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Octubre,
17. 2002

LA VICTORIA DE LULA Y EL FUTURO DE AMÉRICA LATINA
La victoria
electoral de Luiz Inacio "Lula" Da Silva es, sin duda, el punto
más relevante de inflexión de la política de América Latina después
del final de la Guerra Fría. En términos históricos se puede leer
el acontecimiento desde diversos parámetros. Lula es el primer presidente
obrero y sindicalista de la historia de América Latina.
Es, a la
vez, el líder más destacado de un proceso muy rico de coordinación
y organización de las luchas sociales del Brasil que comenzó en
los tiempos de la dictadura militar más exitosa de todas las que
se ensañaron con la región entre los sesenta y los ochenta, y culminó
en la creación de una alternativa política que sedujo a la mayoría
de los brasileños al cabo de más de veinte años de lucha.
Lula es
también la expresión de un poderoso consenso de rechazo del proceso
de las reformas de libre mercado que caracterizó a la década de
los noventa. Si bien se analizan los resultados electorales de Brasil,
se verá que el 75% del electorado votó en contra de la profundización
del modelo creado por los gobiernos de ese país que transitaron
el fin de los ochenta y toda la década de los noventa. Lula es también
el dirigente político elegido para conducir la octava economía del
mundo en el preciso momento en que ese gigante se está deslizando
hacia el abismo de la cesación de pagos de una deuda externa superior
a los 200 mil millones de dólares.
Es, además, el dirigente político
que hasta hace muy poco hablaba de la necesidad de que Brasil marchara
hacia el socialismo y quien hasta hace menos decidió apoyar las
negociaciones del gobierno de Fernando Enrique Cardoso con el FMI,
aceptando el salvataje que la entidad diseñó para un país que aún
así sigue profundizando su crisis financiera y económica. Como sea,
el desafío para Lula y el resto de los dirigente de la coalición
de izquierda que lidera es mayúsculo, porque no solamente deberán
lidiar con los problemas económicos y sociales de su país, sino
que también deberán responder ante toda la izquierda de su país
y de América Latina por la orientación de un gobierno que por el
propio tamaño de Brasil, estará en el centro de la escena política
regional. El dato central que están esperando tanto los líderes
políticos del Hemisferio como los responsables de las decisiones
críticas de los mercados globales es cuál será el sesgo del gobierno
de Lula.
Algunos apuestan
a que el viejo sindicalista jamás se resignará
a transformarse en el personaje pro mercado y pro capitalista que
crearon los expertos en publicidad política para hacerlo un candidato
potable.
Otros creen
que el nuevo presidente estará a la altura
del desafío histórico y que será capaz de crear un modelo de desarrollo
alternativo a los cánones de la ortodoxia del mundo capitalista
globalizado. Nadie puede saber cuál será la fuerza vital que decida
los pasos de este hombre de origen humilde formado en la fragua
ideológica y política de los obispos tercermundistas de Brasil.
Lo único cierto y evidente es que el desafío es para toda la nación
brasileña frente a una situación financiera caracterizada por la
ofensiva constante de los mercados que apuestan a una aceleración
de los tiempos para apurar un default generalizado de los vencimientos
de la deuda, y frente a una creciente parálisis productiva de la
mano de un tipo de cambio que no ha cesado de crecer durante los
últimos tres meses y sobre todo desde que Lula apareció como el
candidato presidencial imbatible. Nadie se anima a predecir a ciencia
cierta qué hará finalmente Lula desde el poder, pero la primera
tendencia más notable es la asimilación con experiencias políticas
anteriores.
Ese camino
es elegido generalmente por quienes no se dan cuenta de que estamos
transitando épocas bien distintas a los
noventa, cuando no había lugar para la heterorodoxia. En cambio,
las presentes condiciones parecen indicar que la única posibilidad
que tiene Lula para sobrevivir en un paisaje tan complejo es precisamente
si elige el camino de la innovación atreviéndose a pensar sus desafíos
históricos con parámetros novedosos y a la medida de la encrucijada
en la que lo metió la Historia. Cuenta con el apoyo de una burocracia
estatal de primer nivel -tal vez la mejor preparada de América Latina-
que a pesar de las modas de la década pasada siguió viviendo con
orgullo su condición de "empleados del gobierno". De hecho el PT
hace años que dejó de tener su base social entre los obreros industriales
para hacerse fuerte entre los empleados públicos, con especial arraigo
entre los ejecutivos de niveles superiores.
Tiene a su
favor también
la decisión de un grupo muy importante de los empresarios paulistas
que descubrieron en Lula al líder político capaz de empujar un modelo
económico mucho más centrado en el mercado interno y en la sustitución
de importaciones que en la apertura y en las políticas de libre
mercado. Tiene a su favor, además, el nacionalismo de todo brasileño
que no vive con comodidad ni con simpatía las posiciones de "gendarme
del mundo" que suele tomar el gobierno de Estados Unidos sobre todo
en los últimos años, lo cual no le va a resultar una ayuda menor
a la hora de enfrentar al ALCA si es que ese proceso de integración
pretender ser -según las palabras del propio Lula-"un proceso de
anexión regional a Estados Unidos".
Falta saber
si esa coalición
nacionalista es capaz de sumar también a las fuerzas armadas a pesar
de la fuerte tradición anti militar que arrastran el partido de
Lula y sus aliados. Y falta saber, sobre todo, si Lula está en condiciones
de ser el timonel de una de las potenciales mundiales emergentes
en un escenario mundial donde los conflictos serán la norma siempre
y nunca la excepción. Sobre todo porque sus posiciones internacionales
serán el primer indicio de cual es el verdadero Lula que esta a
punto de hacerse cargo de Brasil .
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