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Abril,
28. 2002

EL DESAFÍO DE LA POBREZA GLOBAL
Las reuniones
de primavera del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial
realizadas en Washington hace dos semanas, ha puesto en el centro
del debate mundial dos de los problemas centrales de la crítica
situación de la economía global: la pobreza que aumenta en los países
emergentes y la función de los organismos multilaterales de crédito
para atender esa crisis.
El hecho evidente
es que el modelo de la ayuda de los países más pobres ha dejado
de estar al tope de la agenda política internacional. El complejo
panorama internacional parece indicar también que hacen falta muy
fuertes decisiones de política económica global, no solamente para
ayudar a los países más pobres sino también para garantizar el mejor
funcionamiento de los países más ricos y desarrollados. La duda
central acerca de la ayuda es cuál es el resultado que ha generado
en términos de mejoramiento de la situación global. Se trata de
un monto que en la última década alcanzó los 300 mil millones de
dólares que en los hechos no ha significado ninguna mejora en la
vida cotidiana de los habitantes de los países más pobres.
Ese fenómeno
es percibido por los contribuyentes de los países más desarrollados,
quienes a menudo se preguntan y preguntan a sus gobernantes si su
dinero no está siendo usado para mantener burocracias internacionales
ineficientes y gobiernos locales ineficaces y corruptos. Algunos
en los países más desarrollados denuncian desde hace tiempo que
esos sistemas de ayuda solamente han servido para hacer más ricos
a funcionarios deshonestos.
Algunos en los
países más pobres acusan a los países más ricos que manejan al FMI
y a las instituciones multilaterales de crédito de estar más interesados
en ayudar a sus propias compañías con inversiones en los países
emergentes o en manipular sus gobiernos que en encontrar soluciones
consistentes para la economía global. Hasta los criterios económicos
que impone la ayuda del FMI están sometidas a cuestionamientos casi
diario. El hecho es que ninguna de las grandes ayudas otorgadas
por ese organismo han solucionado las crisis de los países que la
requirieron. El programa económico que propone el llamado Consenso
de Washington es único y uniforme y está basado en criterios de
ortodoxia que suelen contentar mucho más a los reglamentos y al
sentido común de los funcionarios de los organismos multilaterales
que a las necesidades de los distintos países emergentes que buscan
concretar su propio camino hacia un modelo capitalista competitivo.
El Congreso
de los Estados Unidos está analizando desde hace más de un año el
funcionamiento y el trabajo del FMI y en un informe conocido en
septiembre del 2001, se ha expresado claramente a favor de un cambio
revolucionario en los criterios con que deberían funcionar los organismos
encargados de orientar el desarrollo económico y financiero global.
El clima de pesimismo, sin embargo, no debería alcanzar hasta cuestionar
el concepto mismo de que los países más ricos deben ayudar a los
países más pobres. De hecho esa idea se ha reforzado luego de los
ataques terroristas del 11 de septiembre contra los Estados Unidos,
cuando los líderes de las naciones más poderosas acordaron la necesidad
de tender un puente solidario entre las economías más avanzadas
y las menos avanzadas de modo tal de negarle al terrorismo la excusa
de la pobreza extrema para justificar sus atentados. Antes de esa
crisis, las Naciones Unidas en su Declaración del Milenio, en el
año 2000, habían dejado consignado el compromiso de los países más
ricos para apoyar a los países más pobres, incrementando los montos
y mejorando los mecanismos que se instrumentaron durante toda la
década pasada.
Hace poco más
de un mes, en Monterrey, las Naciones Unidas organizaron su primera
reunión cumbre para definir los criterios que deberían regir el
nuevo tipo de ayuda que los países más desarrollados hacia las naciones
más pobres, aquellas que parecen ajenas a toda esperanza. Sin embargo,
la discusión parece estar centrada en los llamados mercados emergentes,
aquellas economías que por distintas razones alcanzaron relevancia
en los noventa y que, tal vez por eso mismo, sus colapsos podrían
tener algún tipo de impacto en la economía global, crecientemente
frágil ante los embates de la inestabilidad política global.
