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Noviembre 23.2000

El Libano Siria entran en escena
El complejo
proceso de paz de Medio Oriente mostró durante el pasado
fin de semana su cara más fiera cuando Hizballah atacó
una dependencia militar israelí en tierra libanesa --en rigor
el último enclave luego de la retirada del año pasado.
El ataque de Hizballah y la posterior represalia de Israel alejó
aún más el cese de la violencia en la zona, en el
mismo momento en que Arafat y el primer ministro Barak decidieron
revitalizar los compromisos de paz en la crisis palestina.
La aparición de nuevos actores en un escenario de violencia
callejera casi cotidiana puede transformarse en un inesperado problema
insoluble para la conducción política y militar de
Tel Aviv donde el principal objetivo táctico ha pasado a
ser la reducción de tensiones en lugar de la multiplicación
de la violencia que parece proponerle la reaparición de Hizballah
en el centro de la escena política de la región.
El principal problema que le presenta la nueva situación
a Israel es la creciente carencia de aliados de esa nación
entre los vecinos árabes cercanos y lejanos.
Precisamente la posibilidad de contar con esas alianzas fue uno
de los éxitos estratégicos más relevantes de
las conducciones israelíes de los últimos treinta
años.
Esa ventaja estratégica comenzó a desaparecer precisamente
cuando Egipto decidió retirar su embajador de Tel Aviv y
cuando Arabia Saudita y Kuwait se pronunciaron a favor de las demandas
palestinas cuando el proceso de paz comenzaba a desangrarse.
El problema presente consiste precisamente en que la conducción
que encabeza Barak, no puede saber si detrás de la decisión
de Hizballah de volver a golpear sobre las fuerzas militares israelíes,
cuenta con el apoyo de El Líbano, de Siria o de ambos gobiernos
a la vez.
La paradoja de esta situación puede ser precisamente que
Arafat se puede transformar en el único aliado árabe
confiable de una conducción israelí cada vez más
aislada.
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