|
Septiembre,
27. 2003

LA
ESPADA Y EL ESCUDO EN EL NUEVO COMERCIO GLOBAL
El Grupo de los 22 es una coalición de países conformada
para definir las negociaciones de la Organización Mundial
de Comercio que se reunió en Cancún la semana pasada
para impulsar nuevos compromisos en materia de comercio global.
Es un bloque liderado por la India, China y Brasil. El reclamo
de esos países no alcanzó para conmover los argumentos
de la alianza de los poderosos –liderada por Estados Unidos y la
Unión Europea-, que se negaron a aceptar compromisos ciertos
en materia de recorte de subsidios agrícolas, pero fue tan
importante como para forzar que esa cuestión estuviera expresamente
mencionada en el documento final de la reunión. Aunque sin
fijar compromisos en materia de plazos y montos de esos recortes.
La Unión Europea y Estados Unidos representan cerca de
la mitad del comercio global.
En el pasado, las negociaciones sobre el comercial global, reclamadas
por los países más poderosos, nunca derivaron en
un escenario de conversaciones más o menos equitativas.
Pero la novedad de esta semana, es que tanto Estados Unidos como
Europa están enfrentando una intensa negociación
con esos países, transformados ahora en una coalición
consistente y de poder creciente: el G-22.
Ese grupo de países reclama de Estados Unidos y de la Unión
Europea, que hagan mucho más para acelerar el libre comercio
global, sobre todo en las transacciones donde están involucrados
los países más pobres. Básicamente reclaman
que se libere el comercio de los productos agrícolas, pero
no parecen dispuestos a abrir sus propias economías a los
productos industriales de los países centrales.
El G-22, que se conformó en las reuniones previas a las
deliberaciones de Cancún, está liderado por países
que comparten dos características: importantes niveles de
pobreza y altas tasas de población.
Este grupo no puede mostrar que controla la mitad del comercio
mundial, sin embargo es claramente el grupo de naciones que representa
más de la mitad de la población mundial. En las negociaciones
del jueves 11 de septiembre, el G-22 presentó una serie
de propuestas radicales para transformar el comercio internacional
en el sentido de terminar con los subsidios que afectan a los países
emergentes. Esas propuestas generaron una reacción negativa
en Estados Unidos y Europa que percibieron claramente que por primera
vez los países más poderosos de la tierra se sentían
presionados para tomar sus decisiones de comercio global. La India
acusó a los países más ricos de negociar la
cuestión de los subsidios blandiendo una espada y un
escudo . Pero esa descripción también podría
ser aplicada a las propuestas del G-22, porque ellos quieren que
Estados Unidos y la Unión Europea desmantelen sus propios
sistemas de subsidios, pero no ofrecen lo mismo para sus propios
sistemas de protección de la producción local.
Las políticas de promoción agrícola de los
países más ricos, pueden ocupar claramente el lugar
de la espada. América, por ejemplo, gasta más de
4 mil millones de dólares cada año, solamente, en
los subsidios a favor de la producción de algodón.
Esta generosidad del presupuesto federal, ha transformado a Estados
Unidos en un importante exportador de algodón. Los subsidios
no son solamente una carga para los contribuyentes norteamericanos;
esos subsidios ayudaron a que los precios mundiales del algodón
se redujeran a la mitad entre 1997 y 2002, de acuerdo a los registros
del Financial Times .
Las exportaciones de algodón representan para Burkina Faso
y Mali un tercio de sus exportaciones y para Chad más de
un cuarto de sus ingresos externos. El colapso en los precios del
algodón ha golpeado duramente a los granjeros de esos países.
En el momento culminante de la reunión de Cancún,
esos tres países, más Benin –que todavía no
son miembros del G-22- reclamaron a Estados Unidos que elimine
los subsidios a la producción de algodón durante
más de tres años, y que compense a los granjeros
de África Occidental por esas diferencias. Los negociadores
de Estados Unidos en Cancún, no rechazaron directamente
las demandas africanas, pero tampoco aceptaron claramente esas
propuestas. Argumentaron que los subsidios eran sólo uno
de los factores que hicieron caer el precio del algodón,
y que éste era solamente uno de los productos altamente
subsidiados que deberían ser objeto de las discusiones sobre
subsidios y comercio global.
