Home
Editorial
Claves de
la semana
Publicaciones
Análisis
Puntos de vista
Cronología
Trabajos de
investigación
Encuestas

 

 

 
 

Noviembre 19.2000

El final anunciado del Señor Fujimori

El final político de Alberto Fujimori completa, una vez más, la saga tradicional de algunos de los políticos latinoamericanos más notables, cumpliendo la tradición como quien confirma una certeza ancestral.

Fujimori no fue un líder intrascendente para la historia peruana moderna. Bajo su jefatura el Perú logró derrotar la guerrilla terrorista de Sendero Luminoso, en el preciso momento en que los insurgentes comenzaban a amenazar seriamente la existencia misma del estado nacional peruano.

Cuando el fantasma de la violencia política organizada parecía resucitar --cuando el movimiento Tupac Amaruc tomó con rehenes la Embajada de Japón en Lima-- Fujimori volvió a mostrar la vieja firmeza que ya se había mostrado varias veces con la capacidad de asegurar la tranquilidad de los peruanos.

Probablemente la opinión pública internacional, debidamente influenciada por las incasables invectivas de la familia Vargas Llosa, haya perdido de vista el hecho de que Fujimori, con su capacidad para usar el poder sin contemplaciones, otorgó a los peruanos la sensación de tranquilidad que suele otorgar la existencia de un estado con la capacidad de ser una autoridad sólida en el manejo del poder público.

Ese "efecto Fujimori" sirvió para consolidar la sólida hegemonía política de diez años que muchos conocen como la "era Fujimori", pero no alcanzó para que naciera un sistema político lo suficientemente eficaz y legítimo como para refundar con certeza una nueva etapa en la historia del Perú.

Las reformas económicas que intentó el gobierno de Fujimori buscaron consolidar negocios para algunos capitales internacionales, pero con la condición de que a la vez aseguraran la hegemonía y la fortuna de quienes eran el grupo de extrema confianza del enigmático hijo de japoneses que se proclamaba también heredero del Inca. Para Fujimori, como para tantos líderes políticos de la historia de América Latina, era más importante el propio poder sin límites, que la construcción de instituciones y sistemas de poder con la capacidad de gobernar en nombre y el defensa del bien común.

El Presidente peruano prefirió consolidar las cuentas bancarias y las posiciones de poder de sus más leales colaboradores antes que dedicarse a la siempre difícil tarea de construir instituciones con la capacidad de sobrevivir a los intereses y a la vida política de Fujimori y sus amigos.

Vladimiro Montesinos fue el arquitecto de ese sistema de poder que intentó crear Alberto Fujimori con el exclusivo objetivo de eternizar en el poder al grupo que llegó al poder en 1990, cuando el fracaso del gobierno de Alan García y el avance de Sendero Luminoso transformaron al Perú en el epítome regional de un estado nacional en disolución.

La crisis terminal del régimen de Alberto Fujimori comenzó precisamente cuando Montesinos quiso asegurar la eternidad en el poder del Presidente que lo había transformado en el hombre fuerte del Perú. Usó todas las herramientas de su arsenal, tal como lo había hecho a lo largo de los diez años de manejo discrecional del poder. El error seguramente consistió en que Fujimori y los suyos no valoraron debidamente el poder social que habían desarrollado las fuerzas de la oposición decididas a cambiar el signo y el sentido del poder político peruano.

Esta vez no hubo éxito porque el agotamiento estaba a la vista y todos los días hacía concentraciones frente a la propia casa de gobierno de Lima.

Se fue Montesinos, se va Fujimori y el Perú no pudo cambiar nada del esquema que lo mantiene en el atraso.

Ver archivo de Claves

 

Diseñado por
BarNews
Research Group
 

 

Copyright 1999 Fundación Foros del Sur - Todos los derechos reservados