Ahora, están
comenzando a emerger las duras preguntas pendientes. El debate que
se registró en las reuniones de primavera del FMI y del Banco Mundial
en Washington DC no ha demostrado que existan ideas demasiado originales
para enfrentar las nuevas crisis en los países emergentes. Nadie
ha expresado claramente cuál puede ser el nuevo modelo para la intervención
de los organismos multilaterales. Nadie ha dicho cuál debe ser el
monto de esa ayuda, y cuáles deben las conductas y las respuestas
que deben mostrar los países receptores de esa ayuda.
El caso argentino
ha estado en el centro del debate porque se ha transformado en un
ejemplo acerca de lo que se puede, y lo que no se puede hacer. Es
evidente que no existe consenso entre los países más desarrollados
acerca de cómo encauzar la relación con la Argentina. Pesa mucho
la opinión del gobierno de los Estados Unidos que no quiere que
un país que se ha negado a pagar sus deudas de un modo amplio y
unilateral, reciba ayuda de la comunidad internacional sin mostrar
una clara voluntad de sanear sus cuentas fiscales. Sin embargo,
entre quienes cuestionan al FMI desde la óptica de los países que
aportan el dinero para su funcionamiento, se ha hecho fuerte la
certeza de que las sugerencias y los programas económicos que recomiendan
los organismos multilaterales, son absolutamente ineficaces para
conformar sistemas económicos capitalistas sustentables, porque
no tienen en cuenta para nada las condiciones de cada nación para
crecer e insertarse en el segmento real y productivo de la economía
global.
En medio de
esa polémica y con los países ricos prometiendo más ayuda, es evidente
que los criterios de esa ayuda, y aún el compromiso de perdonar
la deuda de los países mas pobres debe estar en el centro del debate
global. Los críticos argumentan que el esfuerzo de condonar las
deudas no garantiza a los países involucrados -unos 42 de acuerdo
a las Naciones Unidas- una salida rápida de su débil e ingrata situación
sobre todo porque no asegura la construcción de ninguna plataforma
productiva sustentable. Uganda es un ejemplo acerca de cómo esa
ayuda puede ir de mal en peor. Uganda fue visto desde hace meses
como un modelo de cómo el perdón de la deuda podría ayudar al objetivo
de lograr el desarrollo: el país aceptaría sus compromisos con políticas
de reforma profunda y la cooperación con las instituciones financieras
internacionales, con lo cual se podría supervisar el programa de
perdón absoluto de las deudas internacionales.
Sin embargo,
la abrupta caída del precio mundial del café parece haber condenado
a Uganda a no poder resolver su problema principal de debilidad
estructural con respecto a la dura y cambiante realidad del comercio
global. En suma: Uganda puede terminar con sus deudas actuales pero,
en estas condiciones, no será posible que solucione sus problemas
económicos estructurales y con eso la derrota definitiva de su pobreza
absoluta. Muy frecuentemente, los Estados Unidos son vistos como
la clave para superar la creciente brecha global entre países ricos
y países pobres. Los Estados Unidos lideran la más grande y más
exitosa economía del mundo y son a la vez los socios más importantes
en el FMI y en el Banco Mundial, a través de sus aportes mensuales.
El hecho es
que el país más importante del capitalismo global puede ser decisivo
en la creación y ejecución de esas políticas a través de su influencia
en esas instituciones, y de su poder en las políticas del Grupo
de los Siete países más industrializados, o bien a través de los
siempre eficaces acuerdos bilaterales o regionales. A pesar de las
protestas solapadas de algunos de los miembros más destacados de
su administración -quienes no ocultan su oposición a las ayudas
monetarias internacionales- el presidente Bush prometió en la cumbre
de Naciones Unidas de Monterrey que su país aportará 5 billones
de dólares durante los próximos tres años para apuntalar el desarrollo
de los países más pobres, aceptando el desafío de la Unión Europea
que prometió una cantidad similar con el mismo destino y en el mismo
plazo. Sin embargo, la ayuda decidida por el gobierno de los Estados
Unidos parece estar mucho más orientada a enfrentar el debate político
doméstico que a encontrar un efectivo mecanismo de ayuda frente
a la creciente pobreza global.
En éste, como
en otros temas, la Administración Bush se enfrenta con la sombra
de la administración demócrata de Bill Clinton que logró cimentar
el liderazgo global de los Estados Unidos asistiendo en ayuda de
las economías que, por su volumen o por su posición geopolítica,
podían poner en riesgo el incipiente sistema económico capitalista
global. El hecho es que los republicanos que acompañan al joven
Bush no creen que los impuestos de los ciudadanos de los Estados
Unidos deban usarse para ayudar a las economías emergentes en crisis,
aunque no se oponen a que cierto dinero se use para las nuevas formas
de la caridad global, tal como lo demuestra la propuesta de Monterrey.
