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Septiembre,
28.
2003

LA
RETIRADA DE IRAK: EL DESAFIO DECISIVO PARA GEORGE W. BUSH
La última semana de septiembre estuvo signada por la gran
diferencia de los titulares de la prensa que supo conseguir el
presidente George W. Bush. Primero se registró su discurso
ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la cual aparecía
haciendo pequeñas concesiones para persuadir a otras naciones
para que participen del conflicto de Irak enviando tropas frescas
para colaborar con la alianza que lideran Estados Unidos y el Reino
Unido. Luego se conoció un adelanto de un informe especial
preparado por expertos internacionales convocados por la Agencia
Central de Inteligencia que aparentemente registra que no se han
encontrado armas de destrucción masiva en Irak, luego de
una búsqueda de seis meses de la que participaron 1.500
soldados y especialistas de diversos países.
De acuerdo
a ese informe sólo se encontró “evidencia documentada” de
los programas de construcción de armas estratégicas
del régimen de Saddam Hussein, pero de ninguna manera evidencia
física del desarrollo de esos programas. Mientras tanto,
todos los días se registran atentados terroristas contra
las tropas de la alianza occidental –cada vez más complejos
y elaborados- que significan una sangría cotidiana de vidas
humanas básicamente de soldados norteamericanos y británicos,
al mismo tiempo que se incrementan los atentados contra los iraquíes
que colaboran con las fuerzas de ocupación. Los blancos
de la resistencia iraquí son también los oficiales
civiles de las Naciones Unidas y la infraestructura elemental que
puede sostener la economía iraquí y, eventualmente,
servir de palanca para la recuperación del país -cuya
administración está saliendo demasiado cara al presupuesto
de Estados Unidos-. El hecho es que la estrategia de las guerras
preventivas impulsadas por la Casa Blanca significa un esfuerzo
adicional muy duro para la economía de Estados Unidos que sigue sin encontrar el
camino de su recuperación definitiva, mientras que el presidente
Bush ve caer dramáticamente su popularidad en una sociedad
que no ha logrado atar la Guerra de Irak con la defensa de la nación
contra la amenaza terrorista.
Paul Bremer, el más alto responsable del gobierno de Estados
Unidos en Irak, y Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, comparecieron
ante el Congreso de Estados Unidos hace algunas semanas para pedir
un aumento de 87 mil millones de dólares en el presupuesto
para enfrentar los gastos extras de la campaña militar de
ocupación que se sigue desarrollando en Irak y Afganistán.
Se trata de una suma similar a la que el gobierno de Estados Unidos
está autorizado para gastar en esos dos países durante
los próximos dos años. Es probable que el Congreso
apruebe finalmente ese pedido de fondos, pero la discusión
no va a ser sencilla. Aun los demócratas están preguntándose
y preguntándole a los electores cuál podría
ser la mejor manera de gastar esos fondos (en escuelas y caminos
para las áreas más atrasadas del país).
Los republicanos también tienen sus dudas. Ellos, que usualmente
apoyan al presidente Bush de un modo incondicional, están
comenzando a discutir la idea de que el gasto del gobierno puede
comenzar a estar fuera de control, sobre todo porque está previsto
en el presupuesto del país un rojo de 400 mil millones de
dólares.
Las mismas dudas y preocupaciones se están expresando a
la hora de analizar las consecuencias del compromiso militar de
Estados Unidos en la región. En total, las tropas norteamericanas
suman ya 150.000 efectivos, a los que hay que sumar la presencia
de 20.000 soldados de diversos países (mayormente británicos).
Los ataques diarios contra las tropas que están controlando
el país, contra la infraestructura económica y contra
los “colaboracionistas” –es decir los dirigentes iraquíes
que quieren consolidar cuanto antes un régimen político
autónomo que posibilite la retirada ordenada de la coalición
occidental- no han hecho más que aumentar las preguntas
acerca de cómo poner un final claro y concreto a la presente
pérdida de vidas y de dinero. Los oficiales del Pentágono
con responsabilidades en el terreno, no están reclamando
a Washington que mande más tropas, aún cuando Donald
Rumsfeld y el presidente Bush anunciaron en el pasado fin de semana
que van a mandar 10.000 soldados más, además de convocar
a reservistas para las actividades militares domésticas.
El subsecretario de Defensa para la Armada, Les Brownlee, quien
terminó hace poco una gira por Irak, escribió en
su informe que se han producido “enormes progresos” en la tarea
de garantizar la seguridad interior en Irak. En ese mismo informe,
el funcionario niega que se necesiten más tropas norteamericanas
en Irak, pero agrega que el envío de tropas de otros países
debería ser “bienvenido” por Estados Unidos.