El G-22 rápidamente apoyo la causa comercial de los países
de África Occidental, pero con el claro objetivo de apoyar
sus propios reclamos (Sudáfrica quiere que Estados Unidos
bajen sus subsidios al azúcar) para presionar sobre las
posiciones del gobierno norteamericano. La posición de los
países africanos finalmente no tuvo éxito porque
todos estaban de acuerdo en que estas rondas de negociaciones no
son para resolver cuestiones referidas a un solo producto, sino
para fijar criterios generales en las relaciones comerciales globales.
Si las políticas agrícolas de Estados Unidos son
malas, las de la Unión Europea son peores. La Política
Agrícola Común de los países europeos sigue
siendo un insulto a la inteligencia económica. Pero si se
mantiene en el tiempo ese insulto podría estar perdiendo
su capacidad de sorprender, aunque siga repitiendo hasta el final
su lógica perversa.
Esa lógica perversa indica que bajo la bandera de apoyar
a la población rural, la Unión Europea asegura niveles
de precios por arriba de las decisiones de los mercados
mundiales. De hecho, los precios de la Unión Europea son
demasiado altos, no solamente para los mercados mundiales sino
también si consideramos los costos reales de producción
de los agricultores y los precios que debería pagar el público
por esos productos. Aquello que es no querido por los consumidores
locales por su baja calidad o por sus altos precios son exportados
a terceros países gracias a la ayuda de subsidios que suman
2.500 millones de dólares anuales.
En otras palabras, los precios subsidiados de la producción
agrícola europea, terminan deprimiendo los precios internacionales
y distorsionando los frágiles y volátiles mercados
globales. Y eso no eso todo. La Unión Europea debe imponer
grandes tarifas de importación para detener los productos
generados en otros mercados en condiciones de mejores precios y
calidad. Una distorsión invita a la otra, lo cual crea la
oportunidad para una peligrosa cadena de distorsiones.
¿Quién ganaría si la Unión Europea
reforma de una manera dramática su política agrícola?
La propia Unión Europea, pero de un modo extraño
e inesperado. La reforma podría bajar dramáticamente
los precios de la comida en los países integrantes de ese
bloque, llevando a algunos granjeros y agricultores a abandonar
sus negocios. Pero la nueva situación permitiría
a los consumidores ahorrar millones de euros, ante la inevitable
baja de gastos que generaría el recorte drástico
-o el final- de los subsidios. Es evidente que los beneficios en
ahorros fiscales serían altos, pero también implicarían
un cambio dramático en el punto de vista acerca de la organización
económica del bloque continental europeo.
Sin embargo, los beneficios no pararían en los limites
de la Unión Europea. Removiendo los subsidios y los tarifas
que controlan las importaciones en productos agrícolas,
estabilizarían el precio de los productos en los mercados
globales. Esa situación beneficiaría a los grandes
exportadores de productos agrícolas como Brasil y la Argentina.
El G-22 tiene razón cuando reclama a los países
más ricos que se abran a los productos de los países
emergentes. Pero no está claro si aceptan actuar con reciprocidad.
Las tarifas y los aranceles agrícolas en países como
la India son más altas que las que registran los países
más ricos. El Banco Mundial calcula que un 80 por ciento
de las ganancias que produciría una reforma de las políticas
agrícolas globales, debería venir de la reducción
de las barreras comerciales entre los propios países emergentes.
Algunos de los más grandes exportadores del G-22, como
Brasil y la Argentina probablemente aceptan esta lógica.
Otros miembros de esa misma coalición, sin embargo, se muestran
más entusiastas en preservar su especial y diferente tratamiento
en la OMC. Ellos quieren mayores niveles de libertad que los países
ricos para proteger sus industrias nacionales. De hecho, esos países
no aceptan desproteger sus propias industrias a cambio de beneficiar
a sus nuevos socios del G-22 especializados en productos agrícolas.
Después de años de retórica en torno al libre
comercio global, en la hora de las definiciones los intereses nacionales,
evaluados desde un punto de vista tradicional, son más importantes
que las modas ideológicas.
Ver archivo de Análisis
|