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Julio, 17. 2002

LOS LABERINTOS DE LA CASA BLANCA

La sucesión de escándalos financieros y bursátiles que acosan la economía de Estados Unidos, están poniendo en jaque la hegemonía política de los republicanos a menos de cuatro meses de las elecciones de medio término que pueden sellar la suerte de George W. Bush y su equipo de texanos. En poco menos de dos meses, la opinión pública de los Estados Unidos se fue enterando de diversos fraudes que involucran -por ahora- a ocho de las compañías y holdings que animaron con sus cotizaciones fabulosas los años en que la inversión en la Bolsa de los pequeños ahorristas se transformó en el pilar más sólido del "capitalismo popular" que distinguió los años del "progreso ilimitado" de la economía de la potencia ganadora de la Guerra Fría. El golpe para la opinión pública es demoledor, porque ataca directamente el necesario basamento de confianza que debe sostener a cualquier sistema económica, pero sobre todo porque pone en duda la verdadera solidez de una economía que hasta hace poco era el ejemplo para todos los actores del sistema capitalista global. El uso de la mentira, el fraude sistemático y la creación de supuestos éxitos empresarios y de gestión para atraer la inversión de los incautos y los poco experimentados en la ruleta rusa bursátil, son los elementos principales de una modalidad de estafa a la fe pública que, por eso mismo, tiene un inevitable correlato político. Sucede que los republicanos en general han aparecido tradicionalmente como aliados incondicionales del mundo de los negocios y en muchos casos históricos se han mostrado ciertamente permisivos con la posibilidad de que los dueños del poder económico quebrantaran la ley, en nombre de la competencia y la búsqueda de lucro rápido y seguro. Los demócratas están aprovechando esa debilidad histórica para instalar en el centro del debate electoral la cuestión de los fraudes bursátiles y la tardanza en el comienzo de un nuevo ciclo expansivo de la economía para convencer a la opinión pública de que el gobierno republicano está dilapidando los activos acumulados en la década de los noventa que se caracterizaron -durante los gobiernos de Bill Clinton- por la serie más importante de crecimiento sostenido de todo el siglo XX. El hecho es que el fin de la recesión es pronosticado por Alan Greenspan cada trimestre desde el 2000 sin que por ahora registre ningún éxito en sus profecías, mientras que ha quedado definitivamente en el olvido el proyecto del gobierno demócrata de asegurarle al Tesoro un fuerte superávit fiscal durante los próximos diez años. El gobierno de Gerge W. Bush ya ha tomado plena conciencia del peligro que está corriendo, sobre todo después de que se ha verificado que los altos niveles de apoyo que la Casa Blanca aún mantiene en materia de lucha contra el terrorismo, no se transmiten directamente a los candidatos republicanos. El hecho es que en menos de tres días el gobierno aprobó una ley aumentando las penas para los delitos que se verifican en los procesos de defraudación de la fe pública en el manejo de los mercados, afectando su debida transparencia. En sus discursos de la última semana el presidente Bush se encargó de predicar el optimismo acerca de la economía de Estados Unidos y se ocupó además de rebatir los argumentos de quienes pretenden ver en la presente crisis la evidencia de la falta de bases sólidas del crecimiento económico del país en los últimos años. Sabe Bush -y saben los hombres y mujeres que controlan la Casa Blanca- que por debajo de esa polémica, comienzan a surgir dudas acerca de la fortaleza y la debilidad del modo de desarrollo capitalista que caracterizó la vida de Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría. He ahí la importancia de la batalla que ha comenzado. La aprobación de esa ley mostró la fortaleza de los reflejos del Partido Republicano, pero probablemente no alcance para revertir el clima negativo que se ha creado en la opinión pública con respecto a la necesidad de que se generen fuertes regulaciones en el mundo de los negocios. Los demócratas están decididos a llevar el debate hasta el análisis de las conductas privadas del presidente Bush y del vicepresidente Cheney cuando eran hombres de negocios y esperan encontrar en ese debate la pólvora suficiente como para hacer caer los muros de la fortaleza republicana. Los republicanos pretenden resistir el embate redoblando su apuesta a favor de la iniciativa privada y desoyendo la tentación de ponerle demasiados límites a la tarea de los CEO de las firmas más importantes, por más que se aumenten las penas para quienes sean responsables de nuevos fraudes a la confianza del público. En el medio de esa guerra política, la sociedad norteamericana busca nuevas certezas para dejar atrás los años noventa cuando el crecimiento económico y el progreso social e individual eran una evidencia indiscutible. Ahora, un gobierno nacido de elecciones memorables por lo oscuras, parece condenado a perder todo aquello que en los años de los demócratas aparecía como logros irreversibles. Aún no se ha medido en encuestas el daño electoral que esta ola de escándalos financieros y bursátiles puede ocasionar a las posiciones de los republicanos, pero la mayoría de los analistas de Washington creen que será inevitable que los demócratas recuperen el control en el Congreso y lo consoliden con una diferencia importante.

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