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Abril,
07. 2002

LA GUERRA DE SHARON
Ni
la opinión pública ni los gobiernos de los países islámicos consideran
terroristas a los militantes que se inmolan en las calles y en los
lugares públicos de Israel, llevando a la muerte a centenares de
ciudadanos israelíes no beligerantes.
La verdad es
que no resulta sencillo explicar la diferencia entre un "terrorista
asesino" y un "mártir" a los cientos de miles de hombres y mujeres
comunes que han aprendido a vivir en el Estado de Israel con el
pánico de saber que pueden ser las próximas víctimas de una guerra
de siglos.
Esos ataques
han alterado la vida cotidiana en el Estado judío y han generado
en muchos de sus habitantes la sensación de que las autoridades
de su gobierno no saben o no pueden defender sus derechos elementales
como el derecho a la vida o el derecho a la tranquilidad.
De hecho, Ariel
Sharon llegó al gobierno del Estado de Israel prometiendo a sus
compatriotas que terminaría con la incertidumbre generada por un
estado de terror cívico constante, aun a costa de renunciar al compromiso
de paz que comenzó el Partido Laborista con las conversaciones de
Oslo y de Madrid que, en su momento, prometió el milagro de ponerle
fin a la guerra en la región sagrada para las tres grandes religiones
monoteístas.
De hecho, la
estrategia usada por Sharon desde que llegó al poder consiste precisamente
en profundizar el conflicto atacando con tropas regulares los enclaves
civiles en el entendimiento de que su propia guerra podría ser entendida
por el resto del mundo como una versión local y acotada de la guerra
global contra el terrorismo.
Esos golpes
de respuesta a cada ataque de los terroristas suicidas tiene la
particularidad de buscar golpear no solamente a los posibles secuaces
y organizadores del ataque sino también a los familiares directos
del inmolado porque el Estado de Israel quiere dejar claro que "los
ataques contra sus ciudadanos son pagados por los responsables y
por aquellos que creen que es un honor tener un hijo o un pariente
que se dedique a matar inocentes". Los jefes de la inteligencia
militar de Israel no ocultan su preocupación por las dificultades
de instrumentación de esa estrategia del "ojo por ojo".
Sus colegas
de los principales países occidentales comentan cada semana informes
que relatan que muchas veces los golpes de respuesta estarían orientadas
por una inteligencia demasiado "conjetural" -basada más en rumores
de mercado que en verdaderas evidencias- lo cual lleva a cometer
errores de combate ciertamente dramáticos.
Esa sensación
de que tropas altamente adiestradas usan tecnología de alta generación
para atacar civiles se transmite a la opinión publica europea y
termina por rodear de un aura de heroísmo las acciones de la Intifada,
la guerra de las piedras contra los misiles y la guerra de los viejos
y los adolescentes contra los "Rambo" del Estado de Israel. Nadie
ignora que una de las características de las guerras de este nuevo
siglo es la importancia infinita que ha ganado la opinión pública
global para justificar y hacer más simpática cualquier tipo de estrategia
y de acción.
El hecho es
que así como está planteada, Ariel Sharon y su estado mayor deben
esforzarse todos los días por mostrar que sus tropas solamente están
respondiendo ataques arteros de quienes quieren exterminar a todo
su pueblo. Pero esa no es la principal debilidad de la estrategia
de Ariel Sharon. Nadie ignora que la causa palestina es muy popular
en todo el mundo musulmán y que ninguna potencia islámica de la
región se permitiría por un momento aparecer como dudando en su
solidaridad con los "hermanos perseguidos y sin tierra".
Por eso mismo,
si el objetivo estratégico de la presente estrategia de Sharon consiste
precisamente en generar un "muro de seguridad" en torno a su país,
aun a costa de provocar un desalojo de los palestinos de las tierras
que ahora ocupan, la consecuencia inevitable será la hostilidad
creciente con cualquiera de los vecinos de la región y con eso la
generación de tensiones poco menos que inmanejables en una zona
que el Pentágono considera vital en su guerra global contra el terrorismo.
El hecho es
que la estrategia de Ariel Sharon termina también por fortalecer
las posiciones de los sectores palestinos más extremistas, aquellos
que hasta no hace mucho llamaban a Yasser Arafat "el gran traidor"
por su decisión de apoyar a los Estados Unidos en su lucha contra
el terrorismo de Al Qaeda, a cambio de acelerar las conversaciones
de paz en torno a la causa palestina. Las acciones israelíes, de
acuerdo a los partes de guerra difundidos en los últimos días, intentan
destruir la "infraestructura" de las organizaciones terroristas.
La principal dificultad es que ese objetivo parece residir en las
casas humildes de las ciudades palestinas, sin que todavía puedan
mostrarse al mundo pruebas más contundentes que viejos fusiles y
pistolas y algunos explosivos y detonantes casi de venta libre.
Tal vez la peor
derrota estratégica que ha sufrido Sharon desde que comenzó esta
fase ofensiva ha sido su propio fracaso en la tarea de demostrar
que existen vínculos claros entre Arafat y las organizaciones terroristas.
Ni siquiera con la brigada de Mártires de Al Aqsa (la principal
mezquita de Jerusalén), a pesar de haber tenido en el pasado vínculos
con Al Fatha (la organización fundada por Arafat); la realidad es
que en estos años ha surgido entre los palestinos una nueva generación
de dirigentes mucho más cercana al fundamentalismo integrista que
al país laico propio de los movimientos de liberación nacional de
los años sesenta y setenta.
Es curioso ver
como Ariel Sharon, por su propia tendencia a sobre valorar el factor
militar en el conflicto de Medio Oriente, termina aislando peligrosamente
al Estado de Israel en el contexto internacional. El hecho es que
durante todo el pasado fin de semana, el propio Colin Powell se
encargó de hacerle saber a Sharon que la posición del gobierno de
los Estados Unidos se resume a dos exigencias: a) cese inmediato
del fuego y comienzo inmediato de las negociaciones y b) retirada
inmediata y sin dilaciones de las fuerzas israelíes de los objetivos
palestinos que permanecen ocupados.
Colin Powell
asegura que Sharon ya sabe muy bien qué tiene que hacer, pero el
hecho es que el propio Sharon, a través de un comunicado oficial,
aseguró que le hizo saber al propio George W. Bush que necesita
tiempo para conseguir los objetivos planteados en su propia estrategia
militar que comenzó a instrumentarse hace diez días cuando los tanques
israelíes ocuparon Ramallah, la capital administrativa palestina.
Nadie puede
decir con certeza si Sharon va a responder a los reclamos de la
Casa Blanca. Pero nadie duda de que si sigue una semana más en su
ofensiva, los Estados Unidos serán el poder desafiado por Israel
y, en ese sentido, deberá también responder ante la comunidad internacional
por el agravamiento de la situación, No es la primera vez que Ariel
Sharon se encuentra en una posición similar de aislamiento.
En 1982, como
ministro de Defensa lideró la calamitosa ofensiva de Israel contra
el sur del Líbano creando las condiciones para que ese país comenzara
su destrucción y disolución, y que además aumentó absolutamente
la actividad terrorista en las calles de las principales ciudades
de Israel. El hecho evidente es que finalmente habrá una nueva negociación
y que, muy difícilmente, Israel consiga llegar a ese momento clave
con Arafat y su gobierno exilado en un país alejado de las tierras
palestinas.
El desafío para
Sharon consiste precisamente en poder adaptar su particular modo
de hacer la guerra a una situación tan fluida donde los aliados
terminan presionando para sostener la posición de los enemigos.
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