas circunstancias ha llevado al gobierno
de Andrés Pastrana a dudar y a no avanzar en la puesta en
marcha de las primeras decisiones incluidas en el Plan Colombia
que comenzaba precisamente por la erradicación de cultivos
de coca y el cambio de esos cultivos por otros, no tan rentables
por cierto.
De todos modos, el gobierno de Bogotá deberá tomar
en la semana que comienza una decisión estratégica
con respecto al proceso de paz porque el próximo 7 de diciembre
vence el plazo establecido por el decreto presidencial que le otorgó
a las FARC el control de la zona de 42,000 kilómetros cuadrados
que hoy administra la fuerza guerrillera.
Nadie cree en Colombia que el gobierno de Andrés Pastrana
vaya a ordenar el fin de esa situación, pero el hecho es
que la resolución de la prorroga también se transformará
en un dato relevante en la compleja negociación en marcha.
La semana pasada estuvo en Bogotá Thomas Pickering, el subsecretario
de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, y luego
de reunirse con autoridades del gobierno aceptó en ronda
de prensa que la huelga armada desatada por las FARC en el Putumayo
estaba dificultando seriamente la puesta en marcha del Plan Colombia.
El representante de Washington aseguró que la demora se va
a solucionar en las próximas semanas y que muchos campesinos
ya han mostrado su interés en sumarse a los planes de sustitución
de cultivos.
No es esa la opinión que registran los medios de comunicación
más importantes de los Estados Unidos que han registrado
numerosos testimonios de pobladores de la zona que expresan la preocupación
por los efectos económicos de la tensión que domina
la vida diaria en el valle del Putumayo.
Los máximos representantes del gobierno colombiano están
tratando de averiguar entre los hombres y mujeres que podrían
manejar la política latinoamericana del próximo presidente
de los Estados Unidos, si pueden contar con cierta "flexibilidad"
a la hora de poner en marcha definitivamente el plan de ayuda.
La duda que atormenta a Bogotá es hasta donde van a poder
manejar la presión de Washington si es que en algún
momento las negociaciones de paz puedan imponer cierta "moderación"
en la aplicación de las pautas del Plan Colombia.
Las respuestas que han recogido han sido desalentadoras sobre todo
porque en Washington es notable como las fuerzas armadas colombianas
por un lado y las fuerzas policiales por el otro --todavía
lideradas por el general Rosso Serrano a pesar de su pase a retiro--
despliegan su propia diplomacia para asegurarse ser los destinatarios
de la ayuda y los mejores aliados de los Estados Unidos en la zona
conflictiva.
Esta situación de indefinición inevitablemente va
a revertirse con la asunción del nuevo gobierno de los Estados
Unidos, sobre todo por el consenso que existe entre los especialistas
de política global de ambos partidos acerca de la necesidad
de poner en juego en Colombia la capacidad de la primera potencia
de la tierra para certificar su hegemonía en la región
que siempre fue considerada su "patio trasero".
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