El discurso del presidente Bush ante la Asamblea
General de las Naciones Unidas incluyó varios párrafos pidiendo
esa colaboración en el mismo ámbito donde no quiso
escuchar los pedidos y los reclamos para que no iniciara la Guerra
en Irak. La evaluación de la Inteligencia de Estados Unidos
es que si esa gestión del gobierno de Estados Unidos resulta
fallida, el Pentágono estaría obligado a convocar
rápidamente a centenares de miles de reservistas del Ejército,
de la Marina y de la Guardia Nacional, para establecer un nuevo
sistema que permita reemplazar a las fuerzas que ya llevan demasiado
tiempo estacionadas en Irak.
El quid de la cuestión tiene dos aspectos fundamentales.
Primero, estabilizando Irak a través de una fuerza multinacional
especialmente preparada para eso. Segundo, Estados Unidos puede
esperar una pequeña ayuda, tal vez en tropas o en dinero,
de algunos países interesados en resolver la cuestión
de la gobernabilidad en Irak. Francia y algunos otros países,
se opusieron a la Guerra; ahora, son reacios a contribuir a sostener
el presente esfuerzo bélico de Estados Unidos, por más
que aparezca renovado con distintos ingredientes. Para intentar
cambiar las mentes de los potenciales aliados, el equipo de Bush
ha propuesto a las Naciones Unidas una resolución que autorizaría
la creación de una fuerza multinacional para controlar Irak
mientras se desarrolla el proceso de normalización institucional
del país.
Esta iniciativa puede ganar el apoyo del
Consejo de Seguridad, con la abstención francesa. Sin embargo, esa resolución
difícilmente va a garantizar todo el dinero y los miles
de soldados que Estados Unidos algunas vez imaginó como
necesarios para salir del desierto iraquí reduciendo sus
pérdidas. El presidente de Paquistán, a quien Estados
Unidos pretende convencer de la necesidad de la participación
de su país en esa iniciativa, dijo esta semana que las tropas
paquistaníes, van a marchar hacia Irak solamente si se dan
tres condiciones: que sea un mandato de las Naciones Unidas; que
el pueblo de Irak, a través de sus autoridades, invite a
Paquistán a cooperar militarmente con ese país; y
que otros países musulmanes participen también de
esa expedición. El canciller alemán Gerhard Schröder
dijo al presidente Bush esta semana que Alemania está dispuesta
a ayudar en el entrenamiento de la nueva policía iraquí y
a participar en el esfuerzo de la reconstrucción del país.
La reunión fue un éxito para la diplomacia de Estados
Unidos porque mostró al presidente de Estados Unidos junto
a un líder europeo que fue muy crítico con la Guerra
de Irak. Pero el tono cordial de la reunión no llegó a
aclarar del todo la intensidad del compromiso alemán en
la reconstrucción de Irak.
El hecho es que el debate central en las
Naciones Unidas acerca del futuro de Irak, se refiere al proceso
de normalización
política e institucional del país. Francia y otros
países reclaman una rápida transferencia del poder
a los iraquíes y un claro compromiso de las Naciones Unidas
en ese proceso. El hecho evidente es que la situación interna
de Irak, con altos niveles cotidianos de violencia política
callejera, hace muy difícil la tarea; además, la
prudente retirada de algunos funcionarios de las Naciones Unidas
muestra las dificultades de un cambio de manos acelerado en el
manejo del poder.
Washington está preocupado por asegurar que la retirada,
que ya parece decidida, se realice en un marco político
acorde con su condición de “vencedor” en el campo de batalla.
Por eso que la Casa Blanca y el Departamento de Estado se muestran
prudentes a la hora de hablar de la agenda de la normalización
institucional de Irak. Está claro que un retorno al poder
de Saddam Hussein es la peor de las hipótesis que Washington
jamás aceptaría. Pero la verdad es que un proceso
democrático demasiado veloz podría terminar instalando
en el poder a un gobierno integrista chiita que, por cuestiones
religiosas y por su debilidad intrínseca, buscaría
inmediatamente el apoyo del régimen fundamentalista de Irán.
El jueves de la semana que termina Colin Powell, secretario de
Estado de Estados Unidos, dijo en el New York Times que
los iraquíes deberían tomarse al menos seis meses
desde que aprueben su nueva constitución, para elegir democráticamente
sus autoridades. Es la primera vez que un alto funcionario norteamericano
habla de un plazo para terminar la ocupación en Irak.
La decisión de hablar de un plazo para abandonar Irak está íntimamente
ligada a las necesidades electorales del presidente Bush, quien
necesita entrar al año electoral habiendo enterrado el mal
recuerdo de una guerra que está costando a los ciudadanos
norteamericanos muchas más vidas y dinero del imaginado.
El hecho es que las encuestas muestran un descenso
acelerado de la popularidad del presidente de Estados Unidos durante
los últimos
tres meses, cuando comenzó a hacerse notar el impacto de una
guerra que nunca termina de ganarse, en una sociedad que no consigue
avanzar en la recuperación de los niveles económicos
de la década de los noventa.
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