El problema
central no es tanto la ayuda a los países irrecuperables que en
el mediano plazo difícilmente sean parte del sistema económico global
más avanzado, como la definición de los mecanismos y las herramientas
que pueden servir efectivamente a ciertas economías emergentes para
ser parte del mundo económico más avanzado. Hasta ahora, el FMI
se ha mostrado particularmente ineficaz a la hora de usar el dinero
de los países más avanzados porque no ha logrado solucionar con
sus recetas ninguna de las crisis de las economías emergentes generadas
en los últimos diez años. Algunos, sin embrago parecen estar dispuestos
a ir más lejos en la búsqueda de las soluciones necesarias.
El 17 de abril
pasado, dos de los más importantes thinks tanks de Washington
-el Instituto de Economía Internacional y el Centro para el desarrollo
Global- lanzaron una nueva propuesta basada en crear un fondo especial
para lograr alivios para los países endeudados a punto de comenzar
su propia crisis de pagos. Ese fondo propuesto debería estar integrado
por fondos especiales de los países más desarrollados y por las
reservas de oro que mantiene el FMI. Más allá de la controversia
que desata este tipo de propuestas, es evidente que está en discusión
todo el sistema financiero internacional creado luego de los acuerdos
de Bretton Woods, desde el mismo momento en que los países mas desarrollados
han comenzado a preguntarse si tiene sentido financiar ese tipo
de organización mundial sin exclusiones.
Tanto la nueva
conducción del FMI, como los líderes del Grupo de los Siete han
expresado en las pasadas semanas sus puntos de vista acerca de la
reforma del sistema financiero mundial. Todos coinciden en que deben
conquistar dos objetivos: hacer más difícil el financiamiento de
los grupos terroristas y de las redes del crimen transnacional organizado,
generando controles que impidan realmente el lavado de dinero e
incrementando la transparencia de los mercados; y reducir la cantidad
y la intensidad de las crisis financieras de los mercados emergentes
que por sus mismas características puedan dañar de alguna manera
el sistema económico mundial.
En esta cuestión
también los Estados Unidos serán decisivos. En éste, como en otros,
no está claro qué quiere la administración y mucho menos cómo pretende
lograrlo. El Departamento del Tesoro desalentó de un modo absoluto
las ideas y los proyectos del FMI para hacer más sencillo a los
gobiernos la reestructuración de sus deudas sin verse forzados a
recurrir al default, el temido repudio a las obligaciones internacionales,.
El problema de la reformulación del sistema financiero internacional
es también un desafío político mayúsculo para los Siete países más
industrializados, porque no se trata solamente de ejercer la caridad
internacional con los países de pobreza escandalosa, sino de la
necesidad del núcleo de las naciones capitalistas más avanzadas
de crear sus propios mercados y sus propias redes globales antes
que la incorporación plena de la economía china a la economía mundial
termine por cambiar dramáticamente las prioridades y las hegemonías
mundiales de este principio de siglo.
El hecho es
que el envío de fondos a los países más necesitados no va a garantizar
el logro de ese objetivo estratégico. El centro de la discusión
de los países capitalistas más avanzados, de acuerdo a la opinión
de los economistas especializados en los nuevos términos del desarrollo
global, consiste precisamente en la mejor manera de aprovechar los
recursos que se usan en los organismos multilaterales se destinen
realmente a la creación de aquellos mercados globales que ahora
no existen. Todos están de acuerdo en que perdonar las deudas de
ciertos países puede ser un buen recurso publicitario, pero de ninguna
manera la solución del problema. La clave es el comercio.
El camino para
integrar mercados conformados por los países en desarrollo y los
países más avanzados pasa por la liberación progresiva del comercio
entre los potenciales aliados, una medida que hasta ahora ha sido
muy resistida por los propios sistemas económicos de los países
más desarrollados. El hecho es que hasta ahora el libre comercio
solamente ha sido una frase dentro del libro de las recetas recomendadas
por los países centrales a los mercados emergentes, pero hasta ahora
no se han registrado medidas concretas para hacer realidad ese enunciados